Jacques Sagot: Juan Pablo II el viejo gigante

Comunicador incomparable, Juan Pablo II sabía cómo hablarle a la gente, y ello sin populismos concesivos, sin abaratar su mensaje, sin perder un ápice de su aristocracia espiritual.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

No veo simplemente el cuerpo vencido de un pontífice, yaciente bajo su majestuoso domo, ante las miradas de un río humano que no es sino una sola criatura policéfala, animada por el mismo sentimiento de veneración y de dolor. No veo un hermoso altorrelieve de cera, noble y cincelado, detentor por fin del Gran Misterio, ese que parece ahora anidar entre sus manos entrelazadas. No veo una figura pública, un ídolo de tabloide, un objeto de culto fetichista y morboso -puesto que, a los ojos del vulgo, la muerte deviene siempre, en menor o mayor medida, espectáculo-. Nada de eso veo. Veo un guerrero que reposa, empuñando aún y siempre sus armas. Encendido el rojo atuendo del amor, que fue su bandería. Sereno, translúcido. Saludado por dignatarios y presidentillos belicistas que no les llegan a las sandalias, y que ojalá hubiesen sabido liderar sus naciones como él supo erigirse en bastión de su iglesia. Ese lecho donde yace este anciano bello, augusto, que la muerte ha transformado por siempre en efigie, no es lecho mortuorio: es carro triunfal. Ese nicho donde se aprestan a enterrarlo no es sepulcro: es, antes bien, trono inmarcesible. Esas exequias de hoy no son mero cortejo fúnebre: son apoteosis, confluencia misteriosa del dolor y del éxtasis: llanto y beatitud a un tiempo.

Nos va a hacer falta, mucha falta, a quienes crecimos bajo la sombra de su palabra frondosa, fragante. Juan Pablo II representó el más persuasivo, amoroso principio de autoridad en un mundo huérfano como nunca de figuras de autoridad -autoridad no es lo mismo que autoritarismo: el segundo puede ejercerlo cualquier gorila armado de una bayoneta, la primera se impone dulcemente por medio de la inteligencia interpersonal, del carisma, de la mansedumbre, de la argumentación convincente… a veces no más que de la mirada.

Viejo guerrero de la única guerra que jamás valió la pena ser librada: ¡cuánto camino recorrido en este mundo ancho y ajeno! «Un limpia-calles» -solía llamarse a sí mismo-. El sublime barrendero que descongestionaba los senderos del planeta de toda esa basura humana que impedía la libre circulación del amor y del perdón. En efecto: la amargura, el odio, el rencor obturan las vías espirituales por las cuales busca el amor su camino hacia el corazón de los hombres. Lo primero que se impone es un trabajo de desbloqueo: derribar muros, limpiar la maleza de los caminos, desahogar los cauces, dejar que la luz busque a la luz y la vida a la vida.

Comunicador incomparable, Juan Pablo II sabía cómo hablarle a la gente, y ello sin populismos concesivos, sin abaratar su mensaje, sin perder un ápice de su aristocracia espiritual. Fue simpático sin vulgaridad, popular sin chabacanería, elocuente sin pomposidad, intelectualmente riguroso sin ser abstruso o impenetrable, firme sin prepotencia, un pedagogo por vocación profunda e irrenunciable. Un hombre dotado, en suma, del talento más valioso que le puede ser conferido a un ser humano: el don de la comunicación efectiva, inmediata. Contagioso en su fe, contagioso en su convicción, contagioso en su entusiasmo -en el sentido etimológico del término: «tener a Dios en el cuerpo»-… Todos estos sentimientos se transmiten por medio del fervor de un testimonio: no se indoctrinan, no se inyectan, no se taladran en las conciencias, no se imponen por decreto -violencia política-, o bien por argumentación racional de tipo dogmático – violencia epistémica-. ¡Cómo no lo iba a querer la gente!

No era un ser hierático, una esfinge oracular por el estilo de Pío XII, no. Sabía jugar y hasta coquetear con su audiencia. Tenía su faceta lúdica-a fin de cuentas, ¿no debemos ser todos como niños a fin de entrar en el Reino de los Cielos? -y un sentido del humor que probó ante nuestros ojos atónitos eso que nadie sospechaba: la sonrisa florece también en el rostro adusto de los papas, aun la más desinhibida y radiante de ellas. ¡Ah, pero también sabía ser severo, reprender y llamar a su iglesia al orden! El Pastor tenía la voz firme y recia, y a más de uno -en cuenta a cierto sofista de cafetín con veleidades de poeta, que por ostentar patriarcales barbitas creyó poder hacer las veces de guía espiritual de su pueblo- lo puso en su lugar y lo mandó a casa con el rabo entre las piernas.

Y, por sobre todo, un gran pensador. La Encíclica Esplendor de la Verdad armoniza dos posiciones durante siglos juzgadas inconciliables: la adscripción a una Verdad Revelada por una parte, y la libertad individual de la conciencia humana ante este supremo principio de autoridad, por otra. Lo que Esplendor de la Verdad demuestra es que ambas posturas no solo no son disonantes, sino que, antes bien, son indisociables y constitutivas de todo homo religiorum. Por paradójica que tal noción parezca, esa Verdad Revelada no nos exime a los hombres del esfuerzo de buscarla. Libertad de conciencia y Verdad Revelada no son incompatibles.

Adiós, viejo gigante. Encaramados en tus hombros veremos los seres humanos más claro y tendremos ante nuestros ojos un horizonte más diáfano y dilatado.


La Nación, abril de 2005.

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