Inés Revuelta: Hacia un nuevo pacto social por la Cultura (III Parte)

Los objetivos de desarrollo sostenible con mirada de mujer.

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Inés Revuelta Sánchez, Académica UNA.

En dos artículos anteriores, esbocé una amplia reflexión sobre tres ejes principales, a saber: el contexto histórico, el teórico y el reflexivo con relación a la Cultura costarricense a la luz de la Política Nacional de Derechos Culturales 2014-2023. Con ese antecedente pretendo concretar a partir de una mirada de mujer, los elementos que debe conformar un Pacto Social por la Cultura costarricense con motivo del próximo Bicentenario de la independencia de Costa Rica; lo anterior y específicamente en esta tercera entrega, contextualizado en una realidad nacional de crisis económica, social, humana y de valores que tiene y ha tenido rostro de mujer.

Los elementos desarrollados en el presente artículo se fundamentan sobre la consecución de los derechos de las mujeres a partir de la obtención plena de su ciudadanía en 1949; el contexto de la crisis económica actual y ese rostro de mujer al que aludo como componente integral y vital de la Patria en el marco del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (ODS 2030), bajo una reflexión diagnóstica del Informe de la UNESCO, 2018 denominado La Condición de las mujeres artistas en Costa Rica.

Con respecto al primer aspecto deberíamos plantearnos una pregunta reflexiva inicial: ¿ha sido suficiente el marco normativo costarricense para la apropiación plena de los derechos de las mujeres y la corrección de las desigualdades que se presentan en el gremio de la Cultura? Debo acotar que las mujeres de Costa Rica de principio del Siglo XIX, hicieron un enorme esfuerzo por el reconocimiento de su ciudadanía plena, un movimiento que se gestó varias décadas antes de 1949 entre lo cual se debe mencionar la fundación de la Liga Feminista en 1923 y que recogía el sentimiento nacional y los movimientos internacionales que se extendían por Europa, Estados Unidos y algunos países de América Latina, como bien lo desarrollan Paula Alonso Chacón y  Zaida Fonseca Herrera, académicas de la Universidad Nacional en su artículo Costa Rica, Mujer y ciudadanía publicado en 2014, en el cual realizan una sinopsis histórica y normativa de los derechos de la mujer en Costa Rica. Destacan las autoras, que los antecedentes del movimiento por la ciudadanía de las mujeres se pueden situar en 1912 con el primer artículo feminista de Angela Acuña Brown que ya reclamaba un espacio para la igualdad y el goce pleno de derechos de las mujeres en el país. Después de eso, lo que ha seguido ha sido un cúmulo de legislaciones como la Ley de Igualdad Real Social de la Mujer en 1990, la Ley contra la Violencia Doméstica en 1996, la Ley de Paternidad Responsable en 2001, la Ley de Penalización de la Violencia contra la Mujer en 2007, la creación formal en 1998 del Instituto Nacional de la Mujer (INAMU), el Código Electoral de 2009 que estipula la paridad de sexos y el sistema de alternancia en los puestos y, más recientemente, la Ley Contra el Acoso Sexual Callejero en 2020, entre otras normativas complementarias como reglamentos, decretos y directrices estatales. No es suficiente, sobre todo porque la norma escrita en un documento no evita la agresión, invisibilización, abuso y violencia en la vida diaria; todavía hay camino que recorrer y en forma urgente.

De ahí que, debo afirmar categóricamente y basada en la evidencia que la normativa por sí misma, no ha garantizado que la sociedad asuma de forma clara  la participación activa de las mujeres en la sociedad y por lo tanto, como más adelante expondré con mayor detalle, la crisis, la pobreza, el hambre y la desigualdad social aún tienen rostro de mujer. Por eso, si bien es cierto se avanzó en una legislación que garantiza un marco mínimo de acción, se carece de la sensibilización social real  así como de una educación en derechos humanos que sea transversal tanto en primaria como en secundaria y trascienda del texto a la vida, así como de la eliminación de las discriminaciones y desigualdades que son notorias en los puestos de dirección, entre otros, en las instituciones estatales y empresas privadas. Es decir, las mujeres como tomadoras de decisiones en puestos de elección popular y las posibilidades de apertura de espacios públicos y privados que le garanticen no ser discriminadas o relegadas en la toma de decisiones.

No es suficiente con que la normativa haya dispuesto que pueden participar o que tienen derechos concedidos en la legislación, sino que debe haber una mirada crítica desde la institucionalidad estatal, sea gobierno central, instituciones autónomas o semi autónomas, régimen municipal, universidades públicas, entre otras. Un Estado que debe ser ejemplo y ejemplarizante en la garantía de equidad real, tanto en lo escrito como en lo actuado, para que se pueda permear al resto de la institucionalidad pública y privada. Es decir, la transformación de la Cultura y el fortalecimiento del tejido social cultural debe ser apropiado por las mujeres que aun no logran superar las barreras sociales que les impiden una plena participación. La Cultura transformadora y como impulso transformador debe garantizar al menos la paridad en los puestos que requieren nombramiento o que sean de elección popular. Sin contar con que, en las manifestaciones culturales de toda índole, generalmente se carece de una equidad en la participación de las mujeres, por ejemplo, en la música, el teatro, la danza, la literatura, la pintura, las artes visuales así como las artes escénicas, la representación de tradiciones orales y escritas, entre muchas otras.

La segunda pregunta reflexiva que traigo al frente es ¿cuál es el estado de situación de la realidad de las mujeres en la sociedad costarricense? Según los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) en la Encuesta Continua de Empleo al Segundo Trimestre de 2020 el desempleo afecta en casi un 10% más a las mujeres que a los hombres y para las mujeres su participación en el mercado laboral es apenas un 44,6% con respecto a un 70,5% de hombres. Estos datos muestran claramente una situación de vulnerabilidad, violencia, pobreza y dependencia que se ha convertido en un círculo vicioso en los últimos cuarenta años. Muestra un país que no ha podido abordar integralmente las desigualdades desde la crisis de 1981 y que más bien las agudiza en tiempos de pandemia.

El estado de situación no es halagador, el país ha relegado de la discusión nacional la garantía plena para las mujeres del disfrute de los derechos en educación, arte, salud, empleo digno, deporte, recreación así como el derecho al disfrute de una vida sin violencia y acoso. Una situación que se da en todos los estratos sociales, una situación que provoca inseguridad física, emocional y sicológica; que afecta la calidad de vida y por tanto el nivel de desarrollo humano.  ¿Cómo puede una sociedad cambiar su realidad mediante una cultura transformadora en la que haya personas que todavía duerman con el temor de la violencia, la discriminación o el acoso? ¿Cómo se transforma una sociedad si no garantizamos una participación real y plena de las personas en los ámbitos más sensibles y en los espacios más expresivos como es el caso de la Cultura?

Hay evidencia que respalda que todavía hay exclusión, discriminación y abusos solapados en las instituciones estatales así como a nivel de empresa privada, del cómo una mujer tiene que demostrar doblemente su capacidad para ser validada en un espacio o que, en los puestos de elección popular siempre esté relegada a una segunda opción, como ha ocurrido en el Régimen Municipal, en donde en las elecciones nacionales de febrero de 2020, sólo fueron electas 9 mujeres alcaldesas. No es de recibo el discurso superficial y lapidario de que el pueblo es soberano y eligió, porque hay una violencia estructural que toca toda la institucionalidad y que no se ha erradicado; que cierra espacios, deslegitima posiciones, invalida personas o relega a segundos planos a personas de pleno derecho solo por su condición de mujer.

Así las cosas, abordamos una tercera reflexión que tiene que ver con la situación de las mujeres artistas a la luz del Informe  La Condición de las mujeres artistas en Costa Rica (UNESCO, 2018)  y que nos refleja la misma realidad expuesta en los datos anteriores y proyectada a las mujeres en el ámbito del Arte y la Cultura, por lo que podríamos plantearnos una pregunta reflexiva en torno a si existe alguna diferencia en la realidad de las mujeres en el ámbito artístico y cultural costarricense con los datos nacionales.

El Informe Mundial de la UNESCO, Re / Pensar las políticas culturales – Creatividad para el Desarrollo (2018) señala que,

La desigualdad de género persiste en el entorno cultural. Se menciona que las mujeres no están lo suficientemente presentes en las funciones creativas más importantes, además de que las mujeres artistas se dedican en su mayoría a ámbitos muy determinados, tales como la educación y la formación cultural con un 60% y la edición y prensa con un 54%. Por otro lado, en ámbitos como medios de información y comunicación audiovisuales e interactivos solo hay un 26% de participación de mujeres y en diseño y servicios creativos un 33%. También se apunta a que las mujeres tienen un mayor porcentaje de empleo a tiempo parcial con un 27.7% mientras que este porcentaje en los hombres es de 17.5%. Las mujeres hoy en día siguen ganando menos salario que los hombres por el mismo trabajo, además de que son minoría en los puestos de toma de decisiones. Un ejemplo de esto es que sólo el 34% de los Ministerios de Cultura están a cargo de mujeres y sólo el 31% de las direcciones de Consejos Nacionales de Artes. (UNESCO, 2018).

Este balde de agua fría se recibe en el rostro de muchas mujeres y también de hombres  que comprenden y luchan por la igualdad de oportunidades, que anhelan un país más justo y equitativo, que han visualizado un gremio cultural más sensible, visionario y progresista. Por ejemplo, el Informe evidencia que  en el gremio de la Cultura, todavía se mantienen las brechas de género; la maternidad y el cuido de los infantes son cedidos y asignados como obligación exclusiva de las mujeres, limitándoles el acceso y la permanencia en un trabajo digno. También, se evidencia una menor permanencia de las mujeres en trabajos y puestos designados a la Cultura y como ejemplo puntual, se puede citar, menos obras de mujeres producidas y representadas en los programas culturales, lo cual históricamente ha invisibilizado el aporte sustantivo de las mujeres creadoras. De ahí que, se evidencia entre otras acciones y como parte de una visión hacia un nuevo Pacto Social por la Cultura, la necesidad de empoderar una Red de Mujeres por la Cultura a nivel país, en el que se evidencie y visibilice su aporte, permanencia y sostenibilidad en las actividades relacionadas a la vida y desarrollo cultural.

Del Informe se emanan una serie de recomendaciones que son atinentes a las mismas problemáticas sociales que se evidencian en los elementos anteriores de reflexión, es decir, sobre la necesidad y la forma de garantizar la inclusión de las mujeres en las políticas públicas culturales, su permanencia, acceso a los programas y su vinculación social. Además, se incluye una recomendación sobre el tema de violencia, acoso y discriminación así como la garantía de condiciones equitativas para todas las personas cuando de elección o nombramiento se trata.

Ahora bien, todo esto nos lleva a conectar con  lo tratado en los artículos anteriores y a presentar otro elemento de valoración y fundamentación con relación al tema: los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 (ODS 2030). Generados a partir de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible, los ODS 2030 suscritos por el país como compromisos de gestión y de política nacional no pueden ser ajenos a la realidad nacional ni mucho menos ser excluidos de la Política Pública Sectorial. De ahí que, la erradicación de la pobreza y el hambre, la salud y el bienestar, el acceso a una educación de calidad así como inclusiva e equitativa, la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas, el empleo pleno y productivo así como el trabajo decente, la reducción de desigualdades, entre otros compromisos, deben ser ampliamente considerados e incluidos efectivamente en la discusión de un nuevo, necesario y  visionario Pacto Social  por la Cultura.

Con la situación actual de la economía, del desempleo y de la problemática del gremio artístico y cultural, aunado a la desarticulación que existe entre los compromisos de la Agenda 2030 y la Política de Estado, es casi imposible que el país se enrumbe a cumplir con lo pactado, por lo menos a nivel sectorial y de género. Pero eso no es lo más difícil o crítico; lo inaceptable es que estemos condenando a nuestra población a sufrir la exclusión educativa, la pobreza, el hambre, a vivir en un país que abona a la desigualdad, que aumenta las brechas de género, que invisibiliza o peor aún, normaliza la violencia y la discriminación. El Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, Benemérito de la Patria, “…sentía que nadie podía sentirse orgulloso al observar ese panorama de la Costa Rica de finales de la década de 1920, que no parece muy alejado al de la Costa Rica actual. Consideraba que las causas de estos males eran las condiciones económico-sociales que se vivían, que se están volviendo a repetir, de manera agudizada y evidente, en este momento de la Pandemia, y que por ello, él no podía perder la noción de la Justicia.” (De la Cruz, 2020). Ambos estaban y están correctos. Es vital volver a tener tranquilidad y paz y por ello, es urgente hacer todo lo necesario, incluyendo un nuevo Pacto Social por la Cultura; y como todo pacto, implicará cumplirlo. Para el cumplimiento se requiere una visión transformadora, con liderazgo de ese que se arremanga las mangas y no tema ensuciarse un poco las manos en el intento, porque sabe que si del barrial hemos emergido en el pasado, lo podemos volver a hacer.

Entonces, ¿por qué la necesidad de un nuevo Pacto Social por la Cultura, a la luz de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, en el marco de la próxima celebración del Bicentenario de la Independencia de Costa Rica?

Podría recalcarlo de la siguiente manera: porque se debe reconocer el legado histórico y la construcción de una identidad social-cultural del país; porque se debe revisar a profundidad el pacto social por la cultura y la educación suscrito en 1949; porque 71 años después, se hace necesario actualizar ese pacto anterior; porque es necesaria  la inclusión de todas las poblaciones, etnias y culturas representadas en el país; porque se debe revisar a profundidad la participación real de las mujeres en la Cultura, una participación que debe ser garantía de equidad de condiciones de apertura de espacios libres de acoso, violencia y discriminación y, debe ser una forma integral de erradicar la desigualdad, exclusión y pobreza de estas en la Cultura. Una deuda histórica del Estado que debe ser subsanada, aunque tardíamente, en el Bicentenario de nuestra independencia.

La Cultura transformadora es aquella que se planifica a largo plazo, incluye todas las voces indistintamente de su condición, aboga por la equidad y la igualdad de oportunidades así como por el acceso a una vida digna.  La memorable frase del también Benemérito de la Patria, José Figueres Ferrer, “¡Para qué tractores sin violines!”,  me hace pensar casi cincuenta años después, si no estaremos condenando a nuestras generaciones actuales a empeñar su violín para comer. La Cultura transformadora, aquella de la cual se reconoce en forma genuina su valía y que no es un elemento decorativo, sino uno con profundo valor social, está esperando ese nuevo pacto llena de fuerza y fe.

Referencias

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