Jacques Sagot: La tarjeta de crédito

Tengo, luego existo. Soy lo que tengo. He ahí las grandes propuestas ontológicas del hombre contemporáneo. ¡Mi esencia es una tarjeta bancaria! Los hombres son vanos y estúpidos, las mujeres ilusas y miopes, y el mundo está loco, loco, loco.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Hoy no soy un hombre. Soy un titán, un coloso, un semidiós . Hoy he recibido mi primera tarjeta de crédito. La gestión no fue mía. La debo a un pariente que, no sin alguna reticencia, me juzgó por fin apto para manipular tan delicado instrumento adquisitivo.

Entro a uno de mis restaurantes habituales, y tomo posesión de mi mesa favorita, esgrimiendo la plástica tarjeta como un caballero de la antigüedad su espada y corcel. Comienzo por preguntar si el cartoncillo en cuestión es válido en aquel establecimiento, y la mirada entre admirativa y codiciosa del mesero me da de inmediato la respuesta. El esotérico logotipo de algún banco, resplandeciendo en el ángulo superior derecho del rectángulo, es algo así como el escudo de armas que, en lo sucesivo, habrá de identificarme. Hasta ayer era yo un ser humano. A partir de hoy me he convertido en un número asociado a cierto garabato, críptico símbolo del formidable poder a mí conferido por mm banco cualquiera. En el pasado fue la heráldica de los grandes linajes europeos. Hoy son los logotipos bancarios.

El mesero hace gala de una cortesía frenética, abrumadora: va, corre, viene, se despatarra por servirme, y a cada momento parece que va a sucumbir a una apoplejía de gentileza. Me desconcierta al  principio tanta solicitud de su parte, pero pronto me doy cuenta de lo que en realidad la motiva: por fin soy considerado un ciudadano fiscalmente respetable, un «ente económico», un hombre serio», una de esas «grandes personas» con las cuales tuviera que lidiar el Principito en su sideral peregrinaje hacia la Tierra.

El mozo dialoga en Secreto con las meseras. Las niñas bisbisean, me miran furtivamente, sonríen con deliciosa coquetería, se prodigan en melindres y monerías. Lo que nunca lograron mi música y mis escritos lo desataba ahora un paralelepípedo plástico y repujado de numeritos e indescifrables recovecos. Realmente, razón había para el desencanto y el resentimiento. ¡Resultaba ahora que la tarjeta se convertía también en símbolo sexual, en detonador de la concupiscencia femenina, en informulada promesa de un poderío erótico avasallador. En el reino animal, la hembra, se siente atraída por el macho  hegemonía física sobre sus congéneres tiende a asegurar el fortalecimiento de la especie. Pero el hombre, ese ser superior, ese futuro arcángel, gloria y pináculo culo de la Creación, está muy por encima de tan groseros instintos. El dinero hace las veces de músculo, trompa, cornamenta, rugido -y falo- del homo sapiens, un bicho harto peculiar, que se las, arregló para hacer» dela cultura su segunda «naturaleza».

Triste pero cierto: mis cualidades -pues me parece improbable el no tener por lo menos algunas de ellas- no despertaron nunca más que una tibia deferencia por parte de aquellos servidores, y he aquí ahora que la misteriosa cédula parecía tener la propiedad de inducir en ellos ta masivo incremento de su capacidad de amor y admiración. Observo la tarjeta con curiosidad, y me pregunto si no estará, en efecto, investida de algún sobre natural poder que escapa quizás a  mi comprensión. Es dorada como el Santo Grial, resplandece cual arcana reliquia, los iconos en ella grabados tienen algo de místico y venerable… Me froto los ojos, y río de mi momentánea turbación. El mesero la toma con unción, la acaricia, la alza y la contempla a la luz de la lámpara de neón suspendida sobre la caja registradora. El gesto me resulta pertubadoramente familiar. Me estremezco al descubrir, en él, el mismo ritual del  que eleva el cáliz al altar, mientras musita fervorosarnente sus preces.

Estoy consternado, perplejo. Mi gastronómico placer se ha emponzoñado. La cena me sabe aquella noche a adulación, a hipocresía. Al salir del restaurante, entre las reverencias del mozo y las manufacturadas sonrisitas de las meseras, me asalta la sospecha de que no volveré a poner ahí los pies. Llevo estampa da en el rostro una amarga sonrisa -¿o será más bien una sonriente amargura?-, y no puedo menos que repetir para mis adentros las palabras inmarcesibles: «perdónalos, Padre, porque no saben lo que se hacen».

Tengo, luego existo. Soy lo que tengo. He ahí las grandes propuestas ontológicas del hombre contemporáneo. ¡Mi esencia es una tarjeta bancaria! Los hombres son vanos y estúpidos, las mujeres ilusas y miopes, y el mundo está loco, loco, loco. Me niego a aceptar que una cartulina emplasticada pueda cambiar a tal punto la percepción que el mundo tiene de mí. Río a mandíbula batiente de los sacralizadores del dinero, de esos pobres encandilados que pasan por la vida prosternándose quemando incienso en loor del Becerro de Oro. ¡Una tarjeta de crédito: vaya un título de gloria!

A esa sociedad que ahora cree saludar triunfalmente mi inserción en su absurdo sistema, le diré aquello que Gustavo Adolfo Bécquer respondiera a la mujer que venía de romper su corazón; “lo que en mi realmente valía, eso, pobre tonta, no llegaste siquiera a sospecharlo».

La Nación Tinta Fresca», setiembre de 1998.

 


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