Jacques Sagot: Amor no correspondido

Es el campo semántico del amor: todos los papeluchos hablan de fidelidad, de confianza, de compromiso. Yo soy siempre “especial”, “diferente”, “exclusivo”.  Se pelean por mí, me codician con auténtica lubricidad, babean por mi persona, están dispuestos a cualquier cosa con tal de tenerme.  ¿No es hermoso, queridos lectores, ser objeto de tal concupiscencia, saberse amado de manera tan universal?

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

¿Quién dice que ya no se escriben cartas de amor?  ¡Pero si yo recibo docenas de ellas todos los días!  Sí, mis perplejos lectores.  Tórridas. Inflamadas.  Calcinantes.  Escritas en los términos de la más pura pasión. Se desparraman por el suelo cada vez que abro la rebosante casilla de correos: panfletos, hojas volantes, legajos de toda índole… incoercible hemorragia publicitaria inundando ese espacio que yo creía -¡qué ingenuidad!- seguro contra el asalto de los modernos ropavejeros.

Pero el mercachifle contemporáneo es ubicuo, insidioso, viral: se cuela por el menor resquicio, nos viola una y otra vez, y no nos queda más remedio que padecer sus embestidas en silencio.  ¡Y vieran ustedes qué cartas!  Tarjetas de crédito, compañías de teléfonos, de seguros, suscripciones para revistucas de moda, cruceros por el Caribe, membresías en gimnasios, servicios de citas románticas, productos destinados a centuplicar los poderes sexuales del usuario, corporaciones diversas me declaran todas su amor con pasmosa impudicia.  Yo soy siempre su cliente “exclusivo” y “distinguido”.  Las promociones que me ofrecen son invariablemente “deluxe”, “premium”, “golden”, “personalized”.  ¿Qué diantres significan todas estas nebulosas nociones?  Pues nada, realmente nada.  Maneras de hacerlo sentir a uno importante y mimado: eso es todo.

Es el campo semántico del amor: todos los papeluchos hablan de fidelidad, de confianza, de compromiso. Yo soy siempre “especial”, “diferente”, “exclusivo”.  Se pelean por mí, me codician con auténtica lubricidad, babean por mi persona, están dispuestos a cualquier cosa con tal de tenerme.  ¿No es hermoso, queridos lectores, ser objeto de tal concupiscencia, saberse amado de manera tan universal?

Pero los términos invocados -siempre los mismos- merecen una reflexión.  Todos apuntan a lo mismo.  Todos sin excepción buscan saciar en el cliente-víctima el mismo anhelo fundamental.  Anhelo de singularidad, de diferencia, de exclusividad.  En una sociedad que ha homogenizado y emparejado a los hombres como virutas en un aserradero -idénticas e indiscernibles-, las estrategias sicológicas de mercadeo saben muy bien qué nervios pungir en nuestra alicaída conciencia.

Es imperativo hacernos sentir “especiales” -palabreja del día-, restañar ese sentimiento de singularidad que aún el menos avezado ciudadano ha visto evaporarse en el adocenamiento general.  Necesitamos sentirnos diferentes, entidades no equivalentes, no convertibles, no intercambiables: de ahí el uso -y abuso- de la noción de “exclusividad” en toda campaña publicitaria, así sea de pizza o del tiliche cibernético de moda.  Exclusivo: que excluye a los demás, que es solo mío, que fue diseñado únicamente para mí, teniendo en cuenta mis más íntimas necesidades y dilecciones.

¡No me digan!  ¿Tan bien pretenden conocerme?  Lo que no es “exclusivo” no se vende: es un mero genérico, confeccionado para un consumidor sin rostro, sin voz, sin nombre, sin especificidad humana.  ¡Y todos queremos ser específicos!  Nada más natural, por consiguiente, que adoptar el lenguaje del amor, el sentimiento singularizador por excelencia, el afecto que nos torna a todos especiales, insustituibles, extraordinarios.

¿Será que las virutas en el aserradero están comenzando a descubrir­ se más parecidas unas a otras de lo que quisieran serlo?  Entiéndanlo de una vez, cachivacheros del mundo entero: no quiero más junk-mail, no quiero mis espacios físico, postal y cibernético -todos ellos por igual estrictamente privados- convertidos en vitrina de tiliches y despliegue de constantes engañifas.  Apelo al vestigio de respeto que presumo debe aún de quedar en ustedes: no quiero más polución publicitaria, no quiero más adulaciones, melopeas y declaraciones de amor eterno.  ¡Los conozco, “mascaritas”: manténganse lejos del peñón de cristal en el que me he posado para tocar mi piano, y entintar mis cuartillas con los goyescos caprichos que me dicta la soledad!  ¡Si no de decencia, sean siquiera capaces de misericordia!

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