Jacques Sagot: Ad vitam aeternam German Silesky

"La luz tiene su tiempo medido... " Novalis

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Cartago ha sido desde siempre tierra de artistas. Algunos espíritus candorosos se apresurarán, quizás, a declarar que la melancolía inherente al paisaje cartaginés, con sus sempiternas brumas y las «cumbres borrascosas» del lrazú invitando siempre a la ensoñación, son responsables por la proclividad lírica de sus habitantes, y la proliferación de sensibilidades artísticas de que, a través de  la historia, han dado prueba. La verdad es, sin embargo, que la historia tiene mucho más que ver que la geografía en el origen de tal fenómeno. No olvidemos que hasta hace poco más de medio siglo, Cartago era, a no mucha distancia de San José, el segundo centro cultural del país -en algunos aspectos, de hecho, el primero-, con teatros de ópera como el Municipal y más tarde el Apolo, estaciones obligadas en los itinerarios de cualquiera de las grandes compañías líricas que a la sazón frecuentaban  el país.  Maestros del  prestigio de Campabadal y Freer hicieron   de Cartago su tierra adoptiva, y convirtieron a la ciudad de las brumas en el centro de operaciones de la élite artística e intelectual del momento. Sí, tal fue Cartago alguna vez, antes de transformarse en el poblachón mustio y trasnochado que es hoy en día, ciudad fantasma, heredad de unos pocos hidalgos de capa caída, de esos que suspiran nostálgicos por las glorias del pasado.

Melico Salazar, Julio Mata, Amando Obando, Claudio Brenes, Gustavo Silesky y María Luisa Meneses son sólo algunos de los músicos señeros que Cartago ha producido (mis disculpas desde ya por las posibles omisiones que mi flaca memoria me induce a cometer). Y es de tan ilustre linaje de donde procede German Silesky, amigo entrañable, Cartago «de dura crin», y una de las voces más privilegiadas con que nuestro país jamás contara. El 2 de setiembre de 1992 se cumple precisamente un año de su muerte, y no cabe más que repetir aquí la frase que, a título de epitafio, Grillparzer hiciera grabar sobre la tumba de Schubert: «La muerte se ha tragado hoy a un gran hombre, pero más aún, a la promesa de insospechadas, ingerminadas bellezas».

Orgulloso siempre del origen silesio y por lo tanto teutón que su nombre presupone, German Silesky nació en Cartago el 21 de abril de1955. Su tío Gustavo Silesky, hoy figura legendaria de la lírica costarricense, fue el detonante de la pasión musical de German, mientras que Claudio Brenes, gurú de varias generaciones de cantantes nacionales y uno de los maestros por excelencia en nuestro medio artístico, tuvo a su cargo el desarrollo técnico e interpretativo del joven músico. A estos dos nombres habría que añadir también el del maestro Amoldo Herrera, quien en1967 recibió a German como estudiante de secundaria en el Conservatorio Castella, y que años más tarde haría de él uno de los profesores más distinguidos de la institución. Como alumno primero, como docente después, German llegaría a convertirse en parte de la fisonomía misma del Conservatorio Castella, una entidad cultural a la que estuvo ligado por casi veinticinco años. Solista frecuente en los montajes operáticos de esta institución, fue quizás en Caballería Rusticana donde sus recursos vocales y su intensidad histriónica se manifestaron con mayor plenitud.

A fines de la década de los setenta comienza a alzar vuelo la carrera de German. Se suceden sus presentaciones con la Orquesta Sinfónica Nacional y la Orquesta de la Universidad de Costa Rica, recitales en Honduras y conciertos en México, como parte de las Jornadas Culturales Latinoamericanas de 1986. Paralelamente a sus múltiples compromisos artísticos, el infatigable German se aboca a una tarea pionera en la proyección cultural de su ciudad natal. Profesor y promotor del Colegio Universitario durante varios años, German funda en 1988 el Coro Polifónico Infantil de Cartago, un experimento vocal sin precedentes que logra reunir bajo su batuta a cientos de miles de niños de todas las edades, cantantes que en el futuro habrían de engrosar las siempre diezmadas huestes de nuestras instituciones corales.

En1989 el otorgamiento de una beca del gobierno de Oscar Arias catapulta a German para Italia, donde se incorpora al Coro de la Capilla Giulia de la Basílica de San Pedro. Ahí tiene el honor de cantar en varias oportunidades para su Santidad el Papa Juan Pablo II, privilegio que ya le había sido concedido durante la visita del sumo pontífice a Costa Rica en 1984. En Roma, German estudia con el connotado pedagogo Angelo Marenzi, profesor de nuestra gran soprano Guadalupe González. German y Lupe habían, por cierto, compartido los roles estelares en la ópera Carmen, durante el montaje que en 1984 realizara la Escuela de Música de la Universidad de Costa Rica. Entre los muchos éxitos que German cosechó en Italia se cuenta también el haber cantado con la Academia Filarmónica Romana, su brillante desempeño dentro del Curso de Perfeccionamiento Musical de la Academia de las Artes de Roma, y su contratación como tenor solista con el Coro de la Opera de Roma, opción profesional que sin duda le hubiera abierto puertas insospechadas para el futuro, de no ser por las circunstancias que obligaron al artista a regresar a Costa Rica en octubre de1990.

Y luego, en la forma más brutal e inesperada, truncando ilusiones y haciendo añicos las expectativas que el país entero había cifrado en su talento excepcional, viene la muerte y se lo lleva a los treinta y seis años de edad. Decididamente, Dios no fue generoso con nosotros, al dejaros gozar por tan poco tiempo de su voz.

La muerte podrá ser siempre trágica, pero no por ello es siempre absurda. Los hombres han aprendido a mirar con naturalidad el golpe de hoz de la Segadora sobre la espiga que ha consumado su ciclo vital. Por el contrario, ¡qué sabor amargo nos deja en el

pero la verdad es que tras su adusto continente se escondía uno de esos corazones tiernos y tremendamente vulnerables ¿Sus óperas      favoritas? Traviata, Boheme, Caballería Rusticana, Carmen, Turandot y, por supuesto, las infaltables canciones napolitanas. Si alguien me preguntara, sin embargo, cuál era el aria con la que German demostraba más afinidad, escogería sin pensarlo dos veces el» Lamento de Federico», de Adriana Lecouvreur. Yo mismo alma al tronchar una vida en flor, al cercenar una existencia que tuve el  privilegio de acompañársela varias veces, y la emoción todavía es, para usar una expresión aristotélica, más «potencia» que «acto»! He aquí por qué la muerte de un Bach nos resulta infinitamente menos lacerante que la de un Schubert, arrebatado a la vida antes de poder completar su «promesa de insospechadas, ingerminadas bellezas». Lloramos por unos tanto como por los otros, pero no hay duda de que son lágrimas diferentes. Singlin escribió alguna vez que la mejor manera de honrar la memoria de un difunto era prestándole nuestra propia voz, esto es, decir en su lugar lo que él mismo diría de estar presente. No creo equivocarme aquí al interpretar la informulada queja que desde su lecho de muerte debe de haber dirigido Germana Dios, a la Vida, y acaso también a sí mismo. Me refiero a esa impotente rebeldía del artista que ve su clepsidra vaciarse, y comprende de pronto que lo mejor de su obra se perderá con él, sin nunca ver la luz del día, en el postrer silencio de la muerte. «Partir ahora, cuando siento que todo lo que he escrito no es sino un preludio a la música que hubiera podido aún componer… » -sollozaba Ravel, al enterarse de que sus días estaban contados.

Hombre cálido, jovial, de una franqueza a menudo devastadora, quien no conocía a German personalmente podía con facilidad hacerse una idea de su calidad humana al escucharlo cantar. Había en él una gran nobleza y bonhomía, atributos que muchos no advertían, al reparar únicamente en el German bromista y socarrón. Básicamente, era lo que Ortega y Gasset llamaría «un hombre con un alto índice de calorías emocionales». Rollizo y visigótico en su porte físico, German podía a veces causar terror entre los chiquillos del Castella. Forzoso es convenir en que su aspecto no invitaba precisamente a los cachiflines y las trompetillas, me hacía siempre  terminar erizado, exhausto, tan «desfitado» como el propio cantante.

Fue -si no me equivoco- durante las exequias de Arthur Honegger cuando Jean Cocteau pronunció el elogio fúnebre más  simple y bello que conozco:  «He hablado hoy de alguien que todavía ayer eras tú mismo, de una figura yacente de cera que pretende representar tu papel. Ahora bien, a pesar de esta bella envoltura corporal que la muerte se apresura a acostar en su sitio, tú existes tan perfectamente, tan realmente, que en este momento mismo, en presencia de tu mujer y de tus hijos, te estrecho entre mis brazos y te beso».

Amigo querido, hoy, al celebrarse el aniversario de tu muerte, déjame apropiarme de estas palabras para abrazarte y besarte yo también. Tu alma de músico se ha reintegrado ya al Infinito y respira ahora, libre por fin del dolor físico y las cadenas mortales, el aire de esferas mucho más puras, mucho más diáfanas que la nuestra, pero aquí en la tierra tu voz ha callado para siempre, y es por eso que tenemos que consolamos repitiéndonos, como el poeta: «¡Vive esperanza! ¡Quién sabe lo que se traga la tierra!».


Elogio fúnebre publicado en la Revista de la Radio Universidad de Costa Rica, setiembre de1992.

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