Jacques Sagot: Carta abierta para La Nación

Agradeceré infinitamente, estimados amigos, que divulguen este texto entre sus conexiones, si les parece que tenga algún valor o importancia para el país.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Permítanme, en primer lugar, extenderles un saludo deferente y afectuoso.
Como quizás todos ustedes saben, colaboré con La Nación durante más de treinta y tres años.  Al día de hoy, figuro entre los colaboradores más veteranos del periódico, no por mi edad (cincuenta y ocho años), pero sí por mis años de asociación con el diario (empecé a publicar muy joven, por invitación de esa gran figura que en mi vida fue Julio Rodríguez).
En años recientes estuve a cargo de la edición del suplemento Ancora, de un texto semanal en Página Quince, y de la columna de deportes (que es una de mis pasiones, aunque a alguna gente le cueste creerlo: la verdad es que la historia está llena de escritores, pintores y músicos de primera línea que adoraron el deporte).
Escribir para La Nación siempre me generó enorme ilusión.  Cada día en que salía un texto mío, era para mí un día de fiesta.  Sistemáticamente le di la prioridad literaria de todo cuanto hacía.  Y no escribí como lo hacen muchos colaboradores: le imprimí a mis artículos de Opinión o de Áncora un carácter más literario, más poético, más lírico, más elaborado, más esmerado, y sí: más preciosista (esa no es una mala palabra).  Transformé una simple columna de deportes en un pequeño ejercicio de estilo y dignifiqué las páginas del periódico tratando mis textos con un criterio estético y toda la sofisticación de que era capaz.  Eso le gustó a alguna gente, y a otra no: es lo propio de cualquier propuesta artística.  Es mi sentir, empero, que en años recientes la balanza se inclinaba a mi favor, en cuanto a los lectores que por fin abrían su corazón a mi arte, y dejaban de lado los prejuicios.  Me tomó treinta y tres años lograr este propósito.

 

La semana pasada, en carta enviada a don Armando González, renuncié a todos mis espacios en La Nación.  No fue una decisión intempestiva o precipitada.  Es algo que venía meditando desde hacía mucho tiempo.  A decir verdad, desde que Guiselly Mora asumió la dirección de la sección editorial.
Fue una decisión muy, muy dolorosa para mí.  Yo quiero a este periódico: lo leía desde niño, y me deleitaba con la Página Quince, recién fundada por Guido Fernández, y que en aquel entonces era un foro de ideas sobre temas universales, inactuales, culturales, filosóficos, humanísticos.  Hoy en día -salvo por los textos syndicated- es un cacareo  aturdidor donde, de cada tres palabras, cuatro son “necesidad de reactivación económica”.  Expresiones que se han erosionado por su excesivo uso.  Plumas monotemáticas.  La Página Quince fue secuestrada por tecnócratas, economistas… y algunos y algunas que se quisieran economistas, y no lo son ni lo serán nunca.
También yo soy capaz de explorar temas de actualidad, (y lo he hecho con frecuencia, de manera militante y enérgica).  Pero no me confino a los hechos puramente tópicos, al “sabor de la semana”.
Pero ahora voy a lo esencial.
Después de mil ruegos y todos los intentos de diálogo que ustedes se puedan imaginar, no logré que la señora Mora se abstuviera de mutilar mis textos, cercenándoles párrafos enteros, cambiando títulos, omitiendo importantes líneas… durante siete años masacró mis textos.  El diálogo era inútil por las siguientes razones:
1- La señora me declaró en más de una oportunidad que ella era “la Diosa del Olimpo de su sección” (sic).  Evidentemente, mi condición de común mortal me impedía objetar ninguna de las atrocidades que perpetraba con mi prosa.  Esto puede parecer cómico, pero no lo es.  Juro por mis manos haberle oído esa autodescripción varias veces.
2- La señora Mora afirma que ella no tiene que pedirle permiso a ningún colaborador para tijeretear lo que le venga en gana.  Mil veces le dije: “llamame, discutimos el párrafo “problemático”, y seguimos adelante”.  Confié en el dictum de que “hablando se entiende la gente”.   Pero ella no cree en esto.  Está convencida de que tiene la potestad, de manera inconsulta, no negociada y no comunicada, de mutilar cualquier texto, sin necesidad de discutir tan delicada decisión con su autor.  Esta es una actitud autárquica y profundamente irrespetuosa de los derechos del autor y de la propiedad intelectual.
3- Las veces en que intenté discutir con ella (siempre manteniendo la paciencia y tratándola con respeto) terminó por tirarme el teléfono.  Lo hacía ora brutalmente (¡plaf!), o bien, acelerando su monólogo de manera vertiginosa -sin dejar que yo me defendiera- y al final de su accelerando verbal, me tiraba el teléfono.  No veo cómo, de qué manera puede negarse que esto sea una falta de respeto descomunal, una línea de conducta bochornosa para una editora de opinión, para cualquier ser humano, de hecho.
4- La señora Mora declaró que la misión de una editora era mejorar el texto que le sometían.  A mí no me mejoró nada: todo lo que hizo fue mutilar y amputar párrafos grávidos de significación, párrafos que a menudo eran los más bellos del texto.  Yo soy escritor profesional: tengo veintiún títulos a mi haber, y he ganado los premios que pueden ustedes ver en el currículum que adjunto.  Tengo además dos doctorados suma cum laude de Rice University con tesis escritas en francés y en inglés que superan las mil páginas.  Ahora tengo también un doctorado honoris causa.  Repito: soy un escritor profesional: mis textos son mis hijos, así los quiero, así los cuido, así los pulo, los burilo, los barnizo y los trabajo: con esmero infinito de artesano de la palabra (eso es lo que soy).  ¿Pueden ustedes comprender lo que significa haber tenido que soportar siete años de mutilaciones y corrupciones de mis textos?  Pero de nuevo, la señora Mora se amparaba a la noción de que su misión era “mejorar” los textos que llegaban a su mano.  Es curioso: no se limitaba a cercenar los párrafos que pudiesen ser políticamente incorrectos o peligrosos para La Nación y para mí: censuraba los más bellos.  ¿Así que si mañana se apersonasen redivivos a La Nación Dostoievski, Dickens, Proust y Baudelaire (de quien estamos celebrando su bicentenario), la señora Mora correría a “mejorar sus textos”? ¿A tal punto llegan las potestades que se auto atribuye como editora? ¿“Mejorar” a Dostoievski?   Es como si un pianista se permitiera “mejorar” a Beethoven mutilándole compases y melodías enteras de sus obras.  Yo, en treinta y tres años, jamás -hasta que la señora Mora asumió su cargo- tuve problemas de este tipo.  Jamás, jamás, jamás.  Julio Rodríguez y su asistente siempre me trataron con el respeto que se le debe a un colaborador, a un escritor, y, en suma, a un ser humano.  Mi martirio comienza en 2014, con la salida del respetuosísimo, cortés y cálido Santiago Manzanal, cuya amistad me honra.
Yo vi venir este problema desde que conocí a la señora Mora, por rasgos de su personalidad que percibí el primer día en que salimos a tomarnos un café.  Le comuniqué a Armando González mi preocupación, pero él no la tomó en serio.  Para él no existen este tipo de problemas, porque desde su silla imperial proclamó: “Guiselly: a mis editoriales no les toqués ni una sílaba”.  Es cosa que sé por la señora Mora.  Bueno, tales son las prerrogativas del poder, supongo.  Los que no tenemos ese poder, debemos soportar mutilaciones a nuestros textos, tiradas de teléfono, desplantes insólitos de teomanía (“Yo soy una Diosa del Olimpo”).  Pero Armando comprende perfectamente lo que se siente cuando a uno le masacran un texto.  Todo esto se pudo haber evitado.  Hubiera bastado con que Armando moviera un dedo… y no lo movió.  Pudo haberle dicho a la señora Mora: “por favor, a los textos de Jacques no les metás tijera”.  Diez simples palabras… pero no las pronunció.
Quiero que sepan, queridos amigos, que durante más de un año yo he trabajado gratis para La Nación.  Sí, ad honorem, pro bono, sin percibir un céntimo por mi trabajo.  Ni por concepto de la columna de deportes, ni por concepto de mis textos de Página Quince, ni por concepto de la dirección de Ancora, que edité durante el dificilísimo año de la pandemia (no había conciertos, exposiciones, teatro, danza, nada que cubrir).  Trabajé, con todo mi esmero, todo mi amor, todo mi talento, procurando que cada texto fuese una pequeña joya literaria.  Con paciencia y esmero de orfebre trabajé, sí, y todo lo hice de gratis.  Ahora les formulo una simple pregunta: ¿merezco el tratamiento de que he sido objeto?
La señora Mora ha violado mis derechos de autor, y la integridad de la propiedad intelectual, en este caso la mía.  Ha violado lo que se conoce como el derecho moral de integridad de la obra.  El artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos estipula que “toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales que le corresponden por razón de la producción científica, literaria o artística de la que sea autora”.  Esta misma disposición figura en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.  Finalmente, la misma noción está clarísimamente expresada en nuestra propia Constitución.
Y ahora que hablo de derechos humanos, también quiero añadir que La Nación, por intercesión de la señora Mora, se ha aproximado peligrosamente al perfil de un periódico censor, y que yo he experimentado, en estos últimos años, vedas y prohibiciones que me han hecho sentir embozalado, y ese sagrado derecho a la libertad de expresión (¡que tanta sangre le ha costado al mundo!) se ha venido estrechando y estrechando, hasta no ser casi nada más que una donnée puramente teórica, no una realidad efectiva.  Es innecesario que les diga, estimados amigos, cuán peligroso es esto para la salud social de nuestro país y para el periodismo nacional, tomado en todos sus estamentos, niveles, formas y manifestaciones.  Jamás creí tener que llegar a denunciar este tipo de aberraciones, pero el hecho es que se están dando, y mal me conocería quien crea que yo voy a guardar silencio ante tal situación.  Ya a mí han vetado dos artículos (que yo recuerde, quizás fueron más): uno en el que comentaba el escándalo de las pensiones de lujo del Poder Judicial.  Era el tercer artículo de una serie.  Ese se negaron a publicarlo.  ¿Las razones?  Pregúntenselas a Armando González.  Luego escribí un texto en el que señalaba aberraciones políticas muy serias del PAC.  Ese también me prohibieron publicarlo.  ¿Las razones?  De nuevo, pregúntenselas a Armando González.  Si eso no es censura, ¿qué eufemismo, perífrasis, litotes o demás recursos retóricos podemos usar para describirlo?
La señora Mora no quiere a don Óscar Arias.  Están bien: esa es su prerrogativa personal, y debemos respetarla.  Pero ya llegar al punto de no querer publicar un texto de mi autoría que hablaba sobre el abuelo de don Óscar, don Julio Sánchez Lépiz, el autor de la trascendental “carta de Taboga” (un hito, en la historia de nuestras políticas agrarias), y uno de los edificadores de la moderna Costa Rica, hombre ejemplar, probo y profundamente humano, por el mero hecho de ser abuelo de don Óscar, me pareció abominable.  Yo ni siquiera mencionaba a don Óscar en el texto.  Le dije a la señora Mora: “Leelo, aunque sea por cultura general”.  Con gesto de niña berrinchosa, dijo que no lo leería, y (no recuerdo) posiblemente me tiró el teléfono.  De nuevo: ¿no es esto censura ideológica?  ¿Sólo se puede escribir en la Página Quince sobre la gente a la que la señora  Mora le cae bien?
A un  nivel personal, siento que mi talento no ha sido valorado por nadie: ni Armando, ni la señora Mora, ni el señor Fernández, director de Viva, a quien le tengo una gran estima, pero que en meses recientes comenzó a imponerme sus directivas y a tomar decisiones en un suplemento del cual yo era el editor.  Y es aquí donde no entiendo la política directorial de Armando: para todos los editores del periódico, es laissez-faire, laissez-passer: libertad absoluta de acción.  Para todos excepto para mí: yo sí tenía que aceptar las imposiciones del señor Fernández (meterme textos que yo no quería en el suplemento, meter a un periodista que no figuraba en mi lista de colaboradores)… pero ¡qué misterio!  Ahí sí se valía el injerencismo, la intrusividad, el intervencionismo del señor Fernández…  Tal parece que yo era el único director para el cual no valía el laissez-faire, laissez passer”…  Y soportar todos estos atropellos de gratis, ¡DE GRATIS!, ¡por amor al arte, por amor a mis temas, por amor a la palabra bien manipulada, por amor a mí mismo, por amor al periódico!  Mil veces intenté contactar a Armando: no responde a mis llamadas telefónicas y no responde a mis correos electrónicos.  Asumo que me debe mirar como a un insecto, una criatura insignificante, alguien que no merece siquiera un pinche acuse de recibo por una nota que para mí era importante.
 Noblesse oblige: la periodista que el señor Fernández tuvo la arbitrariedad y el abuso de poder de imponerme en mi suplemento, hizo un excelente trabajo.  De inmediato le mandé una extensa carta de felicitación.  Pero el hecho no dejó de significar una falta de respeto del señor Fernández sobre mí.  Pasó por encima de mis disposiciones, como si yo estuviese pintado en la pared.  Ahora bien, yo comprendo que Ancora es un apéndice de la Revista Dominical, que es feudo del señor Fernández.  Pero si esto se traduce en una especie de cadena de mandos, de jerarquía militar (general, sargento, coronel, cabo, soldado raso) jamás habría aceptado hacerme cargo de Ancora.  El señor Fernández me reprochó en su momento que yo estaba “reciclando” artículos publicados hacía diez y doce años.  A lo que responderé con esto: yo había hablado con Armando González, y él me había autorizado a  hacerlo (“no le veo ningún problema” -fue su exacta respuesta-), por otra parte, no solo fue cuestión de republicar los artículos: los corregí y amplié muy considerablemente.  Finalmente, estos textos que el señor Fernández consideró “problemáticos” fueron solo cinco, y ello en catorce meses en que estuve al frente de Ancora.  La verdad de las cosas es que el señor Fernández no tiene ninguna simpatía por mí.  No lo culpo por ello: ¿por qué habría uno de caerle bien a todo el mundo?  Cuando asumió la dirección de la Revista Proa lo primerísimo que corrió a hacer, antes aún de haberse sentado al escritorio, fue llamarme para comunicarme que me echaba de la columna “Tinta Fresca”, donde tenía 16 años de trabajar, gracias a esa gran dama y gran periodista que es Larissa Minsky.  En todo caso, y por analogía con el laissez-faire, laissez passer de los demás editores, era mi prerrogativa planear la revista en la forma que a mí me parecía más adecuada.  En algún momento le dije al señor Fernández que yo quería que cada número de Ancora tuviera un texto mío.  “¿Por qué?” -me espetó con insolencia-.  No le respondí así, pero lo que debí haberle dicho fue: “Porque soy el director del espacio y así lo he dispuesto”.  Después de todo, cuando Doriam Díaz dirigía Áncora no era infrecuente recibir suplementos en los que tres de los cuatro artículos eran de su autoría… ¡a veces todos lo eran!  Y quiero ser enfático en este punto: Doriam es una amiga muy querida, y creo, con absoluta objetividad, que junto a Víctor Hurtado es la mejor directora que Ancora ha tenido en sus muchos años de vida.  ¿Quién, a fin de cuentas, era el director de Ancora?  ¿El señor Fernández o yo?  Eran demasiados jefes para muy poco indios.
Todo esto es muy triste.  Dios sabe que cuando asumí la edición de Ancora hice todo lo humanamente posible por crear una dinámica de trabajo amistosa y cordial con el señor Fernández, pero me temo que él simplemente no aprueba mi trabajo, que tiene otras prioridades, otro enfoque de la revista y que yo no calzo en sus planes.  Esto es comprensible y eminentemente humano.  No tengo nada que reprocharle, excepto la forma en que me impuso sus directivas, que violaron mi autoridad editorial.  Creo que él piensa únicamente en términos de índices lecturabilidad, y bueno, ese es su criterio y su concepción de la revista.  Es perfectamente respetable.  Es evidente que hubiera rechazado a Kant, Hegel y Kierkegaard de su publicación.
Así que tuve que lidiar con 1- un director inaccesible, 2- una editora que me mutilaba mis textos y me tiraba el teléfono, y 3- con un director de VIVA que se metía en mi suplemento para tomar decisiones que me competía a mí tomar.  ¡Y TODO ELLO GRATIS!  Cierto: yo había pactado con Armando que yo me haría cargo de Ancora gratis si ello no significaba una merma en el ritmo de publicaciones en la Página Quince.  Y la señora Mora cumplió con el pacto… maldita la hora: cada artículo era una nueva decepción, y yo roído por ese sentimiento de impotencia, de frustración, de rabia, cuando tiene uno que ver su trabajo pisoteado, sobajeado, manoseado, picoteado…  Hasta que un día de tantos me dije: “mi salud no va a poder soportar otro acceso de cólera ante los desmanes de la señora Mora: si me mutila un texto más, voy a morirme”.  Y no tuve otra opción que salirme del periódico.  Era eso, o morir (y hablo en serio: yo padezco de varias condiciones de salud que no son compatibles con este tipo de abusos, de irritaciones, de ansiedades, de pisoteos a mi dignidad de escritor).  Hoy en día me doy cuenta de que tal vez la señora Mora no quería (por razones que tendrían que preguntarle e ella) que yo publicara más en la Página Quince.  Y logró su objetivo.  Sólo ella sabrá por qué obscuros motivos quería fumigarme de su sección.
La decisión de salirme del periódico me resultó dolorosísima, porque treinta y tres años en una institución (mi primer artículo data de marzo de 1988) no se tiran así no más a la basura.  Ya yo escribía en la Nación cuando la señora Mora aún jugaba con muñecas, el señor Fernández con carritos, y Armando sin duda se preparaba para ser el magnífico periodista y abogado que es.
Hace unas semanas fui objeto de un homenaje que significó mucho para mí: me concedieron un doctorado honoris causa.  Pues bien, la señora Mora se sumergió de inmediato en su ordenador y, como si fuese Sherlock Holmes, se puso a hurgar todo en torno a mi doctorado (ya solo ese hecho constituye una falta de respeto).  Concluyó que me había salido en la caja del Corn-Flakes  o me lo había regalado la pulpería de la esquina.  La verdad de las cosas, es que es un  doctorado respaldado por la Universidad de Salamanca (la más antigua del mundo), cinco universidades mexicanas, Le Cercle des Ambassadeurs Franҫais et Suisses pour la Paix, la organización Mil Mentes por México, y la ONU, la UNESCO (de la que fui embajador durante siete años) y la UNICEF.  Yo le solicité a Armando Mayorga (¡hombre extraordinario por su bonhomía y buenos modales!) que le dijera a algún periodista de VIVA que me hiciera una gacetilla por el evento.  Pero ya era inútil: la señora Mora había regado el veneno de que mi doctorado era espurio, y nadie quiso hacerme la gacetilla.
Por lo demás, no soy un ser mezquino: el trabajo de la señora Mora en la sección editorial ha sido excelente: novedoso, dinámico, lleno de iniciativas encomiables.  La aplaudo de pie por ello.  No sé por qué se ensañó en mis textos… no lo sabré nunca, y conjeturar razones es, en este caso, algo muy desgastante, y drena toda mi energía.  Nunca permitió que yo le diese la menor sugerencia para su sección: reaccionaba soliviantada e intolerante.  En cambio ella sí se permitía reprocharme que mi Ancora no incluyera entrevistas (como si tuviese que tenerlas por ley constitucional), y se ponía a darme conferencias sobre los “géneros periodísticos”, que es el ABC del periodismo y que conozco desde hace medio siglo, cuando fui director del periódico de mi colegio…  Con ella todo fue siempre asimétrico.
¡Ah, pero qué cosas tiene la vida!  Hace un par de meses un maripepino que se hace llamar “El cabro macabro”, tico radicado en Miami, fue objeto de un artículo de CINCO PÁGINAS en La Nación, con una foto de página entera.  Un tipejo despreciable, un ícono de todos los anti-valores, anti-ejemplos, anti-modelos posibles, homenajeado por La Nación, el periódico que alguna vez fue el portavoz de la intelligentsia costarricense, con CINCO PÁGINAS….  Esta infame publicación generó mucha indignación en  nuestro medio.  Más de la que ustedes creen.  Y es así como un tipo que se hace llamar El Cabro Macabro y cuya profesión es ser maripepino merece CINCO PÁGINAS de la Revista de Víctor Fernández, y yo, escritor y pianista distinguido, académico laureado, reconocido internacionalmente, no soy merecedor de una humilde gacetilla por mi doctorado.  Y a todo esto, vuelvo con mi estribillo: TRABAJANDO GRATIS PARA EL PERIÓDICO (los textos de Página Quince me eran pagados a 10 000 colones por texto, pero me salía más caro pagarle a mi contador que retirar los dineros, así que no hice un cinco con este rubro.  Ancora (que consumía una enorme cantidad de tiempo) y la columna de deportes fueron cosas que hice de manera absolutamente gratuita.
Siento que mi talento no ha sido justipreciado.
Siento que se me han faltado al respeto como escritor, como creador.
Siento que me han minusvalorado.
Siento que nadie, en este periódico, tiene exacta noción de lo que yo valgo.
Siento que he sido demasiado generoso con una institución que es obviamente ingrata, que trata a la gente asimétricamente, de manera no equitativa.
Siento que en este periódico no le importo a nadie.
Siento que han pisoteado mi dignidad de escritor.
Siento que han pasado por encima de mi autoridad como editor de Ancora.
Les añado, distinguidos señores, que no soy el único en pensar así.  Óscar Arias ha tenido que soportar, mortificado, las arbitrariedades y abusos de poder de la señora Mora.  También lo han padecido Gutiérrez Saxe, Victor Valembois, Santiago Manzanal (que por eso ya no escribe en la Página Quince, siendo una magnífica pluma).  Lo ha padecido el mismísimo Eduardo Ulibarri, que se quejó muy enérgicamente por el manoseo de sus textos.  Pero, ¡oh prodigio! Ahí Armando sí corrió a la velocidad de la luz para ordenarle a la señora Mora que no le tocara una coma a los textos de Ulibarri.  ¿Vale más el señor Ulibarri que yo?  ¿Es el Übermensch de Nietszche?  ¿Por qué tal oficiosidad y obsequiosidad con el señor Ulibarri, y yo no merezco siquiera un acuse de recibo por parte del señor director?  Por cierto, siento un gran afecto por el señor Ulibarri.  Trabajé bajo su égida, y fue un gran placer.  Yo he sobrevivido a seis directores, y con todos tuve estupendas relaciones.  Y las hubiera tenido también con Armando, pero él no juzgó (y de ello infiero el pobre concepto que debe tener de mí) que yo mereciese que él moviera el dedo.  Sí, el dedo de que ya les hablé: ¡era tan fácil!  Bastaba con decirle a la señora Mora: “no te metás con los textos de Jacques, salvo por errores muy obvios en fechas u ortografía” (nunca me opuse a esas correcciones, antes bien, siempre las agradecí profundamente).  Pero eso es una cosa, y que le desmiembren a uno un texto es algo muy diferente.
Y fue por esta razón que no tuve (era, literalmente, un asunto de vida o muerte) más remedio que retirarme de La Nación.  Es triste, muy triste… gente que ve excelencia donde no la hay, y gente que no la reconoce cuando la tiene al lado.
No cierro la puerta a doble llave, no erijo una muralla de granito entre La Nación y yo.  Si Dios me da vida, volveré a La Nación, pero no lo haré hasta que a ella vuelvan el respeto, la cortesía y la dignidad.  Ni un día antes.
¿Para qué haberles escrito esta larga carta?  Para dejar mi testimonio de las cosas que he vivido en el periódico durante los últimos años.  Un testimonio vivencial es una cosa muy importante.  A propósito de lo cual, quiero decir que Antonio Alfaro es un verdadero príncipe: el único editor que me ha tratado con deferencia, con afecto, con respeto.  Si en alguna ocasión ha tenido que corregirme algo, siempre me lo consulta, y sus correcciones suelen ser perfectamente aceptables.  No sostiene, como la señora Mora, que ella “no está en la obligación de explicarle, notificarle o pedirle permiso a ningún colaborador por los cambios que quiera hacer en un texto”.  Esa es una actitud deplorable, inaceptable, el tipo de conducta que da “vergüenza ajena”.
Conjeturo, queridos amigos, que todo lo que les he dicho les importará muy poco a los directivos de La Nación.  Conjeturo que no moverán un dedo.  Conjeturo que ni siquiera me van a responder.  Conjeturo que probablemente ni siquiera terminarán de leer mi carta.  Conjeturo que tienen asuntos mil veces más perentorios que tratar.  Sí, convengo en que es mil veces más importante mantener el buque de La Nación a flote que todo lo que yo narro aquí.  Y sin embargo, esta narración también tiene su importancia: es la sintomatología psicológica de un grupo humano donde las cosas no andan bien, donde hay egos hipertróficos que se han enfermado y le hacen daño a la empresa, donde no se le da su lugar a la gente que quiere colaborar y que le puede dar clase, categoría, brillo, y un poquito de altura intelectual al periódico.
Si yo estuviese en el lugar de los directivos, le pondría atención a esta carta: expresa el sentir de mucha gente.  La Nación no sólo está muriendo financieramente: está muriendo de plebeyismo, de encanallamiento, de chusquería, de charralería, de pachuquería, de frivolidad, de pasarelas y modelitos de la farándula.  Otrora La Nación tenía una sección de cultura: eran dos páginas, pero eso era mejor que nada.  Hoy todo lo que era cultura se lo tragó VIVA, y se presenta como “entretenimiento”.  Pero sucede, señores, que la cultura no es mero “entretenimiento” (aunque convengo: la cultura debe ser entretenida).  “Entretenimiento” puede ser sacarse mocos, o ver pornografía, o resolver sopas de letras… eso no tiene nada que ver con la cultura.  Y es una pena, porque la cultura (esa que yo siempre defendí y promoví) era la “reserva de biosfera” intelectual y espiritual del periódico.  VIVA es un monumento al farandulismo cuartomundista, con veleidades de Televisa San Ángel, ya de suyo, mala copia de Hollywood.  La cultura es inmensamente rentable, para el país y para cualquier periódico que la promueva.  Costa Rica invierte un 1% de su presupuesto en cultura, y esta le reditúa casi un 4%.   Examinen los casos de Brasil y Los Estados Unidos: los resultados son sorprendentes.
Yo pienso generar una revista cultural semanal en los próximos días, y seguir escribiendo en ella.  Se llamará “Vislumbres”.  Nada me va a detener.  Para mí escribir es más que una profesión; es, en el sentido más literal de la palabra, una estrategia de vida, algo que hago para no morirme.  Otro tanto diría de la música.  Recuerdo haberle contado a la señora Mora estas cosas, en más de una ocasión… pero eso no impidió que siguiese maltratando mis textos y tirándome el teléfono (tengo pruebas de ambas cosas, por cierto).
Gracias por la atención prestada a esta micro novela (Unamuno la hubiera llamado “Nivola”), y gracias por haberme tenido a bordo durante treinta y tres años.  Si me voy, es porque no me siento acogido, ni respetado, ni tratado con la dignidad que estoy seguro de merecer.  Adjunto a esta carta mi currículum vitae.
Una última reminiscencia: yo aprendí a leer en La Nación (mucho antes de entrar a la escuela) no en el Paco y Lola.  Vean a qué punto mi vida está trenzada al periódico, y el cariño que le tengo.
Agradeceré infinitamente, estimados amigos, que divulguen este texto entre sus conexiones, si les parece que tenga algún valor o importancia para el país.
Por favor, reciban el testimonio de mis más altas consideraciones.

Acerca del autor

  • Doctor en artes musicales en Rice University, Houston.  Tesis: “Gyorgy Sándor y el legado de Bartók y Kodály”, escrita en inglés (de pronta publicación en los Estados Unidos).
  • Doctor en estudios culturales franceses, también por Rice University.  Tesis: “La sonoridad como matriz semiótica de significado en la poesía simbolista francesa”, escrita en francés (de pronta publicación en los Estados Unidos).  El documento fue preparado bajo la dirección de Jean-Joseph Goux -el más importante filósofo francés de la actualidad- y Philip Wood, alumno de Jean-Paul Sartre.
  • Doctor Honoris Causa de la Alliance Morocco Mexicain Culture, Art, Humanity and Peace, conferido “por altos méritos por la paz mundial a través de la ciencia, la tecnología, la educación, las bellas artes y la cultura para la sana convivencia entre las naciones”.
  • Premio Internacional Sana Convivencia entre las Naciones por la Paz, respaldado por la ONU, la UNESCO, UNICEF, el Reino de Marruecos, Mil Mentes por México, Le Cercle Universel des Ambassadeurs pour la Paix de France et la Suisse, la Universidad de Salamanca y la Universidad de Querétaro.
  • Embajador de Costa Rica ante la UNESCO durante el período 2008-2014.
  • Caballero del Orden de las Artes y las Letras, condecoración conferida por el ministro de educación de Francia, Frédéric Mitterand.
  • Ganador de la Young Soloists Competition en Arizona State University y en Rice University.
  • Premio Herbert Russalem en interpretación pianística.
  • Premio al mejor intérprete en Arizona State University.
  • Premio Fergusson al mejor estudiante en Rice University.
  • Premio de la Alianza Francesa de Houston al mejor ensayo literario.
  • Premio Nacional de música 1996.
  • Premio Nacional de cuento 2001.
  • Premio Nacional de música 2009.
  • Premio Joaquín García Monge a la divulgación cultural 2009.
  • Se ha presentado en Europa (Francia, España, Italia, Bélgica, Luxemburgo, República Checa, Rumania, Bulgaria); los Estados Unidos (Nueva York, Washington, Los Ángeles, Houston, Dallas, Phoenix, Flagstaff, San Antonio, Tucson, San Diego); México (Distrito Federal, Cuernavaca, Toluca); toda Centro América, Sur América (Colombia, Uruguay, Chile) y en Japón, recibiendo siempre los más encomiásticos comentarios críticos.  Después de sus recitales en la Sala de las Américas y el Kennedy Center, el Washington Post consignó: “Ginastera fue una delicia rítmica… En Funerales y la Sexta Rapsodia Húngara de Liszt, Sagot ganó con absoluta holgura la batalla con las octavas… Las Variaciones Serias de Mendelssohn fueron interpretadas con un gusto y una solvencia que nos hacen suponer una larga familiaridad del pianista con la obra”.  Sus ejecuciones de los grandes conciertos del repertorio estándar han recibido la más entusiasta acogida del público en Europa y los Estados Unidos.  Es el solista costarricense que más veces se ha presentado con la Orquesta Sinfónica Nacional, acompañándola en varias giras al exterior.  Abrió y cerró la temporada de centenario del Teatro Nacional como solista con esta institución, en 1997.
Entre sus honores se cuenta  haber compartido el escenario con el legendario Gyorgy Sándor -el más prominente alumno de Bartók y Kodály- en recitales a dos pianos.
Sus series de charlas-recitales, espectáculos didáctico-musicales, han causado sensación en América y Europa.
La discografía de Sagot incluye cinco discos compactos cuyo repertorio va de Mozart a Ginastera.
Ha tenido el honor de tocar para Mijail Gorbachov, Eduard Shevarnadze, George Bush sr., Bill Clinton, Gabriel García Márquez, Julio María Sanguinetti, el Dalai Lama y prácticamente todos los presidentes latinoamericanos.
Es el único artista latinoamericano que ha sido invitado al famoso festival de Plovdiv, Bulgaria.
Al margen de su apretada agenda de conciertos, el pianista se ha distinguido en su país natal como productor de programas televisivos (El mundo de la música) y radiofónicos (Música y palabras, Entre rimas y arpegios, Diccionario musical).
Entre su obra literaria podemos mencionar los siguientes títulos:
    • Cuentos Mágicos y Góticos (1998)
    • Cuentos de Plenilunio -Premio Nacional de Cuento 2001-,
    • Ella (2003)
    • Siempre Ella (2008)
    • Las muertes que muero (2005)
    • El gozo de la música (2009)
    • Pensamiento en Forja I, II y III (2003)
    • ¿Quién es Enrique? (2009)
    • Déjame morir (2011)
    • Lo que amo (2013)
    • Ella, mi mejor yo (2013)
    • Viviana Gallardo fue mi amiga (2020)
    • Ebrio de belleza y pensamiento: una paráfrasis sobre la novela de Alí Víquez “El fuego cuando te quema” (2018)
    • Óscar Arias, o el arte de cazar cometas (2018).
Es autor de las notas al programa de los conciertos de temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional desde 1987.
En 2005 tradujo del español al inglés y prologó Intimate Frida, la más reciente y autorizada biografía de Frida Kahlo, edición críticamente celebrada en Los Estados Unidos.
Sagot es autor de unos 1 500 artículos divulgativos y de opinión, publicados en la Página Quince, la sección Tinta Fresca de la Revista Proa, el suplemento Áncora y Al Día, todos asociados al periódico La Nación.  Desde abril de 2020 es director del suplemento Áncora.
Jacques Sagot habla y escribe fluidamente en español, francés, inglés y portugués.
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