Isabel Gamboa Barboza: Quiero ir a la Universidad

Nuestra Universidad es un lugar para acoger a las personas que quieran aprender pero también a quienes deben tener una mejor vida. Aquí, la dignidad, el esfuerzo por ser mejores, como intelectuales y como personas, así como la franqueza y la generosidad deben ser el centro.

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Isabel Gamboa Barboza. (Dra.), Catedrática.

¡Quiero ir la Universidad! Le dije claramente a mi hermano Alvaro, en el año 1988, cuando solo era una adolescente que intentaba terminar mis estudios en el Colegio Nocturno de Puriscal. Él, acostumbrado a la derrota de la vida, a la que la pobreza y la violencia nos habían habituado, me respondió tristemente que no me hiciera ilusiones, que eso no era para nuestra familia.

Antes de esa escena había sabido que existía algo llamado universidad por la visita que hicieron a nuestro colegio unas funcionarias de la Universidad de Costa Rica, para divulgar las becas dirigidas a estudiantes pobres. Dicha llegada marcó mi vida para siempre y le dio un giro a lo que se suponía era mi destino que consistía en seguir siendo lo que desde niña era, una empleada doméstica.

A mis 12 años de edad, mamá me mandó a la casa de un diputado que tenía dos hijos y dos hijas, de manera que estaba yo a cargo de una casa inmensa y de una familia de 6, recibiendo un salario de 1000 colones mensuales, encerrada bajo llave y confinada a dormir en un cuarto tan pequeño que debía entrar de medio lado para caber.

Estando en ese lugar, entiendo por qué, entonces, mi máxima aspiración era trabajar como vendedora en la Tienda La Fama, que quedaba en una esquina del centro de Santiago de Puriscal. Frente a esa tienda me paré incontables ocasiones soñando con el día en el que yo,  igual que las muchachas que miraba con cierta envidia, vistiera un delantal con cuadros azules y blancos y atendiera a las señoras elegantes y adineradas que llegaban a comparar alguna tela, un abrigo o una cartera. Quería venderles cosas, no lavarles los platos. Muchas veces quise entrar pero nunca me animé porque incluso esa tienda era aspirar mucho para la joven que era en ese momento.

De manera que la visita de la UCR a mi colegio ensanchó mi horizonte de expectativas y me dio a conocer un mundo, ignorado totalmente hasta entonces, del que supe que quería ser parte como un presentimiento, sin razonar mucho por qué.

Finalmente y gracias a la llegada de la trabajadoras sociales de la UCR a mi colegio y tras un proceso de obtención de beca, en febrero del año 1989 me fui del pueblo para convertirme en una increíblemente feliz y sorprendida estudiante de la Universidad Nacional, que fue, por diversas circunstancias, el lugar donde terminé ingresando. Ahí, estudiaba página a página todo lo que se me pedía y además, semana a semana, elegía un libro al azar, buscando una letra distinta cada vez en los cajones donde entonces estaban las tarjetas bibliográficas en la biblioteca, intentando recuperar el tiempo en el que no había podido estar ahí que ya sentía como un tiempo perdido.

Años después de terminar mis grados y ya con experiencia de trabajar como socióloga, incluyendo mi labor en un organismo internacional en Bolivia, llegué a la Universidad de Costa a estudiar mis posgrados y a trabajar como investigadora y docente.

La Universidad Nacional me salvó la vida pues me dio un lugar donde germinar siendo una joven asustadiza y llena de heridas, pero la Universidad de Costa Rica ha sido la tierra donde eché ramas y florecí. No solo es el lugar donde he crecido intelectualmente, es también un sitio donde encuentro una hermosa y enorme felicidad.

Nuestra Universidad está llena de gente como yo, quienes gracias al estado social, hemos llegado donde nunca nos imaginamos llegar. Por eso, parte de mi pasión de trabajar en la UCR se debe a las personas estudiantes, muchachas y muchachos que vienen de historias comunes, de familias corrientes y sin mayores dramas económicos ni psíquicos, pero sobre todo quienes vienen de familias, de zonas y condiciones económicas y culturales que se ensañan contra su humanidad, su crecimiento y su alegría. Es sobre todo a esa gente a quienes nos debemos, para enseñarles, pero también para ser parte de la dignificación de su humanidad con nuestro trato cálido hacia la subjetividad de cada quien.

Sé que hay estudiantes que, sin importarles que tienen beca, no leen ni se interesan por su formación, sé también que hay docentes que fomentan la mediocridad y tratan mal a sus colegas y estudiantes. Sé también que esa gente no le aporta al sentido de comunidad y conocimiento que implica la universidad desde su nacimiento, durante la Edad Media y  espero que sean una minoría sin mucho poder.

No encuentro mejor manera de ilustrar lo que somos en la Universidad que trayendo acá el hermosísimo relato que nos hace el sociólogo Norbert Elias en unos de sus libros, El proceso de la civilización:

“En el Galateo se cuenta que, un día, llega al palacio del Obispo de Verona, como huésped, el Conde Ricardo. El Obispo y su corte consideran que es «gentilissime cavaliere e di bellissime maniere». Sólo un defecto descubre el anfitrión en el Conde; pero no le dice nada. Simplemente, al llegar la despedida, hace que le acompañe su confidente Galateo, un hombre de la corte del Obispo, de maneras muy refinadas, aprendidas en las cortes de los grandes: «Molto havea de suoi di usato alle corti de gran Signori» se dice expresamente. Este Galateo, por lo tanto, acompaña al Conde un trecho de su camino de regreso y, antes de despedirle, le dice lo siguiente: «Su Señoría, el obispo quiere hacerle un regalo al Conde. El Obispo no ha visto jamás un noble con mejores modales que el Conde. Sólo le ha descubierto un defecto: que hace mucho ruido con la boca al comer y resulta desagradable a los demás. El regalo del obispo consiste en comunicarle esta observación que el obispo ruega al Conde no tome a mal»”

Nuestra Universidad es un lugar para acoger a las personas que quieran aprender pero también a quienes deben tener una mejor vida. Aquí, la dignidad, el esfuerzo por ser mejores, como intelectuales y como personas, así como la franqueza y la generosidad deben ser el centro.

Aquí veo un rótulo incandescente, dirigido a las personas jóvenes que viven un infierno de pobreza y violencia, que les dice: ¡Bienvenidas a lo impensable!

 

Dra. Isabel Gamboa Barboza
Directora Posgrado en Estudios de la Mujer
Profa. Escuela de Sociología
Universidad de Costa Rica

 

 


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