Jacques Sagot: Libro-vida

Nada hay en el mundo tan bello como un libro.  Mi relación con estas criaturas es intelectual al tiempo que sensual: las huelo, las contemplo, les acaricio el lomo.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Un libro no es una cosa, no es un artefacto, no es un utensilio. Sostener lo contrario sería como decir que un piano es un mueble, la Mona Lisa un emplasto de pigmentos pictóricos o el David una simple configuración marmórea. Un libro es -le robo aquí la definición a Lévinas- «un modo del Ser». Alguien un poco más hiperbólico y logocéntrico que yo (¿existe tal espécimen?) diría, quizás,parafraseando a tantos pensadores del pasado, que el Ser es el Libro: así, con mayúsculas.

Nada hay en el mundo tan bello como un libro.  Mi relación con estas criaturas es intelectual al tiempo que sensual: las huelo, las contemplo, les acaricio el lomo. Algunos sostienen por ahí que la moderna tecnología hará pronto de ellas un mero vestigio arqueológico. Ya lo veremos . Tal cosa no parece plausible cuando, para aprender a manipular nuestros nuevos fetiches tecnológicos, necesitamo s una tonelada de manuales -es decir, una bibliografía- que no hace sino proclamar irónicamente la imprescindibilidad del libro.

Todo libro es, en esencia, un juego de ausencias y presencias. El libro perpetúa la voz del autor al tiempo que lo asesina: la «desaparición elocutoria del poeta» (Mallarmé), la «muerte del autor» (Foucault). El autor se evapora en su discurso, evanesce tras su obra. Toda palabra escrita es testamentaria, un sucedáneo de quien la profiriera, la traza de alguien que no está presente. Leer es siempre dialogar con un muerto o con un ausente. Si el lector sabe auscultar los intersticios del texto, su interlocutor in absentía le responderá. Doy testimonio de ello porque lo he vivido. Es cuestión de saber leer… y luego escuchar.

Como bien lo sugiere Derrida, la palabra hablada (nuestra cultura es esencialmente fonocéntrica) es presencia. La palabra escrita implica un coeficiente mucho mayor de ausencia. El lector establece con el escritor una conversación que es, al decir de Unamuno, un «monodiálogo». Quien habla con un ausente, ¿habla solo? El «monodiálogo», ¿es mero autismo, solipsismo engendrador de fantasmas? No lo creo. Los libros están habitados por voces. Voces inmanentes al texto, pero que al mismo tiempo lo trascienden, puesto que son capaces de encontrar el camino a casa -nuestros corazones- a través del tiempo y del espacio.

Si la arquitectura es música congelada, quizás el libro no sea otra cosa que pensamiento cristalizado. Pensamiento susceptible, eso sí, de devenir nuevamente fluido a través de la infinidad de interpretaciones que el texto suscita en sus lectores. Todo libro es inagotable, objeto de exégesis eterna, esfinge indescifrable que no termina nunca de libramos su secreto. El libro es un trasunto del Infinito.

También la vida es libro, el más terrible y enigmático de todos. En primer lugar, porque no es posible vivirlo al tiempo que interpretarlo (para leer nuestra vida tenemos que ponerla momentáneamente entre paréntesis): «existo cuando no pienso», decía Lacan. En segundo lugar, porque no tenemos la posibilidad de volver a la página en que fuimos felices, si no es mediante esa pálida relectura que llamamos recuerdo. En tercer lugar, porque, como lo sugiere Lamartine, no sabemos si la página a que estamos a punto de retomar será precisamente la página de nuestra muerte -y cada una de ellas tiene la potencialidad de serlo-. Finalmente, porque cualquiera que sea nuestra trayectoria vital, podemos estar seguros de que el libro de nuestra vida será un opus inconcluso, lleno de personajes a quienes no diremos adiós, de diálogos truncos, de sueños abortados.

Nos escribimos a nosotros mismos. Somos autores y protagonistas al tiempo de una novela que no decidimos libremente emprender, y que no podremos tampoco firmar. Pero entretanto hay que escribir la vida, vivir la escritura -vécrire, como dice Camus, fusionando ingeniosamente los verbos vivre y écrire-. Y por encima de todo, aceptar que cada uno de nosotros no es más que una palabra -¿o acaso un simple fonema?- en la infinita metanarrativa de la Creación.


La Nación, «Página Quince», noviembre de 2004

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