Jacques Sagot: Ella y Él

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Enumero a continuación una serie de observaciones que no son ya aplicables para describir el vínculo erótico mujer-hombre a la altura del año 2022.  En ellas dejo testimonio del estado de cosas hace treinta años, allá en los recodos de mis remotas mocedades.  Las cosas han cambiado mucho desde entonces.  Así pues, mis constataciones no tienen validez actual, pero retratan fidedignamente l´état de la question (Sartre) hace tres décadas.  He aquí mi testimonio.

Ella se va a la cama con tal de hacerse amar.  Él pretende amar con tal de poder irse a la cama.  Es un taker.

Ella está culturalmente programada para prodigarse.  Es una giver.  Él está condicionado para recibir y hacerse mimar.

Ella sabe darse a sí misma y goza plenamente de su propia dación.  Él es buen proveedor, pero el don de su propia esencia suele aprenderlo -cuando lo aprende- muy tarde en la vida.

En ella cuerpo y alma vibran al unísono: ama al hombre que desea, y desea al hombre al que ama.  Él es un ser escindido, fracturado en dos hemisferios irreconciliables: el depredador sexual por un lado, el poeta lírico por otro.  En su corazón colisiona la imagen de la Virgen María con la de la lúbrica y sulfurosa Mata Hari.  Crear la síntesis entre ambas le resulta no solo difícil, sino profundamente doloroso.  De ahí su pasmosa facilidad para desear sin amar, y para amar sin desear.

Para ella hacer el amor es liturgia.  Para él es presea deportiva, trofeo de caza, anécdota para las bravatas de los machos en sus sabatinos y etílicos certámenes de la jactancia y la fanfarronada.

Ella comprende que la experiencia sexual se vive en tres tiempos: el antes, el durante y el después.  El antes es el más excitante, el durante es el más intenso, el después es el más sublime.  Dotada naturalmente del instinto y la sabiduría del placer, ella dilata el antes, administra el durante y saborea el después con íntimo regusto.  Él, mucho menos sutil y sofisticado en el arte amatorio -el ars amandi-, apura el antes con tal de llegar al durante, y celebra el después con ronquidos, un cigarrillo, o bien lanzándose a la ducha, como si de borrar de su cuerpo la huella de la mujer se tratase.

Ella creció físicamente inhibida, pero emocionalmente libre.  Desde niña la obligaron a negar su cuerpo (“¡eso no es propio de una damita!”), pero le dieron luz verde para expresar irrestrictamente sus sentimientos.  A él le enseñaron a aceptar su animalidad (“boys will be boys!”) y gozar con el ejercicio de sus funciones biológicas, pero hubo de poner un cerrojo a sus sentimientos (“¡los hombres no lloran, no tienen miedo, no se quejan!”).  Resultado: ella aprendió a entregar su alma sin reservas, pero sufre de tremendas reticencias en el momento de entregar su cuerpo.  Él no tiene ningún problema entregando su cuerpo, pero se estremece ante la posibilidad de tener que entregar el alma.  Dos mutilaciones simétricas, dos formas de represión igualmente deletéreas para la salud integral de uno y otro.

Para ella el acto sexual dura potencialmente nueve meses.  Hacer el amor no es sino el detonante que pone en marcha un proceso sexual lleno de prolongaciones y consecuencias que su compañero ni siquiera sospecha. Para él el acto sexual queda consumado en el momento mismo en que su urgencia eyaculatoria se ve satisfecha.

Ella sabe que hacer el amor no es sino la primera fase, el umbral de un eterno e inagotable proceso de mutuo conocimiento.  Él, por el contrario, cree ya tener todo lo que hay que tener, y saber todo cuanto hay que saber acerca de su compañera, una vez que ha plantado en su cuerpo vencido el estandarte del conquistador.  Con ello muere esa curiosidad indagatoria, ese anhelo de descifrar y desentrañar a su mujer, en suma, esa apasionada sed de conocimiento que confiere al juego erótico su deliciosa tensión.

Hombre y mujer: alianza de dos soledades, abismos insondables separados por un muro de silencio, galaxias pertenecientes a sistemas infinitamente distantes.  Como diría Machado: “No puede ser amor de tanta fortuna: dos soledades en una, aun de varón y mujer”.  Sí, sí, ya lo sé: estoy haciendo generalizaciones que simplifican y adulteran una realidad mucho más compleja.  Claro que hay mujeres insensibles como emperadores romanos de la decadencia, y hombres capaces de una ternura sin límites: concedido.  Y sin embargo, seamos honestos: cualquier mujer que haya recorrido el inhóspito continente masculino, y cualquier hombre que haya frecuentado las misteriosas latitudes de la mujer sabe que las anteriores constataciones encierran demasiada verdad como para ser negadas de cuajo.

El hombre y la mujer deben educarse recíprocamente, deben cultivar una mutua pedagogía del erotismo; deben, en suma, comunicarse, y no atrincherarse en sus respectivas fortalezas, para atisbarse a la distancia y seguir reciclando las falsas nociones que el uno tiene del otro.  Esos seres egoístas e infantiles que son los hombres, intrépidos en algunas cosas, pusilánimes en otras, capaces de arrostrar los horrores del campo de batalla sin estremecerse, pero transidos de terror ante la posibilidad de entregar sus corazones, esas pobres criaturas son, bien que mal, producto de la mujer.  Ella es su forjadora, su arquitecta y cinceladora.  ¡Terrible contradicción interna la de la mujer, que propugna un modelo de hombre como hijo, y anhela un modelo distinto como compañero!  Porque el respeto por la mujer, la capacidad de amar, el don de sí mismo y la vocación de ternura son valores que se inculcan, y es la madre quien en primera instancia debe sembrarlas en el corazón de su hijo.

Nuestra cultura ha programado a la mujer para formar hombres dependientes, minusválidos emocionales, eternos niños.  ¿Qué puede luego esperarse de ellos como compañeros y partícipes de la gran lid erótica? Hombre y mujer deben dialogar y cultivar un lenguaje común.  El único que ha sido, es y será: el lenguaje del amor.

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