Jacques Sagot: Para volver a creer

Fue entonces que vi, al final de la ruta, el sol de enero emerger por fin de la tierra, como una promesa lejana y radiante.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Houston, enero de 1995. Una marejada de vehículos fluye con lentitud de magma volcánico a todo lo ancho y largo de la autopista. Atascado a veces y otras virtualmente arrastrado por la corriente, no era yo sino un glóbulo más en aquella arteria colosal, cuyo caudal de automóviles irrigaba noche y día el corazón de la gran metrópoli. Son las siete de la mañana y el sol no despunta todavía. La ciudad yace amortajada en el frío de un invierno singularmente insidioso y melancólico. El tránsito se ha detenido, y todo parece indicar que soy presa de un embotellamiento de magnitud verdaderamente cósmica. Para sacudirme el sopor que comienza a embargarme, enciendo la radio, y me entrego displicentemente ala primera emisora que me sale al paso. Es el noticiero matutino. «Nuestras tropas seguirán incólumes, defendiendo Sarajevo con heroísmo e hidalguía » -declara en ese momento el General Mladic, comandante en jefe de las fuerzas armadas serbias. Era lo único que me faltaba para terminar de avinagrar el prospecto de día que tengo por delante.

Extraño concepto del heroísmo, el del General Mladic, que consiste en dar muerte premeditada a más de diez mil civiles, la mitad de ellos niños y jóvenes, durante los tres cruentos años de asedio a la capital Bosnia. Todavía ayer, sus nobles hidalgos bombardeaban con ensañamiento el centro de la que alguna vez fuera una de las ciudades más bellas de Europa, asesinando a seis civiles e hiriendo a tres más. Para no hablar de los recientes asaltos nocturnos a Butmir, cuyo número de víctimas aún se desconoce. Porque los héroes del General Mladic prefieren, al parecer, abalanzarse en medio de la noche sobre los niños y mujeres que duermen, como una horda de hienas, como un enjambre de íncubos y demonios regurgitados por las fauces mismas del infierno.

Fecundo en toda suerte de ardides, el General no vacila en echar mano de tácticas bien aprendidas en la añeja tradición genocida nazi. Uno de sus trucos favoritos consiste en fingir un cese provisional del fuego, para luego caer con toda la furia de su artillería sobre los indefensos civiles que salen, perplejos y tambaleantes, a la calle. Otra de sus tretas consiste en cortar los suministros de agua, a fin de obligar a sus víctimas a abandonar, como ratas envenenadas, sus escondrijos, y así poder acribillarlas a placer. Pero nada supera en heroísmo la táctica consistente en utilizar niños y mujeres a guisa de rehenes, para forzar la rendición delos frentes de resistencia. ¡Qué nobleza, qué caballerosidad, qué honor de guerrero el del General Mladic!

Y no pude más. De un perillazo me deshice del noticiero matutino y su aciaga letanía de atrocidades. «El mundo está enfermo» -pensé, parafraseando a Mafalda. Me dolía la cabeza y comenzaba a sentir una náusea y un abatimiento profundos, a los cuales se mezclaba un sentimiento radical de intolerable vergüenza. Vergüenza de pertenecer al linaje humano, la especie zoológica más perversa, estúpida y deletérea que jamás plagará la faz de la tierra.

A unos pocos megahercios de distancia de la ríspida voz del General Mladic, otra emisora estaba transmitiendo la Primera Sinfonía de Brahms. No puedo decir que la música, en el estado en que me encontraba, me haya lanzado de inmediato en un estado de total euforia, pero no hay duda de que poco a poco, de manera casi imperceptible, las armonías de Brahms se fueron abriendo paso hacia mi corazón, como un bálsamo divino, como una infusión de energía y optimismo. Y al estallar por fin en los metales el himno triunfal con que Brahms corona su monumental fresco sinfónico ¡Fiat luxl, sentí que me había reencontrado a mí mismo lo que es más importante, que me había vuelto a poner en contacto con lo mejor de la naturaleza humana.

De pronto volvía a creer en el hombre. Porque mientras exista el testimonio de una música así, resulta imposible perder por completo la fe en el ser humano. No importa cuán bajo caigamos, basta la revelación trascendente de la belleza para recordarnos nuestra original filiación con lo divino, nuestra innata vocación por lo excelso. Cierto que mi bienaventuranza no duraría probablemente más que unos instantes, pero ¡qué instantes! Cierto que al diluirse el éxtasis la fealdad del mundo estaría siempre ahí, abrumadora y omnipresente, pero ¿no es acaso toda revelación, en virtud de su misma intensidad, fugaz e irrepetible? Un relámpago apenas en medio de la perenne tiniebla que nos rodea, pero un relámpago que mientras refulge alcanza a iluminar hasta los últimos confines de la noche: eso es la belleza.

El estentóreo bramido de un claxon me arrancó brutalmente de mis ensoñaciones, y me percaté de que la hilera de carros comenzaba de nuevo a moverse, con la lenta inexorabilidad del deshielo. La autopista se dilataba infinita, rectilínea, hasta perderse en el horizonte, y mientras me abandonaba dócilmente a la corriente, pensaba hacia dónde se dirigirían todos aquellos seres atribulados. Fue entonces que vi, al final de la ruta, el sol de enero emerger por fin de la tierra, como una promesa lejana y radiante.

La Nación, «Página Quince”, diciembre de 1995.

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