Jacques Sagot: Llorar juntos

"De la amiba a la conciencia se asciende por una escalera de llanto. Y esto que ya lo saben los biólogos lo discuten ahora los poetas. Han llorado la almeja y la tortuga, el caballo, la alondra y el gorila... Ahora va a llorar el hombre. El hombre es la conciencia dramática del llanto." León Felipe

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Los Ángeles, noviembre de1991. Las noticias reportan conmoción general en un suburbio de esta ciudad, cuando un grupo de señoras boicotea la creación de un albergue para los enfermos del SIDA, obra del programa de servicio social de una de las iglesias locales. El propósito de tal institución, según lo refiere su director, era el de ofrecer atención médica y confortación moral a aquellas personas que atravesaban la fase terminal de la enfermedad, y cuyas limitaciones económicas les vedaban el acceso a hospitales privados. Las damas en cuestión adujeron que el establecimiento confería una mala reputación al vecindario, y acarreaba la inevitable depreciación de sus propiedades. Las airadas señoras resultaron por demás pertenecer – ¡oh indecible ironía!- a todos los clubes filantrópicos de la alta sociedad angelina. En vano apeló el director a los conceptos universales de la caridad y la solidaridad, en vano insistió en la índole no sólo letal, sino además atrozmente onerosa de la enfermedad. A dos meses escasos de su inauguración, el juez distrital sentenciaba irrevocablemente la clausura del establecimiento.

Apenas puedo pensar en un concepto tan desvirtuado hoy en día como el de la compasión. Se le suele tener por un sentimiento incómodo para quien lo experimenta, y denigrante para la persona a quien va dirigido. Pero la etimología del término, tal y como la examina Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida, apunta a algo muy diferente. Compadecer significa padecer con, sufrir con, es decir, compartir en nuestra propia carne el dolor del prójimo. Sacrificio supremo y responsabilidad cimera, muy poco afines a la «caridad» de esas señoras ricas, que creen poder comprar la vida eterna «en cómodas mensualidades», con un diezmo por aquí y una limosna ocasional por allá.

La naturaleza del ser humano es tal, que el dolor compartido se convierte en medio dolor, mientras que la felicidad compartida se transforma en doble felicidad. Nada une tanto a los hombres como el sufrimiento: es esta una verdad de la que cualquier pueblo martirizado, cualquier raza segregada, cualquier secta perseguida puede dar testimonio. Del dolor común brota la solidaridad, es decir, la capacidad de los hombres para sufrir juntos y trascender, por un momento siquiera, el nauseabundo calabozo de su soledad radical, lo que Fromm llamaría «el drama de la separatidad existencial». Esto, y no otra cosa es la compasión, tan próxima al amor que casi podría decirse que son lo mismo; tan inherente al ser humano, que únicamente las más desnaturalizadas de las criaturas podrían desconocerla.

Los hombres, que han institucionalizado y ritualizado el acto de reír, comer, jugar, y aún orar juntos, no han aprendido, por el contrario, a llorar juntos. Si la risa es un fenómeno eminentemente social, el llanto es, en cambio, el más solitario de los actos, el momento íntimo por antonomasia. Es una verdadera pena, porque si hay algo en nosotros que merecería ser compartido son, precisamente, las lágrimas. Acaso así nos daríamos por fin cuenta de que, de una manera u otra, quizás todos lloramos por lo mismo. (Kodály describe, en su estudio sobre la música autóctona magyar, cómo los cementerios de las aldeas húngaras se convertían en auténticos órganos cuando el lamento colectivo de los campesinos reverberaba, durante el día de los muertos, entre las paredes del camposanto. Tal práctica es, sin embargo, excepcional en las culturas occidentales.)

Nada en el mundo merece tanto respeto como el dolor humano. Todo lo demás es secundario, intrascendente, mera frivolidad. Es lo que comprendieron espíritus como San Francisco de Asís, Albert Schweitzer y la Madre Teresa de Calcuta. Es lo que quizás jamás comprenderán las filantrópicas damas de cierto condado angelino, donde un sueño de amor y solidaridad fraternal venía de ser hecho trizas.

Y no pude menos que evocar a aquel altivo príncipe del cuento de Poe, que para burlar a la «Muerte Roja» -la peste que a la sazón desolaba sus dominios-, se atrincheró en su fortaleza inexpugnable, y se entregó al frenesí de una eterna mascarada con sus cortesanos favoritos, mientras afuera el pueblo agonizaba a las puertas de palacio. Y ahí creyó haber encontrado la seguridad y el olvido… hasta que un día cualquiera la muerte descubrió la forma de infiltrarse en su pequeño, hermético mundo de oropel, antifaces y risas vanas, congelándolo todo al soplo de su hálito fatal.

Porque quien le vuelve la espalda al dolor del prójimo se vuelve la espalda a sí mismo, y quien camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio entierro.


La Nación, «Página Quince», febrero de 1996.

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