Jacques Sagot: Afluencias hacia el nuevo milenio

Estimados lectores, en el año 1999 y con motivo de la exposición "Afluencias" de Guido Sáenz, escribí este artículo, comentando su aporte a la cultura y el arte. Hoy quiero compartirlo una vez más con ustedes. J.S.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Estimados lectores, en el año 1999 y con motivo de la exposición «Afluencias» de Guido Sáenz, escribí este artículo, comentando su aporte a la cultura y el arte. Hoy quiero compartirlo una vez más con ustedes.
J.S.

 

Guido Sáenz el inagotable, el enfant terrible de la cultura costarricense, ha vuelto a hacer de las suyas. Pintor, actor, ensayista, dramaturgo, crítico, fraguador de orquestas, museos, parques, teatros, instituciones, productor de programas radiofónicos y televisivos, ministro de cultura por antonomasia … Alguien va a tener que ponerle freno a Guido Sáenz, pues de lo contrario no va a dejarle a nadie nada por hacer en el campo de la cultura por los siglos venideros. Temible cuando ejerce la función pública, irrefrenable fuera de ella, Guido Sáenz no necesita de investiduras oficiales para crear: la creación es una función natural de su espíritu, un componente orgánico de su vida misma. Lo que es más: tal pareciera que sus poderes tienden a redoblarse tan pronto se ve eximido de las responsabilidades inherentes a los cargos públicos. Es entonces cuando lo vemos prodigarse en nuevos libros, obras de teatro, programas, exposiciones, en fin, las más insólitas torerías, ejecutadas sobre la cuerda floja, a ojos vendados y contra redoble de tambor.

En medio de esta inaplacable efervescencia creativa, lo más notable quizás sea la capacidad de constante reverdecimiento, de permanente autorrenovación que caracteriza a nuestro artista. Guido Sáenz es un hombre que no se repite. Corno Heráclito, estarnos aquí en presencia de un creador que no se baña dos veces en las aguas del mismo río. Es tal vez por esto que el leitmotiv temático de la exposición «Afluencias» me parece constituir un símbolo elocuente de la vida misma del pintor: los ríos representan la renovación dentro de la permanencia, la mutación dentro de la identidad. El agua siempre está cambiando, sin dejar por ello de permanecer idéntica a sí misma. Metáfora ideal de todo lo transitorio, lo efímero e irrepetible, el agua ha fascinado desde siempre a esos preservadores de lo fugaz que son los pintores, cualquiera que sea su época o militancia estilística. Si hacer arte no es otra cosa que eternizar lo efímero, que fijar lo pasajero para ofrecerlo al mundo sub speciae aeterna, entonces Guido Sáenz ha perpetuado sobre la tela todo lo que de inasible tienen los afluentes, esos implacables emisarios del devenir: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir» -cantó Jorge Manrique.

El agua nunca está en reposo. Aun en el estancamiento, el líquido elemento no cesa ni por un momento de erosionar las márgenes, de socavar la tierra, de desnudar las raíces, de engendrar y albergar la vida. A la luz de esta reflexión, me resulta imposible no ver en los ríos de Guido Sáenz una alegoría profunda de esa personalidad suya, hecha de acción, de beligerancias apasionadas e intransigentes. Sus ríos rara vez asumen la forma de apacibles remansos: son turbios torrentes que corren con irreversible determinación hacia un estuario desconocido, bañados por ese sobrenatural resplandor que el domo de los árboles filtra en haces oblicuos y translúcidos. La Galería Valanti albergará los turbulentos afluentes de Guido Sáenz hasta el 24 de mayo. Si mis lectores quieren intoxicarse de formas, de movimiento y texturas insólitas, si quieren participar de esta bacanal de color con ojos desmesuradamente abiertos y respiración contenida, los exhorto a darse una vuelta por esos lares lo antes posible. Créanme que no se arrepentirán.

Lo dijo alguna vez Baudelaire y lo han corroborado -o por lo menos sospechado- también muchos otros grandes pensadores, en particular los poetas surrealistas: es el niño que nos habita quien custodia y vivifica sin cesar el fuego creativo del artista. Jamás conocí a un auténtico creador cuya personalidad no me recordara, en mayor o menor medida, la fábula de Peter Pan. Matemos al niño, y esterilizaremos para siempre al artista. ¿Significa esto que los pintores, poetas, actores y músicos están eximidos por principio de toda sujeción al código social que rige la vida de los adultos -les grandes personnes de Saint-Exupéry-, y que tienen por lo tanto licencia para abandonarse desenfadadamente a la puerilidad y al más grotesco infantilismo? Sin duda no. Pero sí está claro que al salvaguardar el niño, el artista preserva también el divino, inalienable derecho a jugar (con colores, texturas, sonoridades, palabras, canicas, muñecas o caballitos de madera, ¿qué más da?), y que el arte no ha sido ni será nunca otra cosa que juego. Un juego quizás muy serio, pero juego al fin.

La exposición «Afluencias» es la prueba fehaciente de que el niño en Guido Sáenz goza de buena salud, y se mantiene tan inquieto y bullicioso corno siempre. Nosotros, entretanto, nos limitamos a preguntarnos, entre curiosos y resignados, ¿cuál será su próxima travesura?


La Nación, mayo de1999.

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