J. Bradford DeLong: Lo que elevó a Trump podría hundir a Biden

Donald Trump managed to receive 74 million votes despite countless failures for the simple reason that he presided over three years of a high-pressure economy in which wages grew rapidly. If the Democrats ignore this lesson or listen to fiscal hawks already pushing for austerity, they will face a painful reckoning in 2024.

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J. Bradford DeLong

BERKELEY – Muy pocas personas que votaron por el presidente norteamericano, Donald Trump, en las elecciones de 2020 son plutócratas que se beneficiaron del recorte impositivo propulsado por él y los republicanos del Congreso, o inclusive aspirantes a plutócratas que pueden querer beneficiarse de este recorte en el futuro. Algunos de los votantes de Trump sin duda están muy a favor de la instalación de jueces de derecha en el tribunal federal. Pero muchos entre los 74 millones que votaron por Trump lo hicieron por otros motivos.
La razón que comparten la mayoría de ellos, sin embargo, es que Trump fue presidente durante un período en el que la economía estadounidense ofreció aumentos salariales generosos para el típico hogar norteamericano. Antes de la pandemia del COVID-19 –y de la total incapacidad de la administración Trump para manejarla-, los salarios en Estados Unidos crecían más rápido que en cualquier otro momento desde que Bill Clinton era presidente.
Si la economía estadounidense no ofrece aumentos salariales similares en los próximos cuatro años, esos 74 millones de personas (y probablemente más) notarán la diferencia y votarán en 2024 por Trump (si se vuelve a presentar) o por algún otro republicano trumpiano como el senador Tom Cotton de Arkansas o el senador Josh Hawley de Missouri.
A título de comparación, vale la pena recordar lo desastroso que fue el período 2000-15 para los ingresos norteamericanos. Mientras que el ingreso real mediano (ajustado por inflación) de los hogares en 2000 era 62.500 dólares, en 2011 era de apenas 57.000 dólares. Recién en 2016, el último año del presidente Barack Obama en el cargo, el ingreso real mediano de los hogares alcanzó su pico de 2000. Y sólo durante los primeros tres años de la presidencia de Trump los ingresos siguieron creciendo lo suficientemente fuerte como para superar la marea alta anterior. En 2019, el ingreso mediano de los hogares se acercaba a 69.000 dólares, más del 20% por encima del nadir post-Gran Recesión, y 10% por encima del pico previo de la era Clinton.
¿Qué es lo que explica estas tendencias? Por empezar, entre 2001 y 2016, el gobierno estadounidense no hizo hincapié en la necesidad de alcanzar una economía de alta presión que elimine la caída de la demanda de la economía, que es lo que hace falta para ofrecer grandes aumentos salariales para los trabajadores típicos. En 2010, cuando la administración Obama empezó a inclinarse por la austeridad, restablecer el empleo en los niveles normales dejó de ser una prioridad, en interés de aplicar recortes del gasto y consolidación fiscal.
En ese momento, el ratio empleo-población en edad de máximo rendimiento era del 75%, cinco puntos por debajo de su nivel de 2007, y siete puntos por debajo del nivel de 2000. En esas dos ocasiones previas, había “pleno empleo” pero no inflación producida por los salarios.
A mediados de 2013, el entonces presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, anunció que se habían terminado los días de un estímulo de política monetaria extraordinario, lo que generó una sacudida depresiva sobre las tasas de interés de largo plazo –el llamado “taper tantrum”- en un momento en que el ratio empleo-población en edad de máximo rendimiento todavía estaba por debajo del 76%. Luego, en 2015, la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, inició el ciclo más reciente de alzas de las tasas de interés, posiblemente eliminando un punto porcentual o dos de crecimiento económico justo cuando la recuperación parecía estar cobrando velocidad: el ratio empleo-población en edad de máximo rendimiento había alcanzado el 77%.
Recién a fines de 2019 –diez años completos desde el punto más bajo del ciclo comercial de la Gran Recesión- la economía estadounidense regresaría a algo cercano al pleno empleo. Sin embargo, el canto de austeridad de las sirenas hoy se puede volver a escuchar. Un creciente coro de analistas insiste en que las tasas de interés cercanas a cero no son naturales, y que es preciso recortar sustancialmente el déficit.
Si bien los halcones fiscales admiten que financiar el déficit y la deuda actualmente no es un problema, les preocupa que la situación pueda cambiar en algún momento. Las tasas de interés podrían dar un giro y empezar a subir marcadamente si la psicología de los inversores experimenta uno de sus giros repentinos. La implicancia es que estaremos en serios problemas a menos que tomemos medidas ahora para recortar el déficit.
En 2012, Lawrence H. Summers, recién salido de un período como director del Consejo Económico Nacional de Estados Unidos, y quien escribe intentamos advertirles a los responsables de las políticas sobre el error de esta línea de pensamiento. Fracasamos, porque la visión generalizada de lo que los economistas de alta calidad supuestamente piensan (que es diferente de lo que en realidad piensan) ya se había solidificado. Los responsables de las políticas asimilaron sólo una de las dos lecciones que destacamos: a saber, que financiar deuda no es un problema siempre y cuando la demanda de activos seguros se mantenga alta, ya que eso mantendrá bajas las tasas de interés del Tesoro.
La lección más importante que todavía no se ha asimilado es que en una economía profundamente deprimida, el endeudamiento y el gasto del gobierno impulsan la prosperidad de corto y largo plazo del país, y así expanden más la capacidad fiscal de lo que aumentan la carga de deuda. En estas condiciones, los mayores déficits hacen bajar, no subir, el ratio de deuda y capacidad fiscal. Y esto es así más allá de si las tasas de interés están altas o bajas.
Cualquier objetivo económico vinculado a la prosperidad que busquen los responsables de las políticas –ya sea en relación con la productividad, el empleo de largo plazo o los niveles de ingresos- será más fácil de alcanzar en una economía de alta presión. Si los éxitos y fracasos de las políticas de la generación pasada nos enseñan algo es que las políticas fiscales y monetarias expansionistas todavía están entre las herramientas más poderosas que tenemos para este fin.

 


J. Bradford DeLong

J. Bradford DeLong is Professor of Economics at the University of California at Berkeley and a research associate at the National Bureau of Economic Research. He was Deputy Assistant US Treasury Secretary during the Clinton Administration, where he was heavily involved in budget and trade negotiations. His role in designing the bailout of Mexico during the 1994 peso crisis placed him at the forefront of Latin America’s transformation into a region of open economies, and cemented his stature as a leading voice in economic-policy debates.

Copyright: Project Syndicate, 2019.
www.project-syndicate.org

 

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