Jacques Sagot: Poder real y poder ilusorio

Lo sepan o no, la verdad es que los hombres buscan el poder porque quieren ser amados. No se dan cuenta de que los términos de la ecuación deben ser invertidos: es el amor el que nos hace poderosos, no el poder el que nos hace ser amados -aunque la adulación y la zalamería estarán, por supuesto, a la orden del día-.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

El único poder humano que reconozco y ante el cual depongo gustoso mis armas es el del talento. La única aristocracia que respeto es la del espíritu. Hay una diferencia radical entre el poder simbólico y el poder real. El militar, el político, el monarca ejercen por igual un poder puramente nominal. El creador cuenta, en cambio, con el mayor poder de que el ser humano es capaz: el poder que confiere el talento.

Suele suceder que cuanto menos talento real tiene un hombre, más desesperadamente codicia el poder político, la mera investidura desprovista de sustancia, el mascarón de proa que disfraza el escasísimo calado del buque. El hombre que escribe La Divina Comedia o compone la Missa Solemnis no necesita participar de la obscena pugna por el poder político -rebatiña de gallinas disputándose la hegemonía del corral- . Los presidentes, cónsules y primeros ministros están ahí por cuatro años. El artista es artista toda su vida. Su poder es su esencia misma, y su talento le sobrevivirá cuando aquellos que creyeron ostentar el «verdadero» poder a golpes de imagen no sean ya más que una nota a pie de página en los libros de historia.

En el Cementerio Pere Lachaise, en el corazón de París, la humilde tumba de Chopin está rodeada de los más prosopopéyicos mausoleos: generalotes, politicastros, reyezuelos y señorones de nombre altisonante: ¡vayan ustedes a preguntar quién, hoy en día, se acuerda de ellos! Lo único que de su gesta queda es la pretensiosa monumentalidad de sus tumbas: cuanto más aparatoso el mamotreto, más olvidado está el pobre residente. Resta apenas la evidencia de su patética vanidad, esa vanidad de la cual el tiempo parece burlarse: no es con mármol, placas y epitafios que se le roba la espalda al olvido. El bribón de Chopin, en cambio, goza de mejor salud que nunca en la memoria de los hombres.
Cuando la lucha se libra en la arena del poder transitorio, de la imagen y la investidura, la gloria está destinada a caer con la misma velocidad con que caduquen aquellos valores históricos que le son concomitantes. Sólo el verdadero talento trasciende el tiempo: por más que le duela a Luis XIV, son Moliere, La Fontaine, Racine, Corneille y Lully quienes constituyen lo mejor de su reinado, y no ciertamente sus estrambóticas pelucas. Y al evocar lo mejor de la cultura helénica, no es precisamente en Pericles -estadista y orador por demás admirableen quien pensamos, sino más bien en Sócrates, Platón, Aristóteles, Fidias y Praxíteles.

Rara vez veremos a un creador auténtico deponer su arte para perseguir el poder político o administrativo. En el fondo de su corazón, el artista sabe bien la clase de poder que posee. La palabra, el verso, la canción, el pincel: he ahí las armas más temibles que un hombre puede esgrimir. Una palabra ha bastado para derrocar monarcas y traerse abajo imperios que parecían inquebrantables. Los reyezuelos del mundo entero lo saben, y lo temen en secreto.

Cambiar la música, la pintura o la literatura por un nombramiento político es como trocar un misil nuclear por una caja de cachiflines. Y claro que los cachiflines hacen bulla, y si nos toman por sorpresa pueden incluso asustamos, pero su capacidad de impacto es, como todos sabemos, ridículamente inocua. Sólo cuando el artista carece de talento le vemos saltar presuroso a la función política y administrativa: un caso, por cierto, frecuente en nuestro país. Con ello cree el pobre compensar un déficit natural que es, básicamente, irremediable. Por lo demás, su capacidad de autoengaño se encarga luego de completar la charada, y el infortunado vive así, por espacio de cuatro años siquiera, el giorno di regno que como artista le fuera vedado.

Todo en el poder político es pasajera obnubilación, engolosinamiento con un espejismo efímero de gloria. Cuanto más intensa es la embriaguez del momento, más rápida e inexorable resulta la pérdida de vigencia, y el día llega en que el olvido viene puntual a llamar a la puerta: ese que no respeta cetros, condecoraciones o cintas presidenciales. El talento, en cambio, trabaja silencioso y clandestino, preparando laboriosamente su legado, comprando en módicos abonos su inmortalidad. E invariablemente es el artista quien ríe de último.

Al creador lo mueve un impulso generoso: su afán es el de dar, compartir, prodigarse. La oscura, siempre inconfesa motivación del político, es, en cambio, de índole posesiva: quiere conquistar, controlar, dictar, imponer su voluntad. El resultado de esta disimilitud de actitudes es que mientras el artista se hace amar, el político se hace -en el mejor de los casos- respetar, y cuando ni siquiera esto consigue, opta por inspirar el temor por medio del ejercicio despótico de su autoritarismo -que no es lo mismo que autoridad-.

Lo sepan o no, la verdad es que los hombres buscan el poder porque quieren ser amados. No se dan cuenta de que los términos de la ecuación deben ser invertidos: es el amor el que nos hace poderosos, no el poder el que nos hace ser amados -aunque la adulación y la zalamería estarán, por supuesto, a la orden del día-. En otras palabras, el poder que confiere el amor es lo que deberíamos perseguir, y no el «amor» que sobreviene al poder. Pero no hay que perder la paciencia, que tal vez algún día aprendamos, por fin, a poner los bueyes delante de la carreta.

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