Jacques Sagot: Diez razones para amarlas

Si los ojos, la boca y los senos son entes autónomos y completos en si mismos, las piernas son en cambio tránsito, promesa y atisbo de paraísos apenas insinuados… o para usar la terminología a, potencia más bien que acto.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Porque sus cuerpos son como catedrales, misteriosos y umbríos, llenos de reductos secretos y rincones en sombra.

Porque aún en la menos donosa de ellas se advierte la actitud y el porte de una reina, y yo, trémulo y vacilante, en su presencia me siento como un pobre saltimbanqui, como el bufón real abocado a la única tarea de cantar sus gracias y hacerlas reír.

Por el milagro de las piernas, pilares más portentosos que la secuoya y más gráciles que la palma. Si los ojos, la boca y los senos son entes autónomos y completos en si mismos, las piernas son en cambio tránsito, promesa y atisbo de paraísos apenas insinuados… o para usar la terminología a, potencia más bien que acto.

Porque hay en ellas ritmo, cadencia, armonía y movimiento, es decir, todo cuanto suele trastornar el débil e intoxicable corazón de un músico.

Porque la huella del hombre sobre su piel desaparece con la inexorabilidad con que se esfuma el rastro de la serpiente en la arena del desierto. Entonces nos desesperamos, y ensayamos en sus cuerpos mil proezas, con el único afán de que no decreten nuestra muerte virtual a través del olvido.

Porque nunca pude estar en su presencia sin sentirme sobrecogido por la proximidad de algo abismal, telúrico, vertiginoso, como el magma que ruge en las entrañas de la tierra o el légamo de las profundidades oceánicas.

Porque cuando creíamos haber ya levantado uno a uno los velos en que arrebujan su corazón de crisálidas, descubrimos un repliegue aún y siempre vedado a nuestra insaciable sed de conocimiento.

Porque son ausencia aún en la presencia, y conocen el arte de evanescer justo cuando se enardece el enjambre furioso de los deseos sin fin.

Porque son incomprensibles como la vida misma, insondables como los espacios constelados, indescifrable s como la esfinge; porque son esencial, ontológica, fatalmente diferentes de nosotros, sus devotos pero inhábiles exégetas.

Por eso tengo que amarlas, y es esta la más dulce maldición que sobre hombre alguno haya jamás recaído. Su desdén me divierte y enternece. Quizás lo hacen para que las cante y celebre mejor, porque saben que si me hicieran el don de sí mismas me perderían para siempre como trovador (tal es por lo menos la hipótesis menos nociva para mi ego varonil). En este mundo se puede ser Cyrano o Christian, pero no ambas cosas. No por lo menos con la misma mujer. Mala cosa sería que el poeta oficial de la corte intentara usurpar en el corazón de la dama el lugar reservado a su caballero dilecto. Uno está para hacerle versos… el otro para hacerle el amor. Cuál de los dos posea en última instancia su esencia de mujer, es cosa menos evidente de lo que podría creerse. Acaso ninguno de los dos. Acaso todos somos peregrinos en pos de la misma quimera. Acaso hay cosas en la vida que están ahí para ir hacia, y no para llegar a ellas.


La Nación, mayo de 1997.

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