Jacques Sagot, Pianista y escritor.

En Costa Rica cada vez que uno habla alto y claro alguien, por algún lado, sale siempre resentido.  La endémica hipersensibilidad del tico resulta aún más aguda dentro del gremio de los artistas, donde los egos y las susceptibilidades cunden y se enconan con la virulencia de la fiebre amarilla en las marismas de la selva tropical.

Lástima grande, porque hoy vengo a hablarles más alto y claro que nunca, hablarles en Do mayor y compás de cuatro por cuatro: Myriam Bustos es, en la muy inmodesta opinión de quien esto escribe, la mejor cuentista de que nuestro país puede hoy gloriarse; cuentista por vocación profunda e irrenunciable. Si no la declaro aquí mismo “abuela cuentacuentos” -a la manera de Carlos Luis Sáenz, es porque nada en su juvenil energía me hace evocar a esas venerables octogenarias que arrullaran nuestra infancia con sus idílicas fábulas, y porque “idílicas” no es precisamente el epíteto que se me viene a la cabeza para caracterizar las narraciones de Myriam Bustos.

Sí, Myriam es cuentista por antonomasia.  Parafraseando a Saint-Saëns, podría afirmarse que nuestra autora escribe cuentos como el peral produce peras: de manera natural, espontánea, inevitable. ¿Se debe ello fundamentalmente al virtuosismo estilístico de su prosa?  No.  ¿A lo insólito de las historias narradas?  Tampoco.  ¿A los fuegos de artificio de un lenguaje rutilante?  Menos aún.  La razón es mucho más simple y compleja a un tiempo: los cuentos de Myriam Bustos no son huéspedes, sino intrusos de nuestro corazón, visitantes que llegan para quedarse, invasores que se instalan en nuestra conciencia con valijas, muebles y todo, ocupándonos, trabajándonos sorda, secretamente, como ciertos venenos de acción paulatina pero inexorable.

Decía Cortázar que si las novelas nos ganan “por decisión”, los cuentos debían ganamos “por knock out”.  Aunque muchas son las narraciones de Myriam Bustos que nos tiran a la lona -y nos dejan tumbados mientras la cuenta de protección alcanza los tres dígitos-, no estoy seguro de que la metáfora boxística pue­da aplicarse a todas ellas. Algunas tienen sobre el lector un efecto de acción retardada, y no es sino hasta el día siguiente que el magullón espiritual ocasionado por su lectura comienza a dolemos.  No es que yo sea masoquista, pero debo confesar que tales son precisamente mis preferidas. Siempre he creído que las mujeres que lo enamoran a uno lenta, casi imperceptiblemente, son mucho más interesantes que las que nos subyugan con su belleza fulminante.  Disculparán mis lectores tan extravagante comparación, pero otro tanto cabe decir del cuento como género literario.  Será quizás que el cuento es mujer, y no hombre como hasta ahora se ha creído.  “Cuenta” -término por cierto acuñado hace algunos años por nuestra escritora- es acaso el nombre que mejor le sentaría.

Los cuentos -o “cuentas”- de Myriam Bustos tienen precisamente ese factor x, ese misterioso ingrediente que constituye la definición misma de lo que debe ser un buen cuento: su capacidad de pervivencia en la memoria del lector.  Por encima de toda disquisición teórica, un buen cuento es, simplemente, aquel que no se olvida, aquel que nunca nos abandona, aquel que sigue aloja­do en nuestra mente -a veces a pesar nuestro- y reemerge del limbo de la memoria periódicamente, para damos los buenos días.  Hay cuentos que, por una u otra razón, no podemos nunca dejar de evocar.  Algunos nos visitan diariamente, otros regresan semanal o mensualmente, y los hay que vuelven a nosotros cada año con la misteriosa puntualidad migratoria de ciertas aves, o la implacable regularidad de los cuerpos celestes.  “El corazón delator”, de Edgar Allan Poe, me visita al menos una vez al año desde el día en que lo leí por vez primera; “El rayo de luna”, de Gustavo Adolfo Bécquer, vuelve a mí cada quinquenio, generalmente asociado a conmociones sentimentales de naturaleza cíclica; “El gigante egoísta”, de Oscar Wilde, tiene una órbita mucho más pequeña: apenas pasa un mes sin que lo relea. Y esto, señores, es precisamente lo que distingue a un gran cuento: su poder para transformar al lector en habitué, en frecuentador de las latitudes espirituales que explora, su capacidad para abrirse un espacio en nuestra alma.

Un buen cuento es como un virus, como una larva: se infiltra en nuestras entrañas, se enquista en nuestra memoria para desde ahí seguir inficionándonos con sus efluvios, así sean benéficos o malignos.  He ahí lo único verdaderamente relevante en todo cuento: lo demás solo les interesa a esos sesudos catedráticos que se pasan la vida fraguando tratados de teoría literaria que nadie lee, que nadie consulta, que nadie necesita.  Myriam conoce el ingrediente secreto, y sabe también cómo administrárnoslo de manera que la ponzoña sea absorbida por nuestro organismo con un máximo de pureza y toxicidad.  Si le preguntáramos cuál es su misteriosa fórmula, sonreiría entre asombrada y halagada, y nos diría: “Pues mira, hijo, el único secreto es que no hay secreto”, y no la culpo por no querer revelémoslo.  Acuérdense de lo que le pasó al ciempiés cuando alguien le preguntó cómo hacía para coordinar con tal precisión el movimiento de sus pululantes patitas.  “Nada tan fácil” -respondió el insecto, y al intentar demostrar su destreza vio sus cien apéndices enredarse en inextricable confusión.  La metáfora es quizás un tanto heterodoxa, pero ustedes saben lo que con ella quiero decir.  Determinar y analizar los procesos creativos que en el artista operan de manera natural e intuitiva es, mucho me temo, empresa peligrosa.  Más vale dejarlos en la penumbra del subconsciente que esterilizarlos con la impúdica luz de la disección racional.

En mi vida he leído muchos cuentos irreprochables en forma y lenguaje, modelos auténticos de buen gusto, de los que, por el nombre mi madre, no podría recordar una sola palabra.   He leído también muchos cuentos imperfectos -“El Horla”, de  Maupassant, está lleno de digresiones innecesarias y flagrantes cacofonías-, cuya sacudida tectónica recordaré hasta el último de mis días.  Un buen cuento es mucho más que su forma, que su lenguaje, su anécdota o su estilo.  Un buen cuento es, por ejemplo, “No aflojar”, acorde final del libro De pluma y de plomo, de Myriam Bustos: un relato que puede conmocionar, desconcertar y hasta repugnar, pero nunca dejar indiferente, o evanescer bajo el efecto de ese terrible disolvente natural que es el olvido.  Aun quienes no gusten de él se verán condenados a recordarlo eternamente.  Porque a pesar de su indiscutible depuración técnica, Myriam Bustos no es el tipo de escritora que se regodea coqueta­mente en su propio preciosismo, o en el obsesivo acicalamiento de su discurso. De ella bien puede decirse lo que Borges dijera de Cervantes: “Basta revisar unos párrafos del Quijote para sentir que Cervantes no era estilista, y que le interesaban demasiado los destinos de Quijote y de Sancho para dejarse distraer por su propia voz. La página de perfección, la página de la que ninguna palabra puede ser alterada sin daño, es la más precaria de todas.  Inversamente, la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba”.

Después de un cuarto de siglo de lanzar al océano sus botellas con mensajes cifrados, Myriam Bustos ha sido por fin reconocida este año con el premio Aquileo Echeverría en la rama de cuento.  La escandalosa tardanza del homenaje lo dice todo sobre la forma en que tales galardones son manejados en nuestro país.  Sí, ya lo sé: mejor tarde que nunca.  Permítanme, sin embargo, asegurarles que el auténtico escritor no anhela homenajes, ni monumentos, ni bibliotecas y anfiteatros bautizados con su nombre (ello, claro está, si se trata de un verdadero creador y no una mera prima donna con veleidades de inmortalidad).  El escritor quiere ante todo que lo lean, y ese es el mejor tributo que puede rendírsele.

Es por eso que hoy vengo a hacer las veces de agitador social, e instigar a mis lectores a que corran, se despatarren y precipiten sobre las librerías de nuestro país con furor de amotinados para apoderarse de Cuentos para almas diáfanas, El regreso de 0.R., De pluma y de plomo, Una ponencia y otras soledades, en fin, todo cuento de Myriam Bustos puedan sobre los estantes encontrar.  Empujen, saqueen, maten si fuera del caso, pero por amor de Dios no dejen de leerlos.  Una vez más, ignoro si los relatos les van a gustar, pero sí puedo garantizarles una cosa: no se los van a poder quitar de encima por el resto de sus vidas.  Con Una ponencia y otras soledades -la más reciente de sus fechorías literarias- Myriam nos da un rendez-vous al que no podemos faltar.  Nos corresponde ahora a nosotros comparecer a su cita con manos, sensibilidad y corazón abiertos.

Myriam Bustos es además mi amiga y maestra.  El enseñar es parte de su natural irradiación.  Mucho es lo que he aprendido y sigo aprendiendo de ella.  El momento ha llegado de darle las gracias, y quiero hacerlo de la única manera que conozco: con fragor de trompetas y fortissimos dignos de Berlioz.  Después de todo, yo también soy como el peral: no sé amar ni expresar la admiración de otra manera.  No esperen nunca de mí moderación cuando hablo de aquellos a quienes quiero.  La mesura se la dejo a los críticos literarios (¿existe tal especie?) Lo que soy yo, me quedo con la pasión.

La Nación, abril de 2001.

 

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Por Jacques Sagot

Pianista, escritor, cuentista, columnista y ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge, entre otros reconocimientos.