Jacobo Schifter: Vuelve el esencialismo

Desde que nacemos, nos lo imponen cuando nos visten de diferentes colores. Cuando se aprende el género es que se adquiere el deseo. Y el género se construye con el poder.  En el momento en que el género desaparezca y todos  seamos iguales, como fantasea la Butler, el sexo será el primero en desvanecerse.

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Jacobo Schifter SikoraHistoriador (Ph.D). 

Cada vez más, oímos, tanto de parte del movimiento LGBT, principalmente de los grupos transexuales, como de sus aliados “progresitas” que el género es innato. Esto significa que uno puede nacer en el cuerpo contrario. En esto concuerdan, paradójicamente, con la derecha reaccionaria que sostiene que nacemos todos ya sea como hombres o como mujeres y que la ideología del género es falsa e impuesta. Uno de ellos es Lewis Wolpert, científico británico de la  Universidad de Oxford especializado en la biología del  desarrollo, ciencia que estudia los procesos mediante los  cuales los organismos crecen y se desarrollan. La semana  pasada salió a la venta su libro Why Can’t a Woman Be More Like A Man? – The Evolution of Sex and Gender (¿Por qué una mujer no puede ser más como un hombre? – La evolución del sexo y el género). El autor concuerda con lo de Marte y Venus, no solo por  las diferencias físicas entre los sexos, bastante notorias, sino porque piensan, sienten, dicen y actúan de manera distinta.

Cordelia Fine (The Delusion of Gender) hace un estudio sobre cada una de las investigaciones sobre las bases biológicas

de la sexualidad y el género y no encuentra una sola que no  esté viciada por problemas de metodología.  No se ha podido probar, entonces, que la sexualidad humana sea natural. Tal vez tu chihuahua sí sabe, por instinto, lo que  tiene que hacer pero en tu caso, llegaste a la sexualidad por  la cultura.  Como especie, a diferencia de los animales, no tenemos  instinto sexual. El ser humano necesita lo simbólico (el  lenguaje) y lo imaginario para sentir deseo.  El género no es la consecuencia sino la causa de la  sexualidad. Según Freud el niño establece su sexualidad en la fase  edipal, una vez que pasa el narcisismo de satisfacerse él mismo (En psicoanálisis a esta se conoce como la Etapa Arias Sánchez) y en la que los órganos genitales adquieren importancia (Etapa de Celso Borges).  Para el psiquiatra que infirió esto de su propia familia, el  varón se da cuenta que su pene es privilegiado. En el caso  de la niña, ella siente envidia porque aprende que carece de él. (Freud no pensó que la niña lo que resentía era que él  colgaba ahí las llaves del carro).

Para Lacán, el Edipo no se da por un pene sino por un falo. O sea, que lo que se busca no es el órgano en sí sino el poder social que representa. Esto es lo que él llamó El Gran Otro.

Ambos psiquiatras están equivocados: para el niño, no hay  nada de elogiar de sus órganos sexuales.  La fontanería es bastante primitiva. ¿A quién se le pudo  ocurrir unir los fluidos humanos con los sexuales? ¿No sería lógico pensar que más bien fue un demonio quien nos puso a orinar con el mismo instrumento que usamos para otra cosa? ¿O no habrá sido el arquitecto que construye el nuevo Congreso en Costa Rica? La verdad es que para sentirnos atraídos por los órganos  sexuales de otros tenemos que hacernos los locos (o sea, usar el imaginario de Lacán) con las otras funciones que  tienen porque, si lo hiciéramos, ¿tendríamos ganas de acercarnos a ellos sabiendo lo que hacen a otras horas?  ¿Quién en su sana mente le gustaría hacer el amor a algo que orina? Los órganos sexuales son como empleados del gobierno que trabajan también en el sector privado y que, varias veces al  día, hacen trabajos sucios o como los de Albino, que solo sirven para el paro laboral.

El sexo es tan natural como el primer cigarrillo que te  fumaste, el que te supo a diablos y que después de muchas probadas, te llegó a gustar.  Lo que crea la sexualidad no es el cuerpo ni los genes ni las hormonas sino el género. Desde que nacemos, nos lo imponen cuando nos visten de diferentes colores. Cuando se aprende el género es que se adquiere el deseo. Y el género se construye con el poder.  En el momento en que el género desaparezca y todos  seamos iguales, como fantasea la Butler, el sexo será el primero en desvanecerse.

¿Significa esto que podemos, jugar, cambiar, modificar fácilmente el género? ¿Pueden los homosexuales hacerse heterosexuales y los transexuales volver a ser “hombres”? No. El que género sea aprendido no significa que pueda cambiarse. Una vez adquirido, se cierra en el cerebro, como pasa con el idioma, la ventana para aprenderlo. Los niños que nunca tuvieron lenguaje, por crecer en la selva, nunca pueden aprender a hablar. Así pasa con el género, una vez que aprendiste el género que te gusta, no lo puedes desaprender.

 

 


El autor es Historiador, profesor universitario, fundador del Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación en Salud (ILPES), autor de numerosas publicaciones sobre sexualidad, Premio Aquileo J. Echeverría en Ensayo.

 

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