Jacques Sagot: La cultura del saqueo

Es tan responsable el que roba como el que le confiere al ladrón el poder de robar. Y eso es lo que nosotros hemos hecho

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Este artículo escrito ya algunos años, desgraciadamente no deja de tener vigencia, casi que no se ha desactualizado. Desde la derecha a la izquierda sin distinción: los Pinochet, Chávez, Maduro, Rousseff, Correa, Ortega, Colom, Martinelli, Fernández, Da Silva, Humala, García, Toledo, Pérez, Flores, Morales, Portillo, Serrano, Saca, Funes, Callejas, entre otros (con algunos aportes locales), se agregaron a la lista de  contribuyentes al desprestigio y credibilidad de la democracia en momentos que la institucionalidad es precisamente el reto a fortalecer.
J.S. febrero 2020.

 

Fujimori, de Gortari, de Mello… ¡vaya galería de rufianes! En América Latina la corrupción es una ideología, un modo de vida, la norma con respecto a la cual la honestidad es percibida como fenómeno excepcional. Es una práctica poco menos que inherente a la función pública: la esencia misma de nuestra actividad política.

Por la frecuente impunidad con que es consumada, la corrupción entra en la categoría de lo que Foucault llamaría las “ilegalidades tolerables”. A fuerza de verle todos los días la cara a la Gorgona, hemos terminado por aceptarla en la familia. Aun la

capacidad de indignación termina por erosionarse, cuando las instituciones del Estado le infligen al ciudadano un nuevo escándalo cada mes. Sucede entonces lo peor que puede acontecerle a una sociedad: habituarse al olor de la podredumbre. Es como esos organismos devastados por el cáncer, que en la fase terminal de la afección generan cierto grado de insensibilidad al dolor, pero que no por ello dejan de ser corroídos día tras día por la insidiosa enfermedad. Nosotros hemos entrado

Nosotros hemos entrado ya en el período analgésico de nuestro cáncer social. Nadie rompe lanzas o alza escudos por el hecho de que un banco estatal o un fondo de emergencia desaparezcan como por ensalmo – La horchata ha sustituido a la sangre en el peculiar sistema circulatorio del tico. El nervio de la indignación ha sido cauterizado en nuestras conciencias, y asistimos a la diaria violación de nuestro país con la boca abierta, y esa expresión aterradoramente neutra que caracteriza a las personas descerebradas.

Toda pasividad nos hace partícipes de la debacle. El silencio no es nunca inocente. En el fenómeno de la corrupción hay siempre un culpable -el corrupto-, pero hay por lo menos dos responsables (y subrayo aquí la distinción ética entre culpabilidad y responsabilidad): el mafioso y aquellos que lo eligieron e instalaron en un despacho gubernamental para que ahí pudiera celebrar a gusto su pillaje. Es tan responsable el que roba como el que le confiere al ladrón el poder de robar. Y eso es lo que nosotros hemos hecho. Al hablar de corrupción dejemos ya de ponernos en la cómoda y autocompasiva posición de la víctima. Porque la verdad es que nuestro rol en este pestilente proceso ha sido, antes bien, el de demiurgos y arquitectos.

Los medios de comunicación deben ser severos pero sobrios en su forma de tratar el problema. Hay prácticas periodísticas que, aun cuando guiadas por el más prístino respeto a la verdad, pueden ser contraproducentes. No se le puede sacar la cara a un estafador de bancos en primera página durante un mes, sin transformarlo automáticamente en galán de la pantalla. Se produce entonces un fenómeno tan irónico como curioso: la ” glamorización» del pillo, esto es, el ladronzuelo que a fuerza de presencia en los medios termina por asumir un aura de héroe mítico. Piensen en aquel traficante de carros que se paseaba mondo y lirondo por la Avenida Central firmando autógrafos, porque la prensa había terminado por convertirlo en una especie de Al Capone local. ¡Cuidado, compañeros periodistas, que entre la denuncia y la involuntaria exaltación de un criminal hay una línea demarcatoria sutil y peligrosal

Un gangster no es una vedette: es un profesional del despojamiento. La prensa y la televisión tienen el poder de transmutar mágicamente todo cuanto presentan, y hay ojos incapaces de discernimiento que sucumben fácilmente al éclat farandulero de ciertos depredadores. Cuando un estafador de bancos se convierte en inspiración de tonadas callejeras, en héroe de los festejos populares y en objeto de chistes sin fin, entonces, señores, estamos en problemas. Si así va la cosa, dediquémonos más bien a cultivar nuestra propia mitología del crimen: de aquí a poco tendremos nuestros Bonnie & Clyde, Lucky Luciano, don Corleone, y todo un florilegio de pillos vernáculos, inmortalizados para emulación de las generaciones futuras.

La nuestra es y ha sido siempre una cultura del saqueo. Fuimos saqueados con el primer estandarte español que desflorara nuestros litorales, y seguimos siéndolo hoy en día. La única diferencia es que mientras nuestros antepasados lucharon por defender lo suyo, nosotros hemos aprendido a dejarnos violar, sin resistencia, sin músculo moral, limitándonos tan solo a ejercer -y ello cada vez más tímidamente- nuestro inalienable «derecho al berreo».

La Nación, ”Tinta Fresca”, marzo de 2001.

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