Jacques Sagot: La gangrena es generalizada

No es en esos pobres diablos a quienes de vez en cuando agarramos con las manos en la masa donde debemos buscarla corrupción. Ellos son únicamente pequeños focos de purulencia en un sistema que, al privilegiar el valor-utilidad (en el sentido economicista del término) y el valor-poder por sobre los valores éticos, no ha hecho otra cosa que transformarse a sí mismo en un enorme cadáver en avanzado estado de descomposición

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Alguien debería proponer otra palabra para calificar eso que en nuestro país llamamos corrupción, y que se manifiesta a un ritmo de tres a cuatro escándalos bochornosos al año. Bien que mal, la corrupción en la esfera biológica es
engendradora de vida. Las rebatiñas y estafas que constituyen, hoy por hoy la tónica de nuestra vida política, es pestilencia pura, y no generan más que náusea y vergüenza.

La corrupción tiene una dimensión axiológica. Es, en el sentido estricto del término, un antivalor. Tal como están las cosas en Costa Rica, no es una irregularidad, sino una forma de regularidad, un estilo de vida, el modus operandi de cierto tipo de funcionario público de proliferación reciente en nuestras latitudes. No es el tumor aislado que urge extirpar de un sistema por demás saludable. Muy por el contrario, es hija legítima del sistema. Es únicamente posible en la medida en que las estructuras jurídicas del Estado ofrecen los resquicios, las fisuras, las ambigüedades, las portezuelas por donde esta puede colarse y encontrar su sórdido nicho en nuestras instituciones.

Aun más, hay gremios profesionales que viven parasitariamente. de la corrupción. Legiones de abogados, peritos, inspectores, comisiones, contralores y ciertos sectores de los medios de comunicación: ¿qué sería de todos ellos sin el escándalo de turno? ¿Costa Rica sin corrupción, sin su dosis habitual de escándalos políticos? ¡Sería como suspender el campeonato nacional de fútbol durante un año! ¿De qué hablaría la gente, cuáles serían los generadores de discursividad de una sociedad adicta al morbo, aficionada a hurgar como ratas en los botes de basura?

No es el valiente, encomiable trabajo de investigación que nuestros medios de comunicación emprenden a fin de ventilar los áticos y sótanos de nuestra torva vida política lo que censuro. Es ese paradójico fenómeno farandulero mediante el cual se termina, por sobreexposición en los medios, ”glamorizando» y convirtiendo en personaje notorio a quien no es otra cosa que un chapulín de cuello y corbata. Todo aquel que aparece día tras día en las pantallas de televisión y en la primera página de los periódicos, termina -no importa cuán graves sean los cargos que se le imputan- por convertirse en vedete, en personaje folclórico, a veces incluso en héroe de algunos sectores sociales que, por falta de criterio, llegan a identificarse con él (pienso particularmente en cierto curilla, diestro como nadie en el arte de vender una imagen de mártir perseguido por los impíos de este mundo, y en un
ya legendario ladrón de carros… ¡a quien la gente pedía autógrafos por la calle!).

La corrupción se generaliza en el momento en que la economía y la política adquieren autonomía como ciencias sociales, y se emancipan de la ética, basamento -como lo señala Lévinas- de toda metafísica y de toda ciencia. Es declarado legítimo todo aquello que genera dinero y poder. Entramos, literalmente hablando, en una fase de desmoralización de la economía y la política. La una y la otra no aceptarán en lo sucesivo más que sus propias leyes. La generación de capital y el secuestro del poder son las metas, y «bueno» será declarado todo cuanto a ello propenda. En esta gravísima escisión donde economía y política se rebelan contra el primado de la ética como disciplina rectora del quehacer humano, queda preparado el terreno a toda forma de corrupción.

Como consecuencia de esta fractura epistemológica, nuestra economía y nuestra política son, hoy inherentemente corruptas. No es en esos pobres diablos a quienes de vez en cuando agarramos con las manos en la masa donde debemos buscarla corrupción. Ellos son únicamente pequeños focos de purulencia en un sistema que, al privilegiar el valor-utilidad (en el sentido economicista del término) y el valor-poder por sobre los valores éticos, no ha hecho otra cosa que transformarse a sí mismo en un enorme cadáver en avanzado estado de descomposición.

La Nación, «Página Quince», octubre de 2004.

 

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