Jacques Sagot: Mundo de pasarela

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Todo hoy en día es pasarela.  Vivir es exhibirse, es ser para los demás. Vida social desprovista de interioridad. Superficie pura, relumbrón, máscara, universal glorificación del atuendo -y no olvidemos que la desnudez también lo es-. La pasarela no representa ya un espacio circunscrito a la coyuntura específica del espectáculo.  La pasarela define la naturaleza misma de nuestra vida social.  Pasarela es el mall, los festejos populares, la discoteca, el cafetín de moda, el pretil universitario, el estadio, la iglesia…  Pasarela es todo espacio de interacción social: abrir la puerta de la casa significa ser lanzado a trompicones en la multitudinaria pasarela urbana.  Sociedad espectacular, en el sentido en que la define el gran pensador francés Guy Debord, esto es, que vive de, por y para el espectáculo.

Más que nunca, este huero estilo de vida justifica el aserto sartreano según el cual el infierno es la mirada de los demás (es el punto axial de su obra A puerta cerrada).  Como bien se preocupa de aclararlo, Sartre no dice que la mirada humana sea inherentemente infernal.  Es la mirada cosificadora, la mirada con la que un sujeto nos convierte en objeto, en materia pasiva y desprovista de autonomía ontológica.  Esa mirada que olvida el dictum agudísimo de Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”.  Exiliados en la pasarela, los seres humanos no podemos establecer ese equilibrio de las miradas que demarca nuestro perímetro ontológico.  Esa mirada que nos dice “hasta aquí llegas tú, de aquí en adelante comienzo yo”.  Exhibido en la pasarela, el ser humano se ve vulnerabilizado, fragilizado: no puede establecer una relación equipotencial con quienes lo miran, juzgan, evalúan, miden, ponderan, comparan.

Mundo de mirones, de atisbadores, de peritos autoproclamados de la moda, del físico, de la simpatía, del look.  Nos cuelgan de la espalda -sin que siquiera- lo sospechemos los rotulitos que en lo sucesivo definirán nuestro lugar en la fatídica taxonomía cosmética, en la “cadena trófica” de la belleza y el glamur: o sos un “rico” (también se usa el apócope “sabro”), o alineás con los “cueros” (en los más severos círculos se les llama “fetos”).  No hay escapatoria.  Los reflectores están encendidos, el público -un público de circo romano, cruel y canallesco- farfulla su irrevocable veredicto, y los miembros del jurado alzan ya sus numeritos. Somos cuantificables: un coeficiente de belleza, ínfimo o descomunal, pero cantidad al fin.

Van y vienen; dando bandazos a babor y a estribor, las glamorosas modelos sobre el estrado que pareciese prolongarse hasta el infinito. Son íconos, héroes culturales, deidades paganas…  Modelos que son, irónicamente, anti-modelos en todos los aspectos de sus pseudo vidas de maniquíes animados.

Tienen más espacio en los medios que los premios Nobel, que los próceres de la patria y los mártires del mundo entero.  ¿Más espacio, dije? ¡Vaya inexactitud: tienen todo el espacio!  Son ubicuas, omnipresentes como Dios (o por lo menos, dotadas de la facultad de bilocación).  Emergen del misterioso umbral donde se fragua la belleza, y luego se ocultan a la manera del Ser de Heidegger (la noción de la aletheia: el Ser mostrándose y eclipsándose coquetamente).  Angulosas esfinges, pasan por la vida infligiéndole al mundo sus golpes de cadera, flagelándonos con su altivez y sus faranduleros desplantes.

Y como por arte de birlibirloque, el día menos pensado son actrices galardonadas, poetas, prima ballerinas, diplomáticas, jefes de Estado…  ¡Y ante esto tenemos que prosternamos!  Por supuesto que nuestra juventud -¿cómo habría de ser de otra forma?- las toma como objeto de emulación. Modelos que son, literalmente hablando, modelo de millones de seres en busca de rostro.  Más que nunca en la historia, la sociedad nos “esculpe” y “cincela” desde afuera, de manera aferente, lo sepamos o no.

En un centro comercial notorio por sus bailongos, cantinas y generalizado estrépito, tuve reciente ocasión de confirmar este sentir.  Eran batallones de jóvenes, marejadas humanas las que ahí se estrujaban.  Frenética pululación de Ricky Martins, Shakiras y Lady Gagas clonadas y recicladas ad nauseam.  Los mismos aretitos, las pancitas peladas, las mechitas iridiscentes, los -¡oh, tan primorosos!- tatuajitos que constituyen la actual indumentaria guerrera de la tribu.  Todos han agarrado ya el andadito de pasarela, y ese mirar entre sulfuroso y nonchalant de la vedette de almanaque.  ¡Ah, si pudiesen verse a sí mismos, los pobres!

Y yo me pregunto: ¿qué es lo que por definición se exhibe, lo que se ofrece permanentemente, aquello que solo es concebible en ese modo específico del existir que es la imagen?  Y me doy las siguientes respuestas: la mercancía en su fluorescente vitrina, los costillares, perniles -¡y sobre todo los cuadriles!- en la carnicería, el ganado vacuno en las ferias ganaderas, los esclavos que en la Roma imperial se cotizaban en función de los bíceps y del estado de la dentadura.

La vitrina, la pasarela y el espacio mediático son condición ontológica de la mercancía, son su horizonte de posibilidad.  Lo que no se exhibe no se vende, y los hombres no escapan a tal axioma.  En un mundo de mercaderes, también el ser humano es mercancía.  A decir verdad, lo ha sido siempre, pero nunca con la aterradora eficacia promocional de nuestros días.  No comencemos siquiera a hablar de dignidad y de autonomía, amigos, hasta tanto no hayamos hecho añicos el universal escaparate del que hoy por hoy somos residentes.  No hablemos de derechos humanos: somos presidiarios en una cárcel de máxima seguridad, galeotes cuyo único derecho y deber es desear, desear, desear; adquirir, adquirir, adquirir; y desechar, desechar, desechar…

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