Jacques Sagot: ¿Por qué escribimos?

Escribimos porque tenemos, aún y siempre, fe en el poder mágico de la palabra: por medio de la manipulación del significante, creernos ser capaces de invocar, moldear el significado y adueñamos de él. Palabra rupestre la nuestra, escrita y proferida para atraer los mamuts, apresurar la llegada de la primavera o extorsionarle los cielos la lluvia vivificadora

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Me preguntaba un amigo cómo era posible que un músico, teniendo a su disposición el lenguaje más directo y universal que conocen los hombres, sintiese nunca la necesidad de expresarse por medio de la literatura. La observación, que pretendía desalentar mis correrías literarias y devolverme a las escalas y los arpegios, motivó, sin embargo, una respuesta eminentemente literaria de mi parte. Hela aquí.

En primer lugar, debo puntualizar que el escribir no es las más de las veces una elección: es un estigma, a ratos casi diría una maldición. Escribirnos para saber que no estamos solos (la frase no es mía, ¡hélas!, es de Sábato). Toda obra literaria es como una señal luminosa lanzada por el viajero extraviado en la vasta noche del desierto… un mensaje en una botella que arrojamos al océano del porvenir, con la loca esperanza de que algún día otro náufrago lo recoja, descifre y atesore.

Escribirnos para jugar a que somos Dios, y hacer florecer así el verbo sobre la límpida vacuidad de la hoja en blanco. ¿Cómo resistir la tentación de emular al Creador que un día extrajera de la Nada original las constelaciones y los mundos todos del universo? Todo escritor -sin por ello caer en el caso patológico de un Nietzsche o un Nerval- tiene algo de teomaníaco. La diferencia radica en que nosotros no hacemos brotar las cosas ex nihilo. Antes bien, el escritor cultiva un gozo puramente demiúrgico: el gozo de poblar la realidad de conceptos, imágenes y personajes que la tomen más rica y más plena del Ser. Empero, la materia prima -la palabra- le está dada: no tiene más autoría sobre ella que la que tendría un escultor sobre el bronce o el mármol.

Escribimos a veces al envite de un impulso perverso: el mero placer de profanar la limpidez sin mácula de la hoja en blanco. ¿Quién no ha sucumbido alguna vez a la irresistible compulsión de llenar de garabatos la hoja de papel, por el puro deleite de verla perder su virginal pureza?

Escribimos porque somos lo suficientemente pretenciosos como para suponer que la humanidad no debe ser privada de nuestras lucubraciones. Lo cierto es que tal creencia no es, en el mejor de los casos, más que parcialmente correcta. Algo con lo que todo escritor tiene que aprender a lidiar desde muy temprano en su carrera, es con el problema de la relatividad de los valores estéticos y de las prioridades intelectuales de sus lectores: lo que es trascendental para mí, bien puede ser irrelevante para otros. Este artículo que usted, estimado lector, tiene ahora mismo en sus manos, no escapa a tan trágica condición: algunos lo considerarán valioso, otros lo juzgarán absolutamente superfluo.

Escribimos para matar al tiempo, que a su vez nos mata lenta, pero inexorablemente. Sí, el escribir no es quizás más que una de las muchas posturas que adoptamos mientras esperarnos aquella que, al decir de Machado, «no habrá de faltar a la cita».

Escribimos para no olvidar nuestros sueños. ¿Adónde se van las nocturnas quimeras que la luz de la mañana ahuyenta para siempre? Bien que mal, son también hijas de nuestra fantasía, y es posible que entre ellas se cuenten las mejores de nuestras creaciones (a veces me pregunto si jamás he escrito algo que se aproxime siquiera a los más hermosos de mis sueños). Escribimos para fijar lo inasible («fixer des vertiges», hubiera dicho Rimbaud), para eternizar lo transitorio, para atesorar nuestros sueños, como quien colecciona caracoles marinos o insectos multicolores. Después de todo, ¿qué son Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, y la Aurelia, de Nerval, sino sueños capturados en pleno vuelo, visiones prendidas para siempre en la prosa y el verso?

Escribimos porque tenemos, aún y siempre, fe en el poder mágico de la palabra: por medio de la manipulación del significante, creernos ser capaces de invocar, moldear el significado y adueñamos de él. Palabra rupestre la nuestra, escrita y proferida para atraer los mamuts, apresurar la llegada de la primavera o extorsionarle los cielos la lluvia vivificadora. ¿Simple sucedáneo de la realidad, encantamiento, mero sortilegio? Tal vez, tal vez…

Escribimos para perpetuamos en una creación concreta y tangible, donde una parte nuestra, arrebatada a la muerte y la corrupción, luzca siempre fresca y radiante: es el síndrome de Dorian Gray. Gracias a la literatura, la muerte no será ya nunca total y absoluta: pierde con ello el más temible de sus atributos.

Escribimos para que no nos olviden. Para vencer al tiempo y conquistar siquiera una pequeña provincia en la memoria de los hombres. Porque no es a la muerte física a la que en el fondo tememos, sino más bien a esa muerte histórica y social que es el olvido. Mientras que el sufrimiento y la adversidad no hacen sino espolonear el genio creativo del artista, la pérdida de vigencia y la indiferencia de su público son capaces de hacerle languidecer como un Dios cuyo culto se hubiese extinguido. Denle el dolor y sabrá sobrellevarlo. Denle el olvido y le estarán dando la muerte.


En La Nación, febrero de 1995.

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