Jacques Sagot: El sulfúrico, inequívoco olor del peligro

El texto de Arabella Salaverry que comencé por mencionar en este ensayo me parece ser de lectura obligatoria para todas las mujeres del país, y para aquellos hombres de buena voluntad, que quieran colaborar con el descomunal proyecto revisionista, social, histórico, filosófico, político, científico, artístico, antropológico y ético que proponen las diversas corrientes del feminismo al día de hoy.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Digamos las cosas en Do mayor, fortissimo y en compás de cuatro por cuatro. Esta es una fórmula que únicamente uso cuando debo posicionarme de manera muy categórica ante un problema o disyuntiva nacional. Me refiero a lo siguiente: la opción electoral de Rodrigo Chaves representaría una atroz regresión histórica en términos de los derechos de las mujeres. ¿Cuáles? Todos: el derecho a la Educación, el derecho a la Salud, el derecho al Desarrollo, el derecho al Trabajo, el derecho a la Participación Política, el derecho a la Sexualidad y la Reproducción, el derecho a una Vida Libre de Violencia. Es así como los enumera, en artículo reciente escrito para La Revista, Arabella Salaverry, quien, entre muchas otras cosas, es uno de los actuales estandartes del feminismo en nuestro país.

Rodrigo Chaves llega a la lid política costarricense precedido por su mala reputación. Todos sabemos que su conducta con las mujeres, sus compañeras de trabajo, le costó su puesto en la prestigiosa entidad financiera en la que laboraba. Ahí hay ya un antecedente que apunta a lo peor. Y ello por muchas razones. La primera: se hace objeto de bien fundada suspicacia cualquier hombre cuyas secreciones hormonales lo saquen del recto camino, lo lleven a irrespetar a las mujeres, lo hagan perder esa facultad que, sobre cualquier otra, debe poseer un jefe de estado: el autocontrol. El autocontrol, sí, cuando el cuerpo se convierte en una estampida, todos los animales se nos escapan del zoológico que llevamos dentro, nuestra razón se ofusca, y empezamos a “pensar” con el atávico córtex reptílico de nuestro cerebro. Un hombre sujeto a estos tsunamis de concupiscencia y de lubricidad, no vale más que un dragón de Komodo o que un monstruo de Gila. Si no es capaz de controlar sus pulsiones sexuales, no será tampoco capaz de controlar nada en la dificilísima labor de la gobernanza de un país, y un país que, además, está sumido en una de las más abisales crisis de su historia.

Ignoro en qué consistieron las transgresiones y los abusos que le valieron al señor Chaves el marbete de “acosador sexual”. Francamente, no me interesa conocerlos. Hay mil formas de acosar sexualmente a una compañera o compañero de trabajo. El acoso es poliédrico, multiforme: puede asumir la forma de la palabra, el requiebro, la insinuación o la extorsión indebida; el mensajito “cifrado” o explícito en la dirección electrónica y el teléfono de la víctima, o bien pasar a la acción invasiva, física, bestial. En todo caso, pone en evidencia un defecto moral tremendamente grave: lo que Aristóteles llamaba akrasia (a-kratos), esto es, falta de poder -de control- sobre sí mismo, sobre sus propios demonios. Y por otra parte, la reprensible -peor aún: despreciable- conducta de Chaves desnuda otra aberración ética, y para aludir a ella vamos a volver al griego, toda vez que fue Platón quien acuñó el término que debemos invocar: me refiero a la enkráteia. Este término, cardinal en la ética platónica, significa muchas cosas, todas ellas estrechamente vinculadas: temperancia, contención, prudencia, comedimiento, y de nuevo, autocontrol. Sin enkráteia -una virtud que, como todas, puede ejercitarse a la manera de una gimnasia moral, o de una ortopedia del espíritu- la vida en sociedad es absolutamente impensable. Sigamos con nuestros venerables filósofos de la Antigüedad, para convocar una tercera noción: Epicuro y su importantísima sophrosunè, que significa “moderación”.
Pues bien, el hecho es que nuestro candidato (la esencia de cuya campaña ha consistido en la soberbia, la prepotencia y la agresión contra todo lo que en torno a él respire o palpite: los medios, la prensa, la televisión, la Asamblea Legislativa, el Partido Liberación Nacional, su rival político, los periodistas… por momentos da la impresión de que podría en cualquier instante morderlos y arrancarles un jirón de piel) debería tomar cursos intensivos de sophrosunè, enkráteia, y técnicas para la evitación de la akrasia. Ello supone que se convierta en un avezado helenista, y que pase prácticamente a recorrer el mundo en sandalias y cubierto por una señorial toga que le daría un aire sin duda sapientísimo.

La enkráteia y la sophrosunè no conspiran contra el placer. Lo que hacen es, antes bien, permitirnos gozar de él de manera más plena, y ello sin generar el dolor de quien comparte con nosotros el dulce cáliz del deseo. Como decía Montaigne, “la temperancia no es el flagelo del placer: ¡es su mejor condimento, ese sazonamiento que lo hará doblemente grato!” Si ejercitamos esas dos capacidades disfrutaremos más del gozo, no caeremos en el empalagamiento, la indigestión, o en abusos que canibalicen a quien comparte con nosotros la liturgia erótica. Son una manera sutil, inteligente de administrar, de dosificar el placer, de manera tal que este sea escanciado hasta la hez, sin caer en el pecado de la hybris, esto es, del exceso. Aristóteles, Platón y Epicuro estaban todos a favor del placer: eran hedonistas supremamente refinados, pero justamente por eso insistían en la necesidad de que los seres humanos fueran amos, y no esclavos de sus apetitos.

A la luz de estas consideraciones, emerge un Rodrigo Chaves que desconoce absolutamente todo lo atinente a estos conceptos. Y claro, eso lo lleva a adoptar patrones de conducta sexual rupestres, primarios, simiescos. No se puede tener a un presidente de tales características, simplemente no se puede. No por el contenido sexual de sus trapacerías, sino por la endeble, frágil brida con la que comanda al caballo hormonal sobre el cual galopa hacia la presidencia de la república. Estos gravísimos bemoles (incontinencia, agresividad, falta de auto-control, tendencia al exceso, cero nivel de temperancia y prudencia) se manifestará en otros parámetros de su vida y de su gestión al frente de cualquiera que sea la institución que capitanee. Por supuesto, bien sé que a estos reparos, el señor Chaves responderá con esa sonrisita sardónica, soberbia, llena de sí mismo, que siempre pareciese decir: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”. Y sí, quizás no sepamos lo que hacemos, pero siquiera sabemos perfectamente lo que no debemos hacer, y esa es una forma de la auto-disciplina mucho más sana de la que él puede jactarse.

El eminente filósofo francés André Comte-Sponville incluye la temperancia en su libro Pequeño tratado de las grandes virtudes. Ahí está, junto a la compasión, la amabilidad, la fidelidad, la prudencia, la valentía, la humildad, la justicia, la generosidad, la misericordia, la gratitud, la simplicidad, la tolerancia, la pureza, la dulzura, la buena fe, el humor y el amor, que estudia en sus tres declinaciones: éros, philia, y agapè. Es con la mejor intención del mundo, que me atrevo a recomendarle al señor Chaves la lectura de este libro: tal cual se ha propuesto a los costarricenses, parece carecer de todas las virtudes enumeradas por Comte-Sponville. Después de haber leído y estudiado a fondo el libro de marras, podemos someterlo a un examen, y de aprobarlo podríamos quizás darle una oportunidad de liderar los destinos de la patria en 2026.

Por lo pronto, todo lo que de él recibimos es punzocortante, vitriólico, agresivo, ácido, desabrido. Proyecta odio, y termina por inspirar también odio. Un odio acendrado e irracional. ¿Contra qué? Pues contra él mismo, -sería la respuesta más probable en su caso-. Acaso quiera ser presidente para convencerse de que no es el dragón de Komodo o el monstruo de Gila por el cual se tiene. Se burla de nuestra institucionalidad, dice enormidades como “no necesito a la Asamblea Legislativa para gobernar. Puedo hacerlo por medio de referéndums”. Eso es saltarse con garrocha el primer poder de la república. Es una bofetada, peor aún: un escupitajo al rostro de los padres y madres de la patria. Bien debería saber que nuestra constitución no autoriza más de dos referéndums por año, y que este procedimiento es atrozmente oneroso: jamás podríamos echar mano de él cada vez que sus proyectos sean vetados en el congreso.

Luego la emprende contra Teletica Canal Siete y el periodista Ignacio Santos, o bien descarga sus relámpagos de Júpiter tonante contra La Nación y su director, Armando González. Y a unos y otros les dice, conminatoria y amenazadoramente: “¡van a ver lo que les va a pasar, cuando sea presidente!” ¡Cielo santo: que alguien, por las heridas de Cristo, me alcance una Valium, una Rivotril o una Clonazepán (y mejor si son todas) a fin de calmar mis nervios! ¿Qué pretenderá hacer el señor Chaves? ¿Cerrar todos los medios informativos -que son empresas privadas- por el mero hecho de que no apoyan sus mesiánicos desvaríos? ¿Seguir el modelo de Ortega, Bukele y Maduro, para convertirse en otro dictadorcito, otro gorilita despótico del trópico húmedo, golpeándose los pectorales con sus puños cerrados y orinando el perímetro de su territorio? ¿Ese es el modelo que piensa seguir, esos son sus sujetos de emulación? Cualquier cosa puede esperarse de este hombre de mirar despectivo, sonrisa oblicua y burlista, e intenciones siempre tenebrosas.

Todo esto me duele, me duele mucho. Yo, por ejemplo, sentía un gran respeto por doña Pilar Cisneros. Debo decir que su adhesión política a este torvo personaje me ha decepcionado profundamente. Y es que hasta de eso ha abusado Chaves: pareciese una calcomanía -o mejor aún, un tatuaje- estampada al cuerpo de la señora Cisneros. Por poco diríase un niño pegado a la pródiga ubre de su madre, en plena beatitud de la lactancia. Más que de un apoyo, me hace el efecto de una muleta, de una andadera, quizás incluso de una silla de ruedas: ¿no hay nada en esta lid que el señor Chaves pueda enfrentar sin la desesperada necesidad de recostarse a ella?

No auguro buenas cosas para las mujeres de nuestro país, si este agresor impenitente termina posando sus mayestáticas nalgas en la silla presidencial. Por supuesto, comenzará afectando una actitud de inclusividad y ecumenismo conciliador, de celebración de los valores femeninos en todos los órdenes de la sociedad, pero su misoginia no tardará en emerger, tal la columna de lava, de ceniza, ácido sulfúrico y piedra pómez, que después de cientos de años de sopor, un volcán proyecta a dieciocho kilómetros de altura, cubriendo con su escoria la totalidad de nuestro manto atmosférico. Es lo que hicieron los volcanes Tambora (Indonesia, 1815), y Krakatoa (Java, 1883).
Me siento inquieto, perturbado. Intuyo, huelo, siento desde la raíz del ser, desde el epicentro de mi alma, que Costa Rica puede estar al borde de un abismo, de una catástrofe política como jamás ha experimentado. El texto de Arabella Salaverry que comencé por mencionar en este ensayo me parece ser de lectura obligatoria para todas las mujeres del país, y para aquellos hombres de buena voluntad, que quieran colaborar con el descomunal proyecto revisionista, social, histórico, filosófico, político, científico, artístico, antropológico y ético que proponen las diversas corrientes del feminismo al día de hoy.

Ha sido una empresa hercúlea, una saga épica. No debemos dar ni un paso atrás. La mujer es generadora de cultura, de pensamiento, de acción política, de arte y de ciencia tanto o más que el hombre -y además posee el inefable don de la concepción, que hace de ella un ser divino y sagrado a mis ojos-. Sé perfectamente que hay feministas a las que no les gusta ser percibidas de esta manera, pero yo digo las cosas como las siento. ¿Me dan permiso de hacerlo? Gracias.

Tengo poderosísimas razones para decir lo que acaban ustedes de leer. Amigos, amigas: si tuviesen ustedes el privilegio de conocer a mi madre, comprenderían en cuestión de minutos por qué cultivo una imagen sacra de la mujer -o de las mujeres, si así lo prefieren-. Con una mamá como la mía, era simplemente imposible no pensar de esta manera. Sé por qué lo digo. Algún día hablaremos de ello, si el tema es de su interés. Todo eso está en peligro: el señor Chaves tiene vocación de desacralizador, de profanador. Su relación con las mujeres es venatoria, lo propio de un cazador detrás de su liebre o su cervatillo.

Dejo constancia de mi sentir hondo (no de mi pensar: la razón es demasiado lenta y falible). Puede ser que me equivoque. Sí, por supuesto que esta es una posibilidad perfectamente real. Si tal es el caso, jamás me habría sentido más contento de estar errado. Y si algún día caigo en cuenta de que debo ofrecer disculpas por los conceptos emitidos, ahí me tendrán, con el corazón abierto y los labios prestos a pedir perdón. Ya veremos qué sucede.

 

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