Jacques Sagot: Color de eternidad

Escribir un libro de memorias es siempre ir, como Marcel Proust, “en busca del tiempo perdido”.  Es hurgar en esa vasta galería, en ese museo íntimo del dolor y la alegría que todos llevamos dentro, para decantar sobre el papel un puñado de imágenes imborrables.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Dos son las condiciones indispensables en todo escritor que se atreva a abordar esa peculiarísima forma literaria llamada “memorias”.  La primera es, por supuesto, haber vivido.  La segunda, saber narrar esa vasta peripecia vital en la que el autor se convierte en protagonista de su propia novela.  ¿Reúne el autor del presente libro ambos requisitos? Veamos.

De Guido Sáenz puede decirse todo lo que se quiera, menos que no haya vivido.  Estamos aquí en presencia de quien fue un verdadero goloso, un adicto a la vida.  Porque una cosa es existir, y otra muy diferente vivir.  Los minerales existen, pero no viven, porque el vivir es lo propio del hombre, y hombres los hay que son auténticos fanáticos del vivir.  Guido Sáenz no vivió su vida: le hizo el amor, la devoró y arrebató hasta dejarla exhausta.  Hada madrina o madrastra, princesa o Gorgona, amante o Segua, la vida es la vida, y nuestro autor no le niega nunca ese halago que se le debe, por principio, a toda mujer.

Guido Sáenz publicó, en enero de 2001, un libro de memorias titulado Piedra Azul.  Es el nombre de su propiedad, allá en Escazú.  Bellísimo terreno y bellísima casa.  Él solía referirse a este pequeño paraíso como “el Parque Nacional Guido Sáenz”.  Sírvanos este dato para tocar un punto frecuentemente mal interpretado en la vida de Guido: sus desplantes de egotismo no eran, la mayoría de las veces, otra cosa que fuegos de artificio humorísticos, maneras de reír de sí mismo, de la vida, del destino.  Es un aspecto de su personalidad que conviene revisar y reinterpretar.  El título Piedra Azul debía tomarse -me decía él- como el equivalente del Rosebud de la película Citizen Kane, de Orson Welles, un objeto misterioso, pequeño y entrañable, asociado desde la infancia a la vida de un hombre.

Así, pues, decir que Guido Sáenz cumple con la primera condición estipulada para todo memorialista que se respete, es quedarse cortísimo en el uso de las palabras.  Antes bien, a Guido se le va la mano; se prodiga en todas direcciones con esa intransigente intensidad, con ese superávit de calorías emocionales que pareciera constituir la tonalidad misma de su vida.  Incurre una y otra vez en el pecado de la hybris, esa afrenta que los dioses de la antigua Grecia castigaban con inexorable severidad.  ¿Tuvo Guido Sáenz que vérselas con tan inmisericordes deidades?  ¿Padeció quizás a su manera el tormento infligido a todos los grandes excesivos en la historia del mundo?  Él lo habrá sabido.  Yo ni lo sé, ni desentrañarlo quisiera.  En el alma de todo hombre hay un estrato que subyace en el misterio, y es ahí donde debemos dejarlo: intacto, inviolado.

Pero si las memorias de Guido Sáenz constituyen una cantera inagotable de vivencias, queda por verificar nuestra segunda condición: la eficacia de ese cincel narrativo y estilístico capaz de hacer brotar la forma del seno de la piedra bruta.  Y es ahí donde San Agustín, Rousseau, Berlioz, Amiel, Proust y Neruda -por mencionar tan solo a seis de los más señeros cultores del género que aquí nos ocupa- se diferencian de esas vedettes que día tras día nos recetan, sin provocación alguna, la nimiedad de sus genéricas viditas de farándula.

Quien quiera narrarse a sí mismo tendrá que asomarse al estanque de Narciso.  Admitámoslo de una vez: todo libro de memorias obedece, en esencia, a un impulso autocontemplativo de índole narcisista, pero no por ello mórbido o mezquino (el compartirse a sí mismo con los demás, ¿no es, después de todo, el más puro acto de generosidad de que un hombre es capaz?)  Quien conoce la naturaleza humana comprenderá que no hay en ello contradicción alguna.  Pienso en la lúcida reflexión de Rimbaud: “yo es siempre otro”, y en ese inevitable proceso de desdoblamiento que frisa con la esquizofrenia, pero sin el cual el escritor no puede tomar la distancia sicológica imprescindible para poder narrarse a sí mismo.

Escribir un libro de memorias es siempre ir, como Marcel Proust, “en busca del tiempo perdido”.  Es hurgar en esa vasta galería, en ese museo íntimo del dolor y la alegría que todos llevamos dentro, para decantar sobre el papel un puñado de imágenes imborrables.  Es inmovilizarlas en el tiempo, conferirles el color de la eternidad, encadenar el ayer a un perpetuo hoy, fijarlo de una vez por todas en el lienzo del ahora y del aquí.  Si el novelista extrae de sí mismo esas prolongaciones, esas metástasis de su propio ser que son sus personajes -el movimiento creativo es aquí de naturaleza centrífuga-, el memorialista opera en cambio de manera inversa.  En lugar de disgregarse en una multitud de figuras, se reconstruye a sí mismo, crea la síntesis de su existencia, lo amarra todo a ese eje gravitacional que es su propia vida: es un movimiento centrípeto e integrador el que rige su gestión literaria.

Faena temible, en verdad, pues ¿qué puede haber más difícil que interpretar la caótica partitura de nuestra propia vida, conferirle un significado, descubrir en ella ese centro tonal oculto bajo mil disonancias y desconcertantes “modulaciones”?  Lo más notable es que, en ese vertiginoso largometraje que es la vida de Guido Sáenz, los actores “de reparto” no se limitan nunca a ser meras comparsas, “extras” anónimos como esos que pululan en las películas de Cecil B. de Mille.  El protagonista sabe eclipsarse durante largos tramos de la narración, para dejarlos emerger con toda su autonomía y plenitud vitales.  Guido Sáenz les concede un tiempo de palabra tan generoso, que el libro trasciende la mera reminiscencia personal para convertirse en documento, en crónica histórica, en un pedazo palpitante de la vida patria, con todo su bagaje de personajes entrañables y de grandes creadores.

No podía ser de otra manera, cuando la vida del narrador está tan inextricablemente ligada a la historia de su país, y cuando él mismo resulta ser, en buena medida, demiurgo y modelador de esa cultura en la cual se encuentra, a su vez, inmerso.  José Marín Cañas, Quico Quirós, don Pepe Figueres, Guido Fernández, Luisa González, Paco Amighetti, Margarita Bertheau, Eunice Odio, Yolanda Oreamuno…  Guido Sáenz no los consigna, no los describe ni evoca.  Hace mucho más que eso: los vuelve a la vida.  Les dice: “levántense y anden”.  Y desde el fondo de los años, decantándose poco a poco sobre ese incierto entreluz, sobre ese limbo crepuscular que llamamos pasado, los vemos venir hacia nosotros, sonrientes, graves, dolientes o agradecidos. Escuchamos el color de sus voces, palpamos la textura de sus almas, nos rozan, nos habitan, y si aguzamos los oídos podemos hasta captar un susurro indescifrable que se lleva la noche y se disuelve en el silencio.  Esto, señores, no es “evocar”: es un acto de taumaturgia literaria, un auténtico fenómeno de resurrección.

Sí, algo hay mágico e inexplicable en estas memorias que son, a un tiempo, documento histórico, novela de suspenso, drama multitudinario, afirmación de fe, desgarrada confesión, evaluación retrospectiva y a veces, incluso, acto de contrición.  El libro es un pedazo de vida resollante y estremecido.  Se agitará en las manos del lector con vida propia, lo conmocionará, lo asustará quizás.  No es un mero ejercicio literario: es una víscera palpitante, una enorme radiografía del alma humana, un corazón puesto al desnudo y abierto por igual a los dardos y a las flores.  Como tal debemos tomarlo: todo lo demás sería desvirtuarlo.

Leer sin pasión, sin beligerancia y sin ferocidad algo que fue escrito con toda la pasión, la beligerancia y la ferocidad del mundo, es traicionar el texto, cortarle las alas, negarse a acudir a ese rendez-vous al que el autor nos ha convocado.  Guido Sáenz ha cumplido ya plenamente con su parte en esa misteriosa cópula espiritual que, a través de la obra literaria, aúna al escritor y su lector en profundo, metafísico abrazo.  Nos corresponde ahora a nosotros comparecer a la cita con manos, intelecto y corazón abiertos.

Recuerden, amigos: Piedra Azul.  Los hipnotizará, los apasionará, los hará aprender mil anécdotas y hechos trenzados a la gran urdimbre de nuestra historia patria.  Del inmensurable legado cultural y humano de Guido Sáenz, este es uno de sus puntos cimeros.  Adquieran el libro, y zambúllanse en él.  Como nunca, creo en este caso estarles dando un buen, un magnífico consejo.  Ya me contarán cómo les fue con la lectura.

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