Jacques Sagot: Dos palabras para el Mundo

Gracias y perdón. . . y el futuro del mundo entero que se balancea precariamente al filo de estas dos simples, irreductibles palabras.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Decía Barthes que el ser humano vivía en una logosfera, es decir, en un universo hecho de palabras. Cada una de ellas tiene su textura, su color, su aroma, su sedimentación milenaria de significaciones que se van superponiendo, a la manera de los antiguos palimpsestos. Todas son singulares e insustituibles, como lo es cada hombre o mujer sobre la faz del planeta.

Pero hay dos de ellas que parecieran condensar todo cuanto es esencial para contemplar siquiera la posibilidad de ima existencia humana pasablemente armónica. Son palabras mágicas al tiempo que sagradas, si alguna vez las hubo: el lubricante imprescindible de la sociabilidad, el aceite que le permite al complejo engranaje de la interacción humana funcionar sin chirridos ni cortocircuitos. La primera de ellas es perdón. La segunda es gracias. Sin capacidad de perdonar y sin vocación de gratitud, la vida en sociedad es absolutamente impensable.

Perdonar no es otra cosa que comprender. Eso es todo. No es el producto de esa natural inclinación hacia la bondad que postulara Rousseau. Es un acto eminentemente intelectivo.
Perdonar significa comprender las razones -legítimas o no- que motivaran la ofensa del agresor. No se trata de justificarlo, porque justificar quiere decir declarar algo justo y correcto. Se trata, antes bien, de entender la coyuntura vital -las limitaciones, la rabia, el rencor, los condicionantes personales y sociales, los demonios íntimos- que hacen que un ser humano opte por la agresión. No podemos guardar rencor contra quien no hizo sino actuar desde su limitación, desde su ceguera, desde su ignorancia u ofuscación. Resulta imperativo entender que, dentro de una situación particular y en un momento dado, el agresor no tiene realmente otra opción que la de agredir. El “yo pude haberlo evitado» del agresor contrito no es más que una ilusión retrospectiva: no, no podía evitarlo, porque de ser así evidentemente lo hubiese hecho. Todo j propósito de enmienda queda para después.

El perdón es, por consiguiente, un ejercicio ético que requiere un grado superlativo de inteligencia transpersonal. No es la prerrogativa exclusiva de Dios, es una especie de gimnasia moral, de
experiencia transmígratoria: ponerse en el lugar del agresor y tratar; por difícil que esto resulte, de entender lo que le impidió actuar con lucidez en lugar de movilizar las potencias límbicas y primitivas del cerebro. Así pues, repito aquí mi ecuación: perdonar es comprender. Sin lo primero, lo segundo deviene impracticable o, en el mejor de los casos, insincero.

La segunda palabra que quiero aquí celebrar es gracias, así de simple, desprovista de todo atavío lírico o retórico. Dos sílabas constituyen la expresión más bella del mundo. Perdón y gracias son vocablos simétricos: el primero absuelve al agresor y neutraliza mediante la comprensión la ponzoña de su ofensa. El segundo rinde homenaje a un benefactor, y reconoce toda forma de ofrenda, de dación. Ambos son “imperativos categóricos” (Kant) de la criatura humana, concebida como ser esencialmente ético. Uno y otro son los pilares sobre los que reposa la noción misma de decencia. Por tal entiendo aquí el respeto profundo por la integridad humana del otro, no ese fanático código de la gazmoñería y el puritanismo sexual a que la moral burguesa ha reducida toda forma de ética y de honorabilidad.

Estamos en la vida para recibir coces tanto como caricias. No perdonar las primeras es tan reprensible como no agradecer las segundas. Quien camina una sola legua animado por el rencor avanza, amortajado, hacia su propio entierro. El hombre o la mujer bien ejercitados en al arte del perdón, fortalecen con cada uno de sus actos ese vínculo ético entre los seres humanos que es, al decir de Lévinas, el fundamento de toda ciencia, de toda metafísica, de toda teología.

Gracias y perdón. . . y el futuro del mundo entero que se balancea precariamente al filo de estas dos simples, irreductibles palabras.

La Nación, «Página Quince”, agosto de 2004.

 

 


 

 

 

 

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