Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Marvin Araya es mi amigo.  Es hermoso poder decirlo.  Así que lo repetiré: Marvin Araya es mi amigo.  En honor a la verdad, he sido bendecido por Dios en el departamento de mi vida que podríamos designar “Amigos”.  Los he tenido de primerísima línea.  El Real Madrid de los amigos: todos son cracks, “galácticos” y súper novas de la amistad.  Y entre ellos, Marvin es titularísimo, e integrante permanente de mi alineación oficial.

¿Por qué?  Porque es un buen ser humano.  Porque es humilde, paciente, generoso y solidario.  Porque es sensible e intuitivo.  Y claro está, porque es un musicazo.  Un artistazo, sí.  Marvin dirige una ópera; dirige un musical; dirige una zarzuela; dirige un ballet; dirige una velada de danzones, mambos, boleros, rumbas, cumbias, chachachás y guarachas de la Sonora Santanera; dirige coros; dirige a Armando Manzanero; dirige un festival de baladas románticas de José José; dirige un homenaje a los Beatles, dirige estupendos conciertos de música de cine (magníficas concepciones de Rota, Morricone, Herrmann, Williams, Steiner, Schifrin, Rosza, Bacalov, Horner, etc); dirige conciertos didácticos; y dirige, con igual donaire, piezas tan demandantes como la Cuarta Sinfonía de Chaicóvski, Los pinos de Roma de Respighi, las suite del ballet Estancia de Ginastera, las Danzas polovetsianas de Borodin, la Obertura Festival de Shostakóvich, o el contrapuntísticamente complejo Preludio de Los Maestros Cantores de Nürmberg de Wagner.  Es un músico ecléctico, absolutamente universal.  Un músico “de amplio espectro”.  Pero es también un gran pedagogo (tiene bajo su batuta a la Orquesta Sinfónica Juvenil), y uno de los más providenciales empleadores de músicos de nuestro país, merced a esa formidable quimera devenida realidad que es la Filarmónica, -su Filarmónica, pues él es el padre de la criatura-.

Hay cuatro tipos de artistas.  Los que tienen talento pero carecen de talento para venderse a sí mismos.  Lo que no tienen talento pero poseen talento para venderse a sí mismos.  Los que no tienen talento y tampoco poseen talento para venderse a sí mismos.  Los que tienen talento y poseen el talento para venderse a sí mismos.  De estas cuatro configuraciones, solo la última es eficaz y puede garantizar una carrera artística brillante y sostenida.  Marvin pertenece, por supuesto, a esta categoría.

Por otra parte, es un clarinetista egregio.  Su largo, sinuoso solo en el movimiento lento de la Segunda Sinfonía de Rajmáninov, representa uno de los grandes momentos en la historia de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional.  En este pasaje, Marvin emerge momentáneamente como solista, con uno de los más bellos temas que se le hayan ocurrido a compositor alguno en la historia de la música.  Lo recuerdo, cuando ambos éramos apenas frailecillos al servicio de nuestro arte, interpretar el Concierto para Clarinete y Orquesta de Mozart, allá en la iglesia de Santo Domingo de Heredia.  Fue formidable.  A la sazón era un pibe de -a lo sumo- 25 años de edad.

He tenido el gozo y el privilegio de colaborar con él muchas veces, en calidad de solista, con la Rhapsody in Blue de Gerswhin (que interpretamos dos veces en Costa Rica, en los años 2003 y 2005), y el Primer Concierto de Chaicóvski (que hemos tocado con la Orquesta Sinfónica Juvenil en Costa Rica -años 2000 y 2022- y en varias ciudades de España -año 2000-).  Resulta deleitoso, tocar con un director tan flexible, tan musical, tan elástico… es plastilina musical: se adhiere a cualquier superficie y adopta transitoriamente su forma.  Es un acompañante excelso.  El sueño de cualquier solista.  Con él el carácter dialógico de la música concertante adquiere pleno significado.  Sabe seguir al solista, respirar con él, mirarlo cuando es necesario el eye contact.  Por otra parte, tiene sobre sus orquestas un don de liderazgo natural.  Lo respetan y quieren porque es autoritario, pero no autoritarista.  Lo respetan y quieren porque sabe darse a respetar y a querer: es así de simple… y de complejo.  El respeto y el cariño son cosas que se inspiran, no se imponen o extorsionan.

Marvin es el responsable de algunas de las más bellas vivencias musicales de mi vida.  Nuestra relación siempre ha sido entrañable, y la música no ha hecho otra cosa que unirnos más.  Y como si todo esto fuera poca cosa, Marvin tiene además a guisa de novia a la más bella mujer de la Concacaf (aunque esa es una razón por la que tiendo a quererlo menos, mezquino y envidioso como soy).

Es crucial que Costa Rica comprenda la clase de artista que tiene en la figura de Marvin Araya.  Es crucial que lo valore, lo justiprecie, lo honre como él lo amerita.  Él no necesita mis elogios.  En realidad, he escrito este testimonio más por mí que por él.  Lo he escrito porque sé que el que honra a quien honor merece, se honra a sí mismo.  Por lo demás, mis palabras no van a añadir una molécula a esa gloria que ha ganado en la más pulcra y justa de las lides.  ¡Pero qué gozo tan grande derivo del simple hecho de reconocer su grandeza y su exuberante talento!  ¡Es bello, proclamar y celebrar las aptitudes y excelencias de los demás!  ¡No comprendo por qué a alguna gente se le hace tan difícil ejecutar esta sencilla y gratificante operación!  Deploré hondísimamente no haber podido acompañarlo en el concierto coral y orquestal que dirigió el viernes pasado.  Un compromiso previamente adquirido me lo impidió.  Pero ya me sobrará tiempo y palmas para escucharlo y aplaudirlo (les confiaré un secreto médico y profesional: el aplauso provoca la ruptura de eritrocitos en las manos, y genera una hiperoxigenación de la sangre, es por esto que resulta tan grato y euforizante).

Padre ejemplar, abuelo alcahuete y chineador, Marvin es un maravilloso ser humano, desde cualquier ángulo que se le contemple.  Además de sus mil capacidades, es un virtuoso de ese complejo arte que es la amistad.  Mi deseo más vehemente es que Dios me conceda vida y salud para seguir haciendo música con él.  De nuevo: es una bendición -en el sentido rigurosamente teológico del término- tenerlo como amigo y como colega.  Y poderle decir públicamente: “compañero, te quiero profundamente porque eres un alma diáfana y noble, porque tu cercanía me ennoblece y dignifica, porque -avezado ebanista- sabes extraer lo mejor de mi madera humana, y de cualquiera que sea el grado de talento musical que natura me haya deparado”.

Queda dicho.  Queda testimoniado.  Queda rubricado y apostillado.  Queda grabado en el bronce.  Es un sentir para siempre.

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Por Jacques Sagot

Pianista, escritor, cuentista, columnista y ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge, entre otros reconocimientos.