Jacques Sagot: El hombre en busca de significados

El amor es un hontanar de significado puro y vivificador. En él abreva el hombre sediento de fe y de sentido existencial. Es el gran exorcismo contra el fantasma del absurdo, contra el vértigo de lo efímero y lo contingente.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

El hombre es creador de significados. Lo es por vocación profunda y esencial. La necesidad de dotar a la realidad de significado es uno de los rasgos definitorios del ser humano. Denle al hombre el dolor y sabrá sobrellevarlo. Despójenlo por el contrario, de la fe, y le estarán dando la muerte. Los peores tormentos físicos y emocionales no son nada comparados con el sentimiento de orfandad espiritual que nos acomete al resquebrajarse nuestra fe en el significado último de la existencia. Viktor Frankl, representante señero del sicoanálisis existencial, sostiene que el hombre confiere significado a su vida a través de tres procesos espirituales: la confrontación de un conflicto, la creatividad, y el amor. De las tres tuvo Frankl íntimo conocimiento. Sus años de reclusión en Auschwitz, y la masacre de su familia a manos de los nazis, le proporcionaron la materia prima vivencial de su  extraordinaria doctrina sicológica.

Consideremos cada una de sus propuestas.  La confrontación de un conflicto ubica al hombre en el eje mismo de su propio ser, y le obliga a explorar esas reservas de energía físicas y morales de las cuales ni siquiera él mismo tiene plena conciencia. El hombre que se niega a empuñar su propio dolor escamotea la posibilidad de otorgar sentido profundo a su vida. Padecer el dolor no es, a buen seguro, cosa placentera, pero mientras intentemos superarlo, nuestras carabelas no carecerán de norte y timonel. Para vivir plenamente hay que estar dispuesto a sufrir plenamente. Plenitud de vida, plenitud de dolor: en el fondo, la misma cosa. Únicamente los pusilánimes le zafan el bulto al sufrimiento, en esas horas en que nuestro puntual visitante llega a tocar a la puerta, y exige ser recibido en el sanctasanctórum de nuestros corazones.

Y al hablar de «la confrontación de un conflicto», no se refiere Frankl tan sólo al infierno de los campos de concentración nazis. El dolor es multiforme e infinitamente diverso. Todos llevamos un pequeño Auschwitz en el más recóndito rincón de nuestras almas. Ya lo dice la expresión vernácula costarricense: «la procesión va por dentro». Lo importante es aprender a usufructuar del dolor, derivar de éste el invaluable dividendo existencial que puede proporcionamos. Todo calvario diviniza, todo sufrimiento enaltece. El hacer del dolor una fuente de significado en lugar de un estéril tormento es una de las grandes prerrogativas del ser humano.

Frankl ve en la actividad creadora la segunda respuesta a la sed de significado que aqueja al hombre contemporáneo. La vida del creador podrá ser tan borrascosa como se quiera en el plano de las peripecias biográficas, pero no será nunca una existencia vacua o infecunda. Rara vez padece el creador de ese sentimiento de intemperie metafísica que atenaza al hombre cuya vida carece de sentido y de propósito. Mientras contemplaba retrospectivamente el extraordinario cuento que había sido su vida, Andersen declaraba, en el umbral mismo de la muerte: «aun cuando un hada bienhechora me hubiera bendecido con el sortilegio de la felicidad perfecta, mi vida no hubiera podido ser más maravillosa de lo que en realidad ha sido». Y estamos hablando de un artista que como pocos padeció la miseria, la soledad y el rechazo. ¿Cuál era su secreto? El mismo que llevó a Frankl a aferrarse a la vida durante sus tres años de cautiverio en el infierno de Auschwitz: la voluntad de creación, el deseo de legar al mundo un pedazo de su corazón inconmensurable, una obra que fuera algo así como una metástasis de su propio ser.

El amor es un hontanar de significado puro y vivificador. En él abreva el hombre sediento de fe y de sentido existencial. Es el gran exorcismo contra el fantasma del absurdo, contra el vértigo de lo efímero y lo contingente. No sólo el amor que recibimos, sino también -o quizás sobre todo- el que seamos capaces de prodigar, conferirá significado pleno a nuestras vidas. He aquí algo que Frankl comprendió con singular lucidez: su vida entera no es otra cosa que un ininterrumpido acto de amor. Mil veces pudo dejarse morir a manos de sus verdugos, pero el amor le ponía nuevamente en pie, le devolvía escudo y lanza, y le hacía seguir adelante.

Por supuesto, no faltarán quienes digan que la vida no necesita de significado para ser disfrutada, y que aun cuando no fuera otra cosa que «un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia que nada significa» (Shakespeare), aun así merecería la pena ser vivida. Esa noche lance, esa olímpica indiferencia ante la posibilidad del absurdo existencial me parece no ser más que una fanfarronada. Celebrar lo absurdo, entonar un himno a la contingencia y la gratuidad de toda experiencia humana, en suma, hacer de la desesperanza horizonte y condición de posibilidad de la libertad -y tal es precisamente la prédica del Sísifo d e Camus- resulta por completo ajeno a mi sensibilidad vital.

A la luz de las reflexiones de Frankl, creo que la vida no estará nunca ayuna de sentido para el hombre que sufre, ama y crea. Claro que la felicidad es el fin último de la vida, y que toda criatura normal debe de propender a ella, pero no es lo mismo la verdadera felicidad que la simple contentera, y bien puede suceder que por querer aferramos a la segunda terminemos por conspirar involuntariamente contra la primera. No la compulsiva adquisición de bienes materiales, no el paraíso artificial de las drogas, no la gran mentira del placer, que promete el oasis y redobla la sed. Para descubrir el sentido inmanente a nuestras vidas basta con sufrir, amar, y liberar las potencias creadoras que en nuestro espíritu dormitan.


La Nación, «Página Quince», enero de1998.
Pensamiento en Forja escritos periodísticos [Vol. III]

 

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