Inés Revuelta Sánchez, Ex Académica UNA.

La Cultura es la forma como la sociedad va tejiendo a través de su historia los hilos de los principios, valores y compromisos que dan soporte a las nuevas generaciones. Es decir, es a través de ella que nuestra niñez va comprendiendo lo que es importante y prioritario para la sociedad. Es la forma como vamos depositando ciertos legados simbólicos que son como migas de pan que marcan el camino de los espíritus jóvenes que vienen detrás de nosotros, explorando y dilucidando su propio camino. Se materializan en productos y servicios que las personas pueden y deben acceder de forma segura, inclusiva, diversa y gratuita.

La Cultura tiene un poder transformador. Pero también es contención, prevención, espacio, vehículo y opción. Por eso, la mayor y mejor inversión que podemos hacer en nuestra niñez es apostar por ofrecer productos y servicios culturales que despierten su espíritu creativo, el hambre por el mundo de las letras, la curiosidad por los colores, la percepción de las formas, la importancia de la expresión, la necesidad de la diversión, la apropiación del mundo que les rodea y del reconocimiento de nuestro legado ancestral. Es una tarea a la cual no debemos renunciar nunca, porque nuestras generaciones de niñas y niños son el presente y también el futuro, un activo social que se debe asegurar desde todo punto de vista y sin lugar a dudas. Esto implica entre otros, que debemos arrancarle nuestra niñez de las manos a la drogadicción, a la delincuencia y al crimen organizado.

Por lo anterior, he insistido vehementemente que la Educación y la Cultura deben ser relanzadas con un pacto social que involucre a toda la sociedad costarricense. El objetivo es que en el presente y futuro no nos lamentemos de que nuestra niñez y adolescencia tienen en sus bolsillos armas y drogas, en lugar de sueños y esperanzas.

De ahí que, ver en perspectiva la labor del Museo de los Niños, valorar sus antecedentes, su historia y resaltar su declaratoria de Institución Benemérita de la Niñez Costarricense, es un acto no sólo de justicia y reconocimiento; es también devolver la esperanza a la sociedad y creer en el poder transformador de la Cultura. Invertir en la niñez costarricense es mirar con optimismo el futuro, es sembrar migas de esperanza, de amor, de solidaridad, de principios y valores de convivencia humana en la forma en cómo creemos que se debe hacer Patria; y el Museo de los Niños (y las Niñas) lo ha venido haciendo de manera excelente.

Transformar una antigua penitenciaría llena de oscuridad, dolor, abandono y sufrimiento en un espacio de luz, amor, alegría, esperanza e ilusión ha sido una demostración de compromiso con la niñez y de creer que somos más quienes anhelamos un futuro brillante, a una lúgubre cárcel para la Patria. Es un potente y poderoso mensaje a la niñez, quienes deben encontrar en la Cultura un refugio seguro para que sus sueños aniden, crezcan y vuelen, en contraposición de otros caminos que solo los conducirán al inexorable destierro social. De ahí que, la visión de doña Gloria Bejarano y de las autoridades de Gobierno que gestaron este proyecto, no constituye únicamente un compromiso con la niñez al más alto nivel político. Es también un acto de contundente visión así como un signo de los tiempos que debemos recordar y conmemorar con profundo fervor patrio.  La continuidad de esta maravillosa y visionaria institución benemérita, debe darse en el marco de un apoyo indiscutible e inquebrantable desde todo punto de vista, que no la ponga nunca en peligro de sostenibilidad y existencia.

Punto aparte, es la reflexión social que debemos tener con respecto a los recortes en Educación y Cultura, en contraposición con la soltura de amarras a las policías represivas y a la construcción de cárceles. La seguridad no se discute ni se debe escatimar en lo que sea necesario, pero creer que el camino primario para la prevención será la represión de nuestra niñez y el confinamiento de nuestras juventudes en reclusorios de menores, es creer que todo está perdido y que la inversión social debe dirigirse prioritariamente para contener la delincuencia. Crear reclusorios y fortalecer las penas, debe equilibrarse con programas de formación y promoción en materia de salud, educación y cultura para la niñez y la infancia. Lo contrario es desbalancear la ecuación, es no ver la desesperanza en cada rostro que pide y exige opciones y espacios seguros para creer, vivir y crear un futuro mejor.

Recortar recursos a la Educación y a la Cultura es tan contradictorio como ir desplumando un ave que queremos que el día de mañana vuele alto y nos muestre el camino de regreso a casa.

Por lo anterior y por mucho más, el Museo de los Niños es una institución insigne para Costa Rica. Una muestra de que hay caminos que se deben caminar con valentía y decisión, esfuerzos que vale la pena realizar, inversiones que son rentabilizadas en miles de sonrisas, de caritas alegres, de sentimientos a flor de piel y espacios lúdicos de aprendizaje y diversión de cara a un futuro mejor y más seguro.

Un reconocimiento a doña Gloria, a don Rafael Ángel, a doña Vanessa Castro por proponer el proyecto así como a las diputadas y diputados que hacen la Declaratoria de Benemérita a esta Institución. Pero además, un reconocimiento a quienes creen que la inversión social debe dirigirse sin contemplaciones a la niñez y adolescencia y confían en que la Educación y la Cultura son y serán el último repositorio de esperanza y de fe, los mismos que sostienen los cimientos de nuestra sociedad.