Jacques Sagot: Francisco Escobar, maestro y amigo

Francisco, amigo y hermano de mi alma: para vos, esta pequeña reminiscencia, que nada añadirá a tu gloria, pero que quizás consiga reavivar el interés y la curiosidad de tus amnésicos compatriotas por tu vida y tu obra.  Para mí estás tan vivo, tan vigente y palpitante, que aquí mismo, y delante de tus seres queridos, te abrazo con toda la fuerza que mis bracitos de pianista son capaces de prodigar.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Lo que aquí consigno debería haber sido escrito hace muchos, muchos años.  Una vez más, se me ha hecho tarde para empuñar la palabra.  Y claro, evoco las palabras de nuestra Yolanda Oreamuno: “Tal vez solo a la muerte se llega demasiado temprano”.  En efecto, la Parca suele “madrugarnos”.  Si a eso sumamos la evidencia de nuestra pluma lenta, tardígrada, amodorrada en sus reacciones, el resultado es que con frecuencia nos descubrimos rindiendo tributo a nuestros amigos cuando estos ya transitan otra dimensión, otra arcana latitud del ser.  Es cosa que me ha pasado ya varias veces, y tal parece que no soy capaz de aprender la lección.  Nuestras lenguas avaras y perezosas solo se despabilan para expresar el amor que nos suscitan ciertas personas de manera póstuma, estéril, extemporánea.  ¡Cómo nos cuesta, en nombre de Dios, decir cosas tan simples como “te quiero”, “te admiro”, “mi vida es más plena y bella gracias a vos!”

El 23 de octubre de 2016 se me murió Francisco Escobar.  Tenía setenta y tres años de edad.  Era mi amigo, era mi hermano, era mi maestro, era uno de mis más lúcidos baquianos a través de esta áspera y desolada comarca que llamamos “vida”.  Y hoy, seis años después de haber “atravesado el espejo” (Jean Cocteau) lo recuerdo, lo evoco no sé en virtud de qué misteriosa asociación de ideas, y experimento la necesidad imperiosa de escribir sobre él, y de escribirle a él directamente (nada me impide fantasear que tal vez sea capaz de leer estas palabras, cualquiera que sea su actual lugar de residencia).

La última vez que lo vi fue pocos meses antes de su inopinada inmersión “en el espejo”.  Fuimos contertulios en el programa radiofónico Oro y Grana, que durante más de cuarenta años dirigió, derrochando garra y prestancia, el gran Miguel Cortés, otro amigo y maestro entrañable.  Lo sentí frágil, apagado, casi translúcido, pero en ningún momento pensé que ese sería el punto en que nuestros caminos divergirían para siempre.  En esta ocasión emitió un juicio que basta para probar la hondura de su pensamiento, y el punto de vista abarcador y panorámico desde el que contemplaba el caleidoscópico festival de la cultura.  Dijo: “El fútbol es el producto del encuentro de dos sensibilidades básicas: el espíritu guerrero y territorial del Imperio Romano, y el hedonismo y culto sagrado a la belleza de la Civilización Griega”.  Jamás mejor dicho.  El primero es Alemania, el Bayern de Franz Beckenbauer; el segundo es Brasil, el Santos de Pelé y Coutinho.  Su reflexión me deslumbró, y la he reciclado y utilizado muchas veces desde entonces.

Francisco era sociólogo, uno de los más prominente científicos sociales que ha engendrado Costa Rica.  Graduado de las universidades de Harvard y Kansas.  Padre de la llamada “sociología rural costarricense”.  Autor de varios libros señeros en esta disciplina.  Uno de ellos tiene un título que es ya, por sí solo, todo un manifiesto intelectual: Investigar para juzgar.  Costa Rica es un país con cinco millones de jueces, pero muy pocos investigadores.  La verdad es que solo debemos emitir juicios -y con mucha prudencia- en torno a aquellas cosas que hayamos investigado y conozcamos en profundidad.

Nos regaló dos hijos, Francisco y Arianna, -su “opus 1” y “opus 2”- pero solo tuve la oportunidad de conocerla a ella.  Hermosa y brillante mujer, intelectual de hondo calado, con quien tuve el gozo de compartir la lectura de alguna de mis obras de ficción.  Esto aconteció, si mi memoria me sirve bien, durante el cuarto año del nuevo milenio.  He perdido contacto con ella desde entonces, pero aliento la esperanza de que esta breve reminiscencia la mueva a hacerme nuevamente señales luminosas a la distancia.  Su padre la adoraba, la adoraba, la adoraba, y eso es todo lo que me nace decir en torno a su vínculo entrañable.

Visité a Francisco varias veces en su casa, y me encantaba perderme por los andurriales de su selvática biblioteca.  Cualquier residencia que albergue esa cantidad y calidad de libros se convierte, a mis ojos, en templo, en santuario.  Como Borges, yo también he fantaseado con la entelequia de una “biblioteca infinita”, y puedo igualmente dar testimonio de que el hecho más importante de mi vida fue la biblioteca de mi papá (¡donde además tenía, empotrado entre las hileras de libros, el piano!)

Francisco fue víctima de un ataque criminal, en la entrada misma de su casa, una tormenta de balas que lo dejó ad portas de la muerte.  Siempre me decía que en ese momento él había asumido, aceptado y asimilado el hecho inexorable de que iba a morir, y ello en cuestión de minutos.  Como el protagonista (“agonista”, lo hubiera llamado Unamuno) del cuento “El hombre muerto”, de Horacio Quiroga, que resbala sobre la hierba y cae con todo su peso sobre su machete.  La lámina de metal le atraviesa el abdomen.  “Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.  Va a morir.  Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir” -nos dice Quiroga-.  Fue, exactamente, la certeza matemática, apodíctica, cartesiana, que embargó a Francisco: moriría con la misma inexorabilidad con la que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Pero su temple de gigante, su voluntad de vivir pudo más que el teorema de Pitágoras: Francisco recobró la salud, y aunque doy por un hecho que la bestial agresión de que fue víctima acortó su existencia, se recuperó y siguió prodigándose como el egregio pensador y maestro que era durante muchos años.

Una vez, en México, mientras contemplábamos un mural de Diego Rivera, me preguntó inopinadamente: “¿Qué ves en el ángulo inferior del fresco?”  “Pues yo veo a una mujer que recoge los frutos de su cosecha”.  “¿De veras?  ¿Desde cuándo las mujeres miden tres metros de alto por uno y medio de ancho y tienen brazos dignos de Hércules?”  Lo que quería decirme era que no era correcto confundir la realidad con su representación.  El cuadro representa -es pintura realista y figurativa- pero no es aquello que fija sobre el lienzo.  Es la misma bofetada que nos propina René Magritte con su cuadro La traición de las imágenes, donde vemos una pipa, y debajo de ella leemos la inscripción “Esto no es una pipa”.  Ha sido una aberración perceptiva de la cultura burguesa -siempre angurrienta de realismo- confundir el mundo con su representación.  Foucault, entre otros grandes pensadores post-estructuralistas, abordó in extenso este tema.  Francisco me dio ese día una gran, memorable lección, y desde entonces es con mucha suspicacia y previa reflexión que me pronuncio en torno a un cuadro.

Mi amigo estuvo a mi lado durante varias “noches oscuras del alma” (San Juan de la Cruz), períodos de tribulación, quebrantamiento espiritual, postración absoluta de mis potencias vitales.  Sostuvo mi mano, hizo acto de presencia, asumió una actitud proactiva y socorrista.  Dijo “aquí estoy, para vos” -que es, en realidad, la única cosa que un verdadero amigo debe hacer cuando la vida nos doblega-.  Fueron muchos años en tonalidad de Re menor (la del Réquiem de Mozart), y en tempo de marcha fúnebre.  Fuliginosas noches llenas de ausencia y soledad.  Su palabra lúcida y su presencia me sostuvieron, cuando no quería yo otra cosa que entregarme al gran, definitivo silencio.

Compartí con él programas de televisión y de radio, leía todo cuanto escribía y, estuviese de acuerdo o no con las tesis que yo postulaba, jamás dejó de decirme: “¡Caramba, qué pasión le ponés a tus textos y a la defensa de tus puntos de vista!”  En las antípodas de otros profesores y profesoras de mentirillas, irrespetuosos, impositivos y ofídicos, que hube de padecer.

Era “un tipazo”, Francisco.  Justamente eso: lo que en la jerga popular se conoce como “un tipazo”.  Publicó asiduamente en la Página Quince de La Nación, cuando esta sección era una jungla ubérrima de ideas, y no el páramo yerto y censurado que es hoy en día.  Algunos de sus escritos eran tan emotivos y tan cargados de verdad humana, que la gente los sigue recordando, décadas después de su publicación.  ¿No ha alguno de nuestros investigadores y académicos propuesto la idea de elaborar una edición de sus obra completas?  ¡Se lo merece, ya lo creo que se lo merece!  Yo mismo me ofrecería para esta misión, y lo haría con gozo indecible, si tan solo me dieran un poquito de respaldo institucional.

Francisco se identificaba profundamente con su legendario tocayo de Asís.   A veces se llamaba a sí mismo “Il poverello”, y declaraba haberse casado con “la hermana pobreza”.  Era un hombre de cuna humilde, que alcanzó el pináculo intelectual de su país gracias a su inteligencia, su tesón, su pasión por todo aquello en lo que se involucraba activamente.

Lo quise, lo quiero, y lo querré hasta el final de mis días.  Su solidez académica no le quitaron jamás la risa franca, el sentido del humor, la bonhomía, el don de gentes, la empatía, la solidaridad y la sensibilidad humana que fueron los más atesorables de sus atributos.  Engalanó con un prólogo iridiscente mi libro de cuentos Las muertes que muero.  Acaso sea lo mejor del volumen de marras.

Francisco, amigo y hermano de mi alma: para vos, esta pequeña reminiscencia, que nada añadirá a tu gloria, pero que quizás consiga reavivar el interés y la curiosidad de tus amnésicos compatriotas por tu vida y tu obra.  Para mí estás tan vivo, tan vigente y palpitante, que aquí mismo, y delante de tus seres queridos, te abrazo con toda la fuerza que mis bracitos de pianista son capaces de prodigar.

San José, Costa Rica, octubre de 2022     

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