Jacques Sagot: El imperio de las nalgas

Podremos quizás no ser más que primates con corbata, habitantes de un planeta insignificante, dueños de una mente que ni siquiera alcanzamos a entender, siervos más bien que amos de esa inteligencia cibernética que creamos para nuestro beneficio, pero una cosa es segura: ¡somos la criatura dotada de las más estupendas nalgas a todo lo ancho y lo largo del universo!

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Ni la ingeniería genética, ni la inteligencia artificial, ni la llegada del hombre a la luna. El siglo XX será recordado, antes bien, como el período histórico que reivindicó las nobles posaderas humanas. En efecto, después de ser objeto de escarnio e irrisión, después de padecer el anatema de la religión y la moral, después de ser considerado el emblema mismo de todo cuanto de grotesco hay en la criatura humana, el trasero se ha convertido, por fin, en motivo de loas y panegíricos en el mundo entero. Las nalgas son de pronto objeto de culto, de pagana veneración. En cualquier dirección en que miremos -pancartas publicitarias, periódicos, revistas, cine, televisión, Internet-, nos topamos hoy en día con estas mellizas y simétricas entidades, a buen seguro los personajes más fotogénicos de nuestra era.

La primera consecuencia de este fenómeno es que el verdadero talento se ha convertido de pronto en la cosa más superflua y démodée de este mundo. Cantantes, actrices y bailarinas no necesitan ya ni voz, ni talento histriónico, ni habilidad dancística: hoy en día un par de nalgas bien puestas parece ser el mot de passe para todo aquel que quiera ingresar en el Valhala de la farándula. Hollywood está lleno de chiquitas carilindas y esculturales efebos que tienen tanto talento de actores como puede exhibir una alcachofa, y sin embargo ahí andan recogiendo óscares y posando para la portada de People Magazine, únicamente en virtud de sus portentosas asentaderas (lejos están los tiempos de Lawrence Olivier y Bette Davis, donde para ser actor hacía falta mucho más que im buen nalgatorio).

La universal epidemia -y uso la palabra en su más rigurosa acepción- de los blue jeans se debe, en no poca medida, a la forma en que la mezclilla aprieta y realza el contorno de los glúteos. En las playas de California, por otra parte, se ha instituido un certamen llamado Burns of Steel («Nalgas de Acero»), donde las cunvilíneas chicas y los bronceados surfistas van a exhibir la gloria y magnificencia de sus pompis. Los miembros del jurado -todos ellos especialistas altamente calificados en la novel rama de la ”nalgología”- evalúan el trasero de los concursantes en función de su volumen, forma, textura y movimiento. Ensayos y tratados se han escrito al respecto, y no hay revista que no ofrezca estrategias dietéticas, médicas o cosméticas a fin de que nadie se prive de alcanzar el nuevo Santo Grial: un par de nalgas perfectas.

Mujeres y hombres por igual prefieren hacerse tasajear con liposucciones e implantes de silicón antes que ser señalados por su déficit de trasero, o por la asimetría de sus hemisferios. Sí, señor: no el cerebro, sino las nalgas son ahora la parte más noble y señera de la anatomía humana. Tal es la época en que vivimos, y más vale reír de nosotros mismos que negamos a reconocer la magnitud de nuestra estulticia.

Cierto que también los grandes escultores de la Grecia antigua rindieron culto a la belleza física del animal humano, pero huelga decir que la visión antropológica latente en los cuerpos de Fidias y Praxiteles dista mucho de la bobería y la frivolidad de cosas como el festival «Bikinis Calientes», o la serie televisiva «Los Guardianes de la Bahía». Para los griegos del siglo de Pericles el cuerpo humano era un símbolo, un objeto trascendente, la forma sensible en que se manifestaba el poder divino. Toda mujer bella procedía del linaje de Afrodita; todo hombre hermoso venia a perpetuar la progenie de Apolo. Para nosotros, en cambio, el cuerpo ha dejado de ser vehículo hacia lo suprahunano, para convertirse simplemente en objeto de narcisismo y de mórbida autocontemplación. Tal parece que las nalgas son el único título de gloria que nos va quedando, en ese implacable proceso de despojamiento existencial que el hombre arrostra desde hace siglos.

Alguna vez creímos que la tierra era el centro del universo. Vino un señor y nos dijo que nuestro ilustre planeta no era más que una partícula de polvo cósmico perdida en la inimaginable infinitud del universo. Alguna vez creímos ser ángeles caídos. Vino otro señor y nos colgó el gafete de monos evolucionados. Alguna vez creímos tener pleno señorío sobre nuestros procesos mentales. Vino un tercer señor y descubrió que en nuestra mente existe una caverna inaccesible aun para nosotros mismos, un abismo lleno de demonios llamado inconsciente. Alguna vez
creímos tener el monopolio universal del pensamiento lógico. Vino un cuarto señor e inventó una computadora capaz de vapulear al más grande ajedrecista de los tiempos modernos: Garry Kasparov En el irreversible naufragio de la teoría antropocéntrica, ¿qué cosa podíamos hacer, sino agarramos de lo primero que nos saliera al paso? Así, pues, nuestro lesionado orgullo de ángeles desterrados se aferra ahora de la última tabla de salvación.

Podremos quizás no ser más que primates con corbata, habitantes de un planeta insignificante, dueños de una mente que ni siquiera alcanzamos a entender, siervos más bien que amos de esa inteligencia cibernética que creamos para nuestro beneficio, pero una cosa es segura: ¡somos la criatura dotada de las más estupendas nalgas a todo lo ancho y lo largo del universo!

Dios entretanto nos observa, mueve la cabeza, sonríe enternecido, y nos deja seguir haciendo el tonto.

La Nación, «Página Quince”, noviembre de 2000.


 

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