Jacques Sagot: Poesía y geografía 

De vez en cuando sucede sin embargo, que los océanos, junglas y desiertos que creíamos perfectamente descifrados nos infligen todavía algunas de esas demoledoras lecciones de humildad con las cuales la naturaleza suele castigar la prepotencia y la soberbia humana (el mitológico pecado de hybris, consistente en  querer emular a los dioses). Enhorabuena. Mientras el hombre sea capaz de temor, sobrecogimiento y pasmo metafísico, habrá poesía. Después de todo, razón tenía Hamlet: ¡hay aún tantas cosas entre el cielo y la tierra que nuestra ciencia ni siquiera sospecha!

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

«La lánguida Asia y la ardiente Africa, todo un mundo lejano, ausente, casi difunto…» -suspira Baudelaire en uno de los más célebres poemas de Las Flores del Mal. La poesía de la lejanía espacial y temporal (¿y qué poesía no hunde sus raíces en esta atávica, fundamental nostalgia?) no es sino una inmemorial indagación de la capacidad de sobrecogimiento y admiración del hombre ante el misterio de la realidad física. Su existencia sólo es concebible en un mundo todavía fecundo en secretos, cuando la naturaleza era aún considerada una deidad inexpugnable a la que el hombre se acercaba con curiosidad científica, pero también con unción y reverencia; donde el mar era todavía un vasto horizonte inexplorado, y cada isla ‘surgía como una informulada invitación a lo ignoto y lo quimérico.

La arcana geografía del planeta era ala sazón el detonante poético de ese anhelo de remotidad espacial que encontramos en las sagas nórdicas tanto como en las novelas de Verne. Desgraciadamente, a nuestro siglo le ha correspondido asistir al definitivo agotamiento de esta, la primera y más rica cantera de ficciones literarias que el hombre conociera. Es muy simple: sin misterio no hay poesía, y al violentar el hombre el planeta, arrancándole hasta el último de sus secretos, también lo ha esterilizado para siempre como filón poético.

La naturaleza no es hoy en día más que un templo en ruinas, profanado y saqueado por la barbarie tecnolátrica e industrial. «Lo que hace hermoso al desierto es la sospecha de que en algún lugar entre sus dunas hay un pozo oculto» -es la gran revelación que el Principito hace a Saint-Exupéry-. Lo triste es que para nosotros, que hemos surcado los desiertos, desflorado las selvas impenetrables y humillado el orgullo de las cimas otrora inaccesibles, para nosotros, hombres a horcajadas entre dos milenios, no hay ya «pozos ocultos». En el mundo desacralizado que hemos elegido como morada cada «pozo» ha sido debidamente reconocido, registrado… y drenado.

Nuestra nostalgia por los paraísos ultramarinos se ha convertido hoy en día en nostalgia sideral. La actual literatura de ciencia ficción no es sino la respuesta a ese ingénito anhelo de lejanía espacial que ha elegido ahora las vastedades intergalácticas para construir sus utopías (¿qué otro remedio nos quedaba, habiendo agotado nuestra terrena reserva de «islas desiertas» y «continentes perdidos»?). A Verne le bastó con «Franceville», la ideal ciudad de Los Quinientos Millones de la Bégum, para construir su gran utopía social y humanística. Borges tiene que soñar un planeta, el mítico «Tion», para alojar en él la suya, la utopía de una raza cuya percepción de la realidad fuera algo así como el anverso de la cosmovisión humana. Por otra parte, el nuevo Eldorado de nuestros sueños cuenta, además, con el aval de la ciencia, así que por una vez podremos abandonarnos a nuestras lecturas sobre galaxias colonizadas por intrépidos navegantes del espacio sin que nadie tenga el derecho de reírse de nosotros o de calificamos de fantaseadores. Sí señor: la investigación científica ha por fin validado las más caras, íntimas de nuestras quimeras, ¡como si para soñar tuviéramos que pedirle permiso a la ciencia!

De vez en cuando sucede sin embargo, que los océanos, junglas y desiertos que creíamos perfectamente descifrados nos infligen todavía algunas de esas demoledoras lecciones de humildad con las cuales la naturaleza suele castigar la prepotencia y la soberbia humana (el mitológico pecado de hybris, consistente en  querer emular a los dioses). Enhorabuena. Mientras el hombre sea capaz de temor, sobrecogimiento y pasmo metafísico, habrá poesía. Después de todo, razón tenía Hamlet: ¡hay aún tantas cosas entre el cielo y la tierra que nuestra ciencia ni siquiera sospecha!

La Nación, Página Quince, junio de 1994

 


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