Jacques Sagot: Larga vida a los feos

En esta vida se puede ser poesía o se puede ser poeta. Los hombres y mujeres bellos no necesitan fabricar belleza, porque ellos mismos la encaman y exhiben por doquier. La poesía no es otra cosa que la nostalgia de belleza que los feos sublimamos a través del verso

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Muchas gracias, linda Su sonrisa y amabilidad son lo que más me gusta de este restaurante.

-Estamos para servirlo, señor. No se le olvide el vuelto.

-Dígame una cosa: ¿Cuántas veces le han recordado hoy lo bonita que es?

-Usted es el primero que me lo dice desde hace mucho.

-No se lo puedo creer. ¿Tan tacaños de cumplidos son los hombres de nuestro país?

-Así como lo oye.

-Pues permítame, entonces, ofrecerle una disculpa oficial en nombre de todos mis congéneres, por la inexplicable sequía de piropos a que me la tienen sometida. Le ruego que acepte, como embajador debidamente acreditado del género masculino, mi desagravio personal por tan reprensible desdén.

-¡Usted sí que habla lindo!

-Muchas más cosas podría decirle, pero solo si usted me lo permite.

– ¡Ay, pero cómo va a creer: no solo se lo permito, sino que me encanta!

-Decirle, por ejemplo, que su piel cobriza reluce como la ambarina pátina de los flanes de caramelo, como esa deliciosa translucidez de almagre sobre la cual me gusta dibujar caprichosos arabescos con la cuchara… justo antes de pegarle el primer mordisco.

-¡Vea usted lo que hizo: ya me chillé toda! Pero no importa: siga hablando, por mí, yo feliz.

-Decirle que enredar mis manos en su pelo debe ser como hundir los dedos en la tibia y esponjosa miga del pan fresco, en esa acogedora blandura del trigo hecho hogaza, hecho liturgia y comunión.

-Siga por favor. Lo que soy yo me quedo con usted todo el día:

¡cuidado se le ocurre parar!

– Decirle que en ese maravilloso huequito que tiene usted sobre el labio superior vino a anidar una trémula gotita de sudor, y que esa perla, ese capricho de alquimia mineral basta para perdonarle al verano toda su inclemencia, sus sequías, su ensañamiento contra la piel de nuestro pobre país.

-¿Puedo sentarme con usted?

-¡Vaya pregunta! Engaláneme con su compañía, y déjeme compensarla por todas esas cosas bonitas que deberían haberle dicho, y que por pura avaricia o falta de imaginación le han negado.

-¡Ay señor, si todos fueran como usted! Pero siga, que cada vez que habla me brinca el corazón.

-Decirle que en el infierno tendrán que formar una comisión especial para instituir un nuevo suplicio destinado a castigar la infinita voluptuosidad que el cimbreo de sus piernas en mí ha desatado.

-¿De veras?

-Ninguno de los tormentos tradicionales bastaría para reprender los placeres que mi imaginación en este momento concibe: tu tortura inédita deberá ser para tal efecto creada.

-¿Le puedo pedir una cosa?

-¡Todas las que quiera: soy su caballero, su más devoto paladín, y estoy aquí para devolverle con una reverencia el pañuelo que usted deje caer.

-¿Usted me haría el favor de escribirme todo lo que ha dicho?

-¡Eso y mucho más! De inmediato tomo papel y lápiz,y procedo a…

-Debo sin embargo decirle que noes para mí… esteee… es para mi novio. ¿No se enoja, verdad?

-¿. S-su n-novio…?

-Sí. Es que viera que él es muy tímido, y nunca me dice cosas bonitas. Lo que yo quiero es que él aprenda cómo es que a mí me gusta que me hablen.

-Yo… er… creía que… es decir… ¡si seré estúpido! ¿Y me puede usted decir qué hace su novio?

-Es surfista, instructor de taekwondo, capitán del Indoor Hockey Club, ¡y además está estudiando aeróbicos y fisiculturismo en… en… pues en alguna de esas universidades! El es guapísimo, yo lo adoro, pero a veces no sé… como que no le gusta hablar, y nunca me dice cosas románticas.

-¡Lo que usted me está pidiendo es que yo haga aquí las veces

de Cyrano de Bergerac!

-¿Sir Ano de qué?

-Nada, olvídelo.

-¡Pero eso sí, escriba los piropos exactamente tal y como me los viene de decir: con todo el corazón!

-El corazón me lo acaba usted de arrancar. Puedo quizás escribir con el hígado, con la próstata, con el páncreas, con alguna de esas vísceras feas y desprestigiadas, ¡pero no con el corazón!

-Por favor, sea bueno: ¿no quiere usted hacerme feliz?

-Sea. Yo le dicto y usted escribe. Démosle pues: «Yo, mi dulce niña, podré no ser surfista, pero mi palabra tiene el don de desatar oleajes, marejadas, maremotos que ni siquiera su novio, con toda su pericia, sería capaz de jinetear. Sin embargo, es él, y no yo, quien estará mañana haciendo cabriolas sobre la cálida pleamar de su cuerpo. . Cyrano, Quasimodo, Rigoletto: en honor de vuestras jorobas y narizotas, alzo aquí mi copa. ¡Larga vida a todos vosotros, hermanos y cofrades! ¡Feos de este mundo: yo os absuelvo!» Punto final.


La Nación, octubre del 2000

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box