Jacobo Schifter: Las locuras del Emperador

El susto que se llevó la gente con la película es que vieron un destello de locura. No lo habían notado hasta ayer porque no saben ya reconocerla. Pero si prestaran atención al discurso que se dio en la toma de posesión, notarán que al final, con los gritos de “Viva Costa Rica”, se dio el primer indicio. No es solo en períodos de ira sino de felicidad. 

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Jacobo Schifter SikoraHistoriador (Ph.D).

Mientras la mayoría disfruta un feriado para descansar del ajetreo, se ha hecho costumbre que para los días festivos, el pueblo haga un festival a la locura. El 25 de julio, por ejemplo,  se estrenó en Guanacaste la famosa película “Las locuras del Emperador”. Es una película de animación de Disney. Para celebrar la anexión de esta provincia, asistió el Presidente, la Vicepresidenta y varios ministros. Ellos recrearon, queriéndolo o no,  una práctica medieval española que tiene aterrorizados a los presidentes. 

En el siglo XVI, nos dice Foucault, la locura era parte de la comunidad. Los locos no solo deambulaban en las calles sino que la gente les prestaba atención porque se creía que tenían sabiduría. Cada familia tenía un loco que nos enseñaba lo que era perder un  tornillo. El Quijote estaba chiflado pero era una fuente de sabiduría. Shakespeare nos brinda sus grandes introspecciones con su Rey Lear (1605) y Erasmo escribió una Oda a la locura en 1509. La gente aprendía de ellos y cada tontera que oían, era fuente de conocimiento.

En el Medievo, para descansar de ellos, los europeos mandaban a sus alienados de pueblo en pueblo. Viajaban libres y sin atadura por los ríos. La gente aprendía, así, a conocer a los chiflados de sus vecinos. Cuando el barco arribaba al pueblo, ellos descendían y hacían toda clase de travesuras. Era común que uno o dos se pararan en un pedestal y dieran un discurso. Como estaban lunáticos, se creían Napoleón o Federico El Grande. La gente del pueblo, principalmente los artesanos, para divertirse, se mofaba y les gritaban: “¡Fuera, Fuera!” ¡Ni para qué lo hacían! Los oradores se enojaban y empezaban a actuar como verdaderos desequilibrados, lo que era lo que los trabajadores querían. “¡No me van a detener, no me van a hacerme salir del camino!”, gritaban los descarriados. De un momento a otro, lo que parecían hombres cuerdos, hacían saltar sus ojos, soltaban sus quijadas y gritaban como atolondrados. Luego, se excusaban diciendo que era por el hambre que así procedían, pero la gente intuía algo más. 

Un siglo después, los lunáticos serían encerrados en los hospitales psiquiátricos.  ¿Qué hizo el cambio? Pues la Ilustración. Europa optó por la razón y así nos civilizamos. Entre más loa a lo racional, más castigo y más discriminación para lo irracional. La sociedad moderna optó por exiliar a la locura. ¿Pero acabaron así con ella? No, los chalados aprendieron a esquivar a las autoridades médicas y hacernos creer que son normales y empezaron a ocultar sus malos pensamientos. Los hemos puesto en posiciones de autoridad y solo cuando algunos de ellos mete la pata, como la Canciller que confundió a su marido con una maleta que llevaba a todas partes,   nos damos cuenta que no están del todo cuerdos. No todas las naciones censuraron la locura. En el Medio Oriente, por ejemplo, tanta existe que, paradójicamente, la forma de manejarla ha sido coronarla: Gadafi, Hussein, Assad, entre otros más, fueron hechos presidentes. En América Latina, tenemos un número igual. Maduro habla con un pajarito, Rosarito hace sesiones con el más allá. Bolsonaro cree que el trabajo infantil dignifica a los niños.  

El susto que se llevó la gente con la película es que vieron un destello de locura. No lo habían notado hasta ayer porque no saben ya reconocerla. Pero si prestaran atención al discurso que se dio en la toma de posesión, notarán que al final, con los gritos de “Viva Costa Rica”, se dio el primer indicio. No es solo en períodos de ira sino de felicidad. 

Algo no está del todo bien en la cabeza del Emperador. 

 

El autor es Historiador, profesor universitario, fundador del Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación en Salud (ILPES), autor de numerosas publicaciones sobre sexualidad, Premio Aquileo J. Echeverría en Ensayo.

 

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