Jacques Sagot: El canario asesinado

Tal parece que el trono que dejamos vacante se niega a acoger nuestros diosecitos de turno, y que el Soberano guillotinado nos hace, hoy en día, más falta que nunca. Tal vez más hubiera valido dejar al canario cantar sus trinos -tan lindos, tan simples-, y no pretender que, por medio de él, se manifestara a sangre y fuego la inimaginable voz de la divinidad.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

«Edición especial sobre el sexo para este domingo» -me advierte mi amiga Larissa en su ultimo comunicado. Pues bien, he aquí lo que este pianista con veleidades de sexólogo puede decir sobre el tema en cuestión: yo tenía un canario cuyos trinos y gorjeos eran la delicia de todo el vecindario. Un mal día se me ocurrió que a fuerza de hacerlo escuchar La Traviata -tenía yo nueve años, así que no me juzguen con demasiada severidad- lograría quizás hacerlo cantar como la Callas. El pajarito no solo no llegó nunca a desarrollar los atributos vocales necesarios para interpretar el papel de la célebre heroína, sino que a los pocos días murió de tedio, abrumado sin duda por los paroxismos emocionales de Verdi. ¿Y qué tiene que ver mi infortunada mascota de infancia con el tórrido tema propuesto por mi editora? -comenzarán ustedes a preguntarse, con legítima inquietud-. Ya mismo se los digo.

El sexo es un canario al que el mundo está empeñado en conferir la magia sonora del ruiseñor, la pujanza del águila, el misterio del quetzal, y la mítica fascinación del arqueópterix. Y claro está, lo único que podía suceder es que la pobre criatura reventara, y que nosotros, lanzados en la espiral del desencanto, tuviéramos que partir en busca de un nuevo paraíso. El problema no radica en la experiencia sexual per se, sino en la formidable expectativa que en ella hemos depositado. El sexo no es un tema como cualquier otro: es, antes bien, lo que Foucault llamaría un «generador de discursividad», el objeto de un proceso de inflación crítica sin precedentes en la historia del mundo. Sicoanálisis, antropología, lingüística, fisiología, dietética, cosmética, biogenética… No solo hemos matado al canarito, sino que ya no queda en él una molécula que no haya sido sometida a la disección.

Esa proliferación discursiva desenfrenada en torno al sexo -rasgo característico de la modernidad- debería levantar en nosotros una suspicacia fundamental: ¿no estaremos buscando en el sexo un sucedáneo de algo perdido, olvidado quizás? ¿No estaremos operando un desplazamiento de valores, esto es, obligando al sexo a asumir el lugar de algo que se nos murió? ¡Abrumadora embajada, para el pobre pajarito! ¿Debe sorprendernos acaso el que no responda a tan exorbitantes expectativas?

Porque lo que le pedimos al sexo no es mero placer. Es ni más ni menos que una vivencia totalizadora, mística, trascendental, la «ruptura del velo de Maya” que soñara Nietzsche; en suma, una epifanía, una revelación de lo divino, la prueba misma de nuestra unidad con el cosmos. ¿Les parece poco Decapitamos a Dios, y no hacemos desde entonces otra cosa que tratar de restituirlo a su trono bajo nombres y máscaras diversas. El arte por el arte, la revolución social, el amor romántico, las drogas, el sexo… otras tantas formas delo sacro, cada una de ellas erigida sucesivamente en objeto de fanática devoción.

Exigimos del sexo una forma de éxtasis místico, el Iapis phílosopharum, el oro espiritual de los antiguos alquimistas. Con menos que eso nos declaramos frustrados, y como Julien Sorel después de hacer el amor a su codiciada musa, nos preguntamos, entre atónitos y decepcionados: ”¿eso era todo?» Francamente, era mucho esperar de un espasmo eyaculatorio o vaginal, por gratificante que fuera, ¿no creen ustedes?

Tal parece que el trono que dejamos vacante se niega a acoger nuestros diosecitos de turno, y que el Soberano guillotinado nos hace, hoy en día, más falta que nunca. Tal vez más hubiera valido dejar al canario cantar sus trinos -tan lindos, tan simples-, y no pretender que, por medio de él, se manifestara a sangre y fuego la inimaginable voz de la divinidad.

La Nación, «Tinta Fresca”, junio de 2003.

 

 


 

 

 

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