Jacques Sagot: La dictadura del plebeyo

Los idiomas son organismos vivos que evolucionan y cambian constantemente: eso todos lo sabernos. Pero ello no es en modo alguno un comodín para justificar la falta de rigor y de respeto por la lengua, ni las contorsiones, desmanes y procacidades con que cualquier pachuquito resentido pretende hoy en día "revolucionar el idioma".

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

La comunidad negra de una ciudad californiana conmocionó recientemente el établissement educativo de los Estados Unidos, al exigir que las escuelas de su condado incorporaran dentro de su programa académico la enseñanza de la jerga conocida como ebonics. El dialecto en cuestión no es otra cosa que una aberración lingüística, un atropello a todo lo que en el inglés hay de noble y universal, en suma, una jerigonza ininteligible para quien no pertenezca al reducido grupo étnico que la cultiva. Poco importó a los quejosos el que aun las más señeras figuras afroamericanas del momento -el reverendo Jackson y el laureado escritor Gaylor entre ellas desaprobaran su petición. Los prosélitos del ebonics demandaban que su argot  fuese estudiado   con    la misma formalidad con que se enseñaba la lengua de Shakespeare. A pesar de sus protestas y barricadas, el ebonics no logró obtener el rango de asignatura que sus beligerantes partidarios pretendían conferirle.

El incidente no merecería mención si no constituyera un signo clarísimo de los tiempos en que vivimos. Estamos en presencia  de una situación -un síndrome, diría yo- que no tiene precedentes en la historia del mundo. Otrora el ignorante aspiraba superar su condición, y reclamaba el acceso a ese conocimiento  que la inequidad del sistema le negaba. Hoy en día, cuando la democratización de la enseñanza ha puesto a su disposición el vasto espectro de la cultura universal, el iletrado se yergue desafiante, y defiende a grandes voces su «derecho» a la ignorancia. ¿No es esta la más trágica, perversa ironía de que la especie humana haya sido testigo? Entendámonos: mi respeto por la negritud americana no podría ser más profundo ni más sincero. Señaló simplemente que la ignorancia y la vulgaridad -cualquiera que sea la etnia o estrato social que las profese– están en el mundo  para ser combatidas, no para ser defendida se institucionalizadas. Y no es que el hombre contemporáneo sea más inculto que el del siglo de Pericles o de la Inglaterra Isabelina. La chabacanería y el plebeyismo siempre han estado ahí.  La diferencia es que ahora les hemos dado una tarima, un micrófono, espacio ilimitado en periódicos, radio y televisión: le conferimos al monstruo un poder irrestricto, lo dotamos de una voz, y a sus pies pusimos el temible  arsenal delos medios de comunicación. Asistimos a la era del totalitarismo de  la plebeyez. Ya no hay envidia saludable. El plebeyo se ufana ahora de su condición: la proclama urbí et orbí, y quisiera imponerla al mundo entero. Con gesto bravío reclama para sí carta de ciudadanía en el concierto cultural contemporáneo, y supura así de su alma el veneno de un resentimiento social tan añejo como incurable.

A la cabeza de este universal proceso de entontecimiento marcha desgraciadamente nuestro país. Costa Rica enarbola hoy en día el estandarte del pachuquismo, una patología social temible   por su epidémica virulencia. La vulgaridad se cierne, tal las emanaciones pestilentes de una marisma, sobre el panorama global de nuestra cultura. El pachuquismo, que alguna vez estuvo constreñido  esferas sociales muy específica  ha propagado como la gangrena, y permea ahora aquellos círculos que otrora fueran reducto de los más preclaros espíritus del país. Aulas, curules, pulpitos, prensa, radio, televisión…todo está invalido: el estado de  sitio  es  claustrofóbico, inescapable. Aun la Iglesia, que alguna vez se erigiera en custodio del legado cultural de la antigüedad, se pasa ahora de bando y no se entrega a los bárbaros: con el afán de «modernizarse» y aumentar su “poder de convocatoria» echa mano del más complaciente populacherismo, y abarata con ello la pureza de su mensaje. La endémica fobia que padecemos por toda forma de aristocracia social ha acarreado en nosotros una aversión ciega por la aristocracia del espíritu, esa, ¡ay!, que deberíamos, antes bien, adorar y cultivar.

Y que no me salgan con la apología de la heteroglosia y la tesis según la cual la coexistencia de diversos sociolectos resulta saludable para las sociedades que quieren evitar el hegemonismo del habla «oficial», todo ello a guisa de justificación para la ramplona antirretórica del pachuco. Ya sé que para Barthes la claridad y la precisión del estilo eran un atributo de clase más bien que una virtud lingüística digna de encomio. Lamento confesar que, pese a mi infinita admiración por el autor de Plaisir du Texte, no soy de los que se persignan cada vez que oyen su nombre. El ebonics y el «pachuco» -hoy por hoy, lengua oficial de los costarricenses- no son (impostemos la voz solemnemente y entonemos todos al unísono lo que sigue) «sociolectos y fomás del habla legítimas, fraguadas por grupos étnicos marginalizados, que afirman su identidad y constituyen su contracultura a través de discursos movilizadores de fuerzas de insurgencia ideológicas»… y patatí, patatú, patatá. Toda esa sarta de lugares comunes cafetineros -y la consabida acusación de elitismo para todo aquel que vela por la pureza de la lengua con el celo y la devoción de quien se sabe depositario de un legado de milenios-, todo eso, decía, lo he escuchado hasta la náusea. Lo que más me impresiona de esto es la falta de imaginación de los paladines del populacherismo para invocar otro argumento que el de «elitismo» a fin de defender sus puntos de vista. Es la única palabra que conocen, la única impugnación de que son capaces, el único petardo que saben reventar. Y lo peor del caso es que ni siquiera sospechan lo que el término en cuestión realmente significa, de eso me he podido dar amplia cuenta.

En primer lugar, una cosa es pureza y otra purismo intransigente fanático. En segundo lugar, vale la pena tener muy presente que aun pensadores corno Charnoiseau, Confiant y Bemabé en su Eloge de la Creolité -manifiesto apasionado a favor de la hibridez lingüística-, se oponen a esa política del laissez faire, laissez passer que suele ensuciar la lengua Créole con ocurrencias, barbarismos y engendros lingüísticos producto de una actitud laxa y alcahuete ante el lenguaje. Si menciono aquí sus nombres es precisamente porque no hay en ellos un ápice de pedantería o de esclerosis lingüística, y porque son los primeros en admitir la naturaleza heterogénea, multicultural, flexible y compuesta de la lengua que defienden.

Los idiomas son organismos vivos que evolucionan y cambian constantemente: eso todos lo sabernos. Pero ello no es en modo alguno un comodín para justificar la falta de rigor y de respeto por la lengua, ni las contorsiones, desmanes y procacidades con que cualquier pachuquito resentido pretende hoy en día «revolucionar el idioma». Los invito a leer a Chamoiseau, a Bemabéy a Confiant -tres escritores que, lo repito, no se adhieren al arquetipo del académico archiconservador- para que adviertan a            qué punto estos liberales y heterodoxos estudiosos del idioma se oponen enérgicamente a las deformaciones y maltratos a que el Créole -cuya autonomía y dignidad proclaman- está expuesto.

Para volver a la situación lingüística de nuestro país, el hecho es que poco falta para que escuelas y colegios implanten la enseñanza sistemática del «pachuco», y se escriban libros de texto que expongan el peculiar léxico y la sintaxis de tan noble galimatías. El pachuquismo se convertirá en canon cultural absoluto. No faltará el filólogo que traduzca El Quijote o La Divina Comedia al «pachuco», y las universidades se engalanarán con cursos tales como «Fundamentos de Pachuco», «Pachuco Básico» y «Antropología Pachuquil». Y Costa Rica instituirá la dictadura del pachuco, el aberrante producto social de un concepto de democracia mal entendido.

Llegará también el momento de señalar a los responsables de la debacle. Entonces veremos a los miembros de la tribu política de nuestro país -la gran diseñadora del modelo educativo costarricense, puesto que son ellos quienes coartan a punta de hachazos presupuestarios la labor de los docentes- hacer lo que siempre hacen: echarse la culpa los unos a los otros, esgrimir las estadísticas que nada significan, y jactarse de que nuestro país ostenta uno de los más bajos índices de analfabetismo del mundo.

Desengáñense de una vez por todas, señores: el verdadero compromiso con la cultura exige de un pueblo mucho más que saber leer y escribir. Ya lo dijo alguna vez André Malraux: «no descansaré hasta que lo niños de mi país tengan tanto acceso a la literatura, la música y la pintura como lo tienen al alfabeto». ¿Por qué maldita razón no hemos tenido, desde la época de Alberto Cañas y Guido Sáenz, un ministro que piense de manera análoga al gran Malraux? La respuesta a tal interrogante quedará para las calendas griegas. ¡Vaya título de gloria, tener un índice de analfabetismo inferior al de Ruanda, Somalía y Haití! Yo me limito a preguntar, ¿de qué sirve  darle  al   hombre   la llave del conocimiento, si no se le enseña cómo, cuándo, y para qué usarla?


La Nación, «Tinta Fresca», octubre de1999.

Pensamiento en Forja escritos periodísticos [Vol. III]

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