Jacques Sagot, Pianista y escritor.

En nuestra sociedad, la fealdad física es, de las maldiciones que sobre un ser humano pueden recaer, la más infame.  Todas las puertas se cerrarán.  El amor será negado, o comprado a punta de despliegues de inteligencia y bondad que a nadie más se le exigirían.  El rechazo se convertirá en el pan de cada día.  Será una y otra vez vencido por sus rivales eróticos.  Errará por la tierra torvo, resentido, envidioso.  Se esconderá del prójimo.  Será estigmatizado.  Cuando no repulsión, generará la burla -abierta u oculta- de los demás.  Como la raza de Caín, los feos serán juzgados más severamente que los bellos.  Su fealdad será interpretada como correlato de la fealdad espiritual.  Hasta no demostrar lo contrario, lo considerarán inherentemente perverso.

Tal es el mundo.  Tal es el poder de la mirada.  De todas las miradas, no solo la de “el infierno son los otros” de Sartre, impugnada por cuanto “cosificadora”.  Ni Fidias, ni Praxiteles, ni Miguel Ángel esculpieron adefesios.  Los dioses del mundo entero han sido representados bellos salvo, claro está, aquellos que encarnan las potencias del mal.  Y, a decir verdad, hasta Satán era fascinante (¡Luzbel, el más bello de los ángeles!)  Si Mefistófeles, si Plutón no fuesen deslumbradores, cautivantes, ¿qué arma les quedaría?  Los héroes míticos han sido recreados bellos, altivos.  Las ciudades ornan sus plazas con estatuas de hombres y mujeres bellos.  En ningún lugar del mundo se le ha hecho un monumento a los feos.  En el imaginario universal, la fealdad física se inscribe dentro un sistema de anti-valores que también conlleva la fealdad ética.

Nada puede hacer el feo por ocultar su condición.  La cosmética -que cruelmente realza la belleza de los bellos- no hace sino conferir a la fealdad un cariz patético.  La belleza está equiparada a la salud, la fealdad a la enfermedad.  Y, summun de la injusticia, la muerte parece estar inscrita en el rostro de los feos.  La fealdad es, para los bellos, un memento mori al que cerrarían -si pudiesen- los ojos.  Allá, en los años sesenta, se puso de moda un abominable sonsonete que decía: “Que se mueran los feos, que se mueran toditos, toditos, toditos los feos”.  ¿Es preciso añadir comentario alguno?  Y un querido amigo de la escuela -Adrián era su nombre- corría a alertar a todo el mundo: “¡Emergencia, emergencia, que traigan una ambulancia para Jacques, porque se están muriendo todos los feos del mundo!”  No era un bully ni un agresor.  Era un chiquillo cruel, como lo son todos, pero adorable y de muy buena entraña.  Sigue siendo mi amigo entrañable al día de hoy.

Hollywood y su culto al galán de matiné y a la “chica Bond” no han ciertamente contribuido a mejorar la percepción dual que el mundo tiene del ser humano: los bellos – buenos por un lado, los feos – malos por el otro.  Es esta implosión de los valores estéticos y éticos la que me parece particularmente perversa.  Una constelación axiológica en la que la fealdad es percibida como la plasmación física de la ruindad moral.

Y la gente, para rebatir la irrebatible realidad, siempre invoca la falsa lógica: “¿De qué te sirve una persona bella pero tonta?”  La pregunta fuerza ilegítimamente la respuesta.  La comparación debe ser establecida en igualdad de méritos: ambas inteligentes, una bella y la otra fea.  El mundo se prosternará ante la primera, e ignorará a la segunda.  Para esta, el escupitajo moral, y si pudiésemos, también el físico.  En los binomios bello – bondadoso, y feo – malvado, la carga de la prueba (the burden of proof) siempre estará del lado del segundo.  Es a él a quien le corresponde des-probar su asumida villanía.  Kant decía que “lo bello es el símbolo del bien moral”.  ¿Qué decir, contrario sensu, de lo feo?  Pues que lo feo es el símbolo del mal moral.

Pienso en Sartre.  A propósito del cual, oigo ya al lector decirme: “he ahí el caso de un hombre feo que tuvo a cuanta mujer quiso” (de nuevo, la falsa lógica).  Sí, pero para lograr tal cosa se le exigió ser un genio.  Con una molécula menos de talento no hubiera tenido una mujer en su vida.  Lo que otros lograrían con una sonrisa, a él se lo cobraron en la módica suma de… ser el más grande filósofo del siglo XX, el más importante escritor de su época, y además Premio Nobel.  ¡Cuán oneroso para algunos, cuán barato para otros!

Sabernos feos nos obliga a vivir escindidos.  Amarnos odiándonos.  Una enorme disonancia.  Un hombre, una mujer bella son dueños del mundo.  Y brotan, por montones, las falacias: “Lo que importa es la belleza interna”.  “La belleza es una cuestión de auto-percepción”.  “El hombre o la mujer que se sienten bellos proyectan esa belleza y hacen cambiar la actitud del mundo hacia ellos”.  “La belleza está únicamente en los ojos del que mira”.  Otras tantas espurias manifestaciones de “la moral del vasallo” (Nietzsche), la fosca alianza de los feos contra los bellos: “¡Feos del mundo, uníos!”

Quasimodo, el Jorobado de Féval, la Bestia, Hop-Frog, el Hombre Elefante, el Fantasma de la Ópera, Gwynplaine, Frankenstein, Edward Scissorhands, Cyrano de Bergerac, Gregorio Samsa, el Hombre Lobo no son feos: ¡son monstruos, y los monstruos son fascinantes!  Están mucho más allá de lo feo: trascienden las categorías estéticas al convertirse en absolutos.  Tendrán la belleza inherente a todo lo absoluto.  No son mediocres en su fealdad: ¡son sublimes, supremamente horrorosos!  El verdadero infortunio consiste en ser… pues simplemente feo, chatamente feo, mediocremente feo, invisiblemente feo, vulgarmente feo.  Esa fealdad que no ofende, que nos condena a pasar inadvertidos, como si fuésemos seres translúcidos, ectoplasmas a través de los cuales las miradas corrieran a posarse en alguien más.

Como nunca antes en la historia, a la gente le preocupa su belleza física.  Lo prueba el éxito de la industria y la cirugía cosmética (el imperio de la silicona, el colágeno, el botox, el maquillaje, la perfumería, el atuendo, la moda, el apogeo del estilismo y la peluquería).  Es una obsesión, una patología colectiva.  Personas que se someten a treinta cirugías faciales (en particular rinoplastias y tratamientos dermatológicos) hasta convertirse en seres irreconocibles, auténticos androides, criaturas salidas de revistas de dibujos animados…  Es, en el sentido estricto del término, una epidemia: el llamado trastorno dismórfico corporal, un desorden de tipo somatomorfo en que el enfermo siente que algo en su aspecto físico debe ser mejorado a toda costa, y pule, cincela, burila su cuerpo una, y otra, y otra vez, poniendo en peligro su vida y gastando hasta el último céntimo en ello.  Es, de hecho, una afección co-mórbida de la depresión severa, la fobia social, la hipocondría, la anorexia, la bulimia y el trastorno obsesivo – compulsivo.  Lo padece un dos por ciento de la población mundial.  En los Estados Unidos cinco millones de personas viven en este infierno, y un ochenta por ciento de los casos van acompañados de ideaciones suicidas.

Los griegos -que todo lo supieron antes de conocer casi nada- ya tenían a un personaje que encarnaba esta psicopatología: Tersites -hijo de Agrio-, el hombre más feo y hablantín de Troya, asesinado por Aquiles.  Freud trató a un paciente -el aristócrata ruso Sergei Pankeyev- quien, carente de la capacidad sublimatoria de Cyrano de Bergerac, pasó su vida atormentado por la forma de su nariz.  Solía cubrirse el rostro con una espesa pilosidad que le valió el mote de “El hombre lobo” (“Der Wolfsmann”).  En la era de la rinoplastia habría sometido su pobre narigueta a cincuenta cirugías correctivas.  La gente que se percibe deforme, monstruosa, debería entender que en esta “debilidad” puede residir su grandeza y, antes bien, “sacar petróleo” erótico de ella.  Nada en el mundo podría ser peor que la invisibilidad por insignificancia.  El problema no es ser horrible, el problema es ser simple y llanamente feo.

Platón estableció una relación de consanguinidad entre lo bello y lo bueno (la Virtud y la Justicia).  A este binomio añadió la Verdad, para completar el trípode que constituye el pináculo de su cosmovisión.  Su noción de la kaloskagatia (la implosión de la belleza física y la belleza moral) llegó a ser el ideal mismo de la paideia.  El problema de esta homologación es que, de manera implícita, equipara la fealdad a la maldad.  Es una identificación que confirman todas las mitologías, leyendas y cuentos de hadas de la historia: la fealdad solo puede ser el correlato físico, la manifestación fenoménica y tangible de la maldad y la miseria del alma.

Oscar Wilde nos propuso un juego muy interesante.  Según él existe, en efecto, una belleza física y una belleza moral.  Pero en El retrato de Dorian Gray postula la idea de que un cuadro puede operar como un espejo.  No reflejará nuestra apariencia física, sino el aspecto de nuestra alma, nuestra sustancia moral.  Así, mientras Dorian vive alegremente su existencia en calidad de eterno Apolo, de impenitente dandi, el retrato va reflejando y acumulando la suma de sus vilezas, crímenes, traiciones, feroces apetitos.  El esquema general no cambia en lo absoluto: fealdad = perversidad.  El que esa fealdad se manifieste en un retrato escondido en el fondo de un clóset en un tenebroso ático no modifica el hecho de que la fealdad moral se traduce en horripilancia física, y viceversa.  Simplemente, sucede que el retrato indemniza su esplendor masculino durante cierto tiempo, un plazo más o menos prolongado… ¡pero, ay, lo propio de todo plazo es expirar!

Dorian Gray no encarna el ideal de la kaloskagatia: el kalos (la belleza) se queda con él, pero su perversidad emigra a ese alter ego, ese Doppelgänger que es el retrato.

Cuando en 1946 Jean Cocteau estrenó su maravillosa versión fílmica de La Bella y La Bestia, sucedió que en el momento en que la Bestia (fascinante en su ferocidad, su naturaleza primaria, su voracidad de depredador) se transforma en el garrido, principesco Jean Marais, Marlene Dietrich, presente en la sala, gritó: “¡No, no, no: devuélvanme a la Bestia, ese guapetoncillo de matiné no genera en mí el menor deseo!”  Sí, puedo comprender su sentir.  La Bestia ciertamente no carecía de atractivo sexual, y en medio de su monstruosidad era, paradójicamente, bella.  Tenía más carácter, más presencia, más magnetismo, más impacto que el pobre de Jean Marais, apenas bueno para representar papeles de capa y espada ante públicos compuestos por enamoradizas adolescentes.

Alguien podría argüir que la belleza, como la fealdad, solo puede ser integral.  Un hombre feo jamás lo será únicamente por mor de su falta de encanto físico.  A este tiene que sumarse una madera humana podrida, despreciable.  Y correlativamente, una mujer bella solo puede ser tal cuando su esplendor externo está sustentado por la hermosura moral y espiritual.

A todo esto, yo me limito a preguntar: ¿hay alguien en el mundo que real y sinceramente crea en estas paparruchas?  ¡Vamos, no seamos hipócritas!  La belleza física es, para bien o para mal, por condicionamiento cultural o biológico, un valor inmenso, un valor potentísimo, un valor con el que no se puede discutir.  Así fuimos programados los seres humanos.  Somos animalitos, y la belleza física es uno de los rasgos en los que creemos reconocer la excelencia del espécimen que la ostenta, los mejores resortes de supervivencia, la mayor adaptabilidad, y los genes más saludables, aquellos que nos garantizarán una progenie sana y robusta.  Porque esta es otra fatídica ecuación de la naturaleza humana: belleza = salud, es decir, vida plena y ubérrima.

Es una evidencia que me deja un poco triste, un poco alicaído, gravitando hacia la oscura tonalidad de Re menor.  Quisiera pensar de otro modo, pero el mundo me impone su terrible, innegociable verdad, tanto biológica como social.  Las ratas de laboratorio corren en tropel hacia el ratón inyectado con dosis masivas de testosterona.  Al otro lo dejan morir de aislamiento y de rejas.  El “Elvis Presley de los roedores” es favorecido por las hembras en tremolina, de manera unánime, ruidosa y demencial: se desgarran y asesinan entre sí por poseerlo.  La sociedad también reacciona a estos primarios, puramente químicos estímulos.  Hay machos alfa… y luego hay machos omega.

Eppur, si muove