Jacques Sagot: Las manos de mi madre

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Las manos de mi madre son dispensadoras de vida.  No fueron hechas para crisparse, ni replegarse avaramente sobre sí mismas.  El gesto que niega es incompatible con su actitud de permanente dación.  Los dedos contraídos, las falanges transformadas en nudos de corteza reseca y el tibio valle de las palmas en férreo calabozo, las uñas que se hincan en la carne como la rapiña que se devora a sí misma… todo ello es ajeno a su cálida y blanda topografía.

Son manos que huelen a mansedumbre y a surco labrantío, manos capaces de voltear una montaña tanto como de bordar la más exquisita filigrana.  Son tan telúricas, tan profundamente terrestres, que las estaciones parecen tener sobre ellas la misma potestad que ejercen sobre la naturaleza.  La lluvia que libera los perfumes de la tierra les confiere un aroma extrañamente agreste, mientras que al llegar el verano huelen a sol, y se llenan de esa rubia luminosidad del almácigo y las resinas doradas.

Nunca las vi enguantadas ni enjoyadas, porque la mano que crea no quiere convertirse a sí misma en obra de arte.  El cincel conoce bien su misión, y no reclama para sí el pedestal que habrá de engalanar a la estatua.  Las manos de mi madre son fraguas divinas, gubias que sin cesar trabajan la carne y la tierra, calderas donde hierve la vida y fermenta el gozo de ser.  Siempre rechazaron el manicuro y las pinturitas de boudoir. Porque mi madre no es una señora fufurufa, y el olor a vergel, a retoño, a hierba húmeda, a sándalo y miel silvestre constituye su única concesión a la belleza cosmética.  ¡Ella con manicuros!  ¡Sería como colgarle piruchos a una soberbia iglesia románica, o pintarle churretes de colores a una orquídea salvaje!

De niño yo creía que las manos de mi madre eran las grandes regentes del sol y de la luna.  Eran ellas las que me hacían dormir y me devolvían a la vida tan pronto despuntaba la mañana.  Demarcaban mágicamente los ciclos del sueño y la vigilia.  Montaban guardia a las puertas de la noche, y cantaban al alba con la húmeda resurrección de la luz.  Disipaban los malos sueños, aplacaban el dolor, arrullaban, consolaban, y tenían el demiúrgico poder de recrear el mundo cada día para mí solo.  Una caricia bastaba para vencerme, y entonces me disolvía dulce, insensiblemente, como las dormilonas, que se acurrucan pudorosas con un roce no más de su retráctil corola.  Y eran también esas manos las que me hacían nacer con el rocío, y me invitaban a vivir el maravilloso estupor del nuevo día.

En ellas reconozco la tersura al tiempo que la tremenda reciedumbre del mármol.  Cierto que algunas veces tuvieron que reprender, pero con mucho mayor frecuencia las vi perdonar y recompensar.  Al mirarlas pienso en esas portentosas manos de Rodin, donde la ternura no es sino el anverso de la más titánica fortaleza.  Evoco, por ejemplo, La mano de Dios, La Catedral o El Secreto, y descubro que de las manos de mi madre puede decirse lo mismo que Rilke señalaba en tan egregias esculturas: “Hay en la obra de Rodin manos independientes que parecieran palpitar con vida autónoma, y que sin pertenecer a cuerpo alguno son entes animados, completos en sí mismos y, casi diríase, capaces de inteligencia y sensibilidad propias”.

Las manos de mi madre son un misterio hondo e inescrutable como el pozo de Demócrito.  Tienen la compleja sencillez de un adagio de Mozart, la sencilla complejidad de un verso de Machado.  Son elementales e irreductibles.  Añadirles cualquier cosa implicaría adulterarlas.  Podemos contemplarlas, leerlas, intuir en su forma el alma que las anima y el espíritu que en sus palmas anida, pero intentar arrancarles su secreto será siempre empresa vana.  Cuando pienso en lo que ha sido la vida de mi madre me doy cuenta de que posiblemente nadie en el mundo tendría tantas razones como ella para llorar.  Y sin embargo, su risa es clara, franca, diáfana, un cascabeleo sin fin, una campana de cristal en el silencio de la tarde azul y grana.

Egoísta como soy, prefiero mil veces que ella me pierda a mí antes que perderla yo a ella.  Por cierto que si así sucediese, la Muerte tendrá que arrullarme con manos tan cálidas y pacificadoras como las suyas, porque de lo contrario me negaré a dormir, y altivo le espetaré: “¡Vete al diablo, vieja famélica, que caricias infinitamente más dulces que las tuyas me han prodigado, y tus manos no tienen, como las de mi madre, el don de desatar el azul enjambre de los sueños ultraterrenos!”

Sobreviviente de mil tempestades y otros tantos naufragios, mi madre vive hoy en día en una pequeña finca que ella ha transformado, como todo en su vida, en mágico jardín, fronda llena de trinos, fragancias y colores insólitos.  Ahí desenhebra la lenta devanadera de sus apacibles horas, regadera en mano, en medio de sus plantas y pájaros, sonriente y serena como una deidad floral (un poco gordita, quizás, para encarnar a la diosa itálica Flora, pero no por ello menos radiante).

-“¿Cómo puede alguien pasarse todo el santo día regando matas?” -le pregunté un día de estos, no sin cierta exasperación-.

-“No sé, es algo muy raro, pero vieras cómo gozo haciéndolo.  Siento que así estoy dando vida” -respondió pensativa-.

Y yo no pude menos que decirme: dar vida, he ahí la consigna que retrata a mi madre en cuerpo y alma.  Una mujer con vocación de vida. Vocación de vida en medio del dolor y de la muerte.   Vocación profunda e irrenunciable.

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