Jacques Sagot: Rigoletto o la estética de lo deforme

Sin la duda, sin el mal y sin la fealdad, no podríamos siquiera concebir la fe, el bien y la belleza. Anversos y reversos de la misma moneda, entes que se necesitan recíprocamente en virtud de una esencial

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Todo es antinomia en Rigoletto. El protagonista, de físico contrahecho y verbo zahiriente, esconde un corazón lleno de ternura y paterna devoción por su hija Gilda. El Duque de Mantua, hombre de legendaria apostura física, es, en realidad, un sibarita cínico e inescrupuloso. La propia Gilda, a pesar de su aura virginal -o quizás más bien a causa de ello-, sucumbe a los encantos del corrupto aristócrata, encamando así aquella tesis según la cual la maldad no sería otra cosa que el primigenio impulso por manchar la virtud. (El mal es un parásito del bien, y no tiene como este una existencia per se. Su única raison d’etre es la de mancillar la virtud, y afirmar su existencia por oposición dialéctica. Como lo sugiere la vieja metáfora agustiniana, la destrucción de la manzana entraña también la muerte del gusano cuyo único afán fuera el de carcomerla).

Un tejido de irreconciliables contradicciones: eso es Rigoletto. Sin la duda, sin el mal y sin la fealdad, no podríamos siquiera concebir la fe, el bien y la belleza. Anversos y reversos de la misma moneda, entes que se necesitan recíprocamente en virtud de una esencial, misteriosa complementariedad. Mucho se ha escrito sobre tales paradojas, de modo que no ahondaremos aquí en ellas. La fábula de la Bella y la Bestia -que es más bien un auténtico mito en el sentido filosófico del término- no es sino la alegoría literaria de una sospecha inmemorial: la fealdad y la belleza (correlatos del mal y la virtud) están vinculadas dialécticamente. La Bestia experimenta la irresistible compulsión de mancillar la pureza de la Bella, y esta última se ve movida, a su vez, por el no menos irresistible anhelo de ensayar sobre su monstruosa contraparte el efecto redentor del amor y la belleza. Ambos se ven impelidos el uno hacia el otro, como instrumentos de una voluntad superior que buscara desesperadamente la síntesis de ambas fuerzas. Síntesis que tiene por fin lugar cuando el amor de la Bella retransfigura a la Bestia en el gallardo príncipe que alguna vez fuera (tengo para mí que la transformación del monstruo sólo ocurre a ojos de la Bella, y simboliza el poder milagroso del amor, que descubre y revela -cuando no crea la belleza del ser amado).

Es esta síntesis la que no se logra nunca en el caso de Rigoletto. La diferencia entre una y otra historia es la misma que existe entre el cuento de hadas y la tragedia: en el primero, las contradicciones encuentra n la síntesis, y las disonancias se resuelven felizmente en un eterno acorde consonante; en la segunda, esas mismas disonancias se exacerban como llagas abiertas a la espera de un bálsamo perpetuamente denegado.

La fuerza dramática de ambos relatos procede de la disociación entre lo ético y lo estético: Rigoletto y la Bestia, físicamente repelentes, representan la virtud, mientras que el Duque de Mantua y Gastón, auténticos paradigmas de la belleza varonil, encaman la pequeñez de espíritu y la más abyecta ruindad. Conforme ambas tramas se desarrollan, los personajes antitéticos evolucionan en forma curiosamente simétrica: los «feos » tienden a perder su apariencia ominosa y a embellecerse paulatinamente a nuestros ojos, en tanto que los ‘bellos» no cesan de desfigurarse, con una fealdad que no es sino proyección física de su vileza moral. Suspendidas entre ambos polos, Gilda y la Bella, que son a un tiempo lindas y virtuosas, acusan, por otra, parte una sospechosa fascinación por lo monstruoso y lo ruin, bajo la forma corporal de la Bestia, o moral del Duque de Mantua. ¿Divinizador anhelo de redimir al pecador por medio del amor, o más bien secreta nostalgia del mal y afinidad inconfesable del alma virtuosa con la corrupción y la fealdad? Nada tan lejos de mí como intentar dilucidar aquí tales interrogantes. Básteme con plantearlas e invitar al lector a buscar sus propias respuestas.

«No hay belleza perfecta sin algo extraño en las proporciones» -escribió alguna vez Bacon. Acierto que otorgó de una vez y para siempre carta de ciudadanía a la desproporción y la deformidad en el Parnaso romántico. Los clásicos creyeron encontrar en los conceptos de equilibrio, proporción y simetría esos criterios absolutos que habrían de regir por siempre los cánones de la belleza. Ya en su prefacio a Cromwell, Víctor Hugo reivindica la validez estética de lo monstruoso y lo contrahecho, declarándolo materia prima genuinamente merecedora de incorporación en el contexto de la obra de arte. Quasimodo, Rigoletto, Tonio, Cyrano, Rip van Winkle, Hop-Frog, los enanos, gigantes y dragones de la mitología wagneriana son sólo algunos de los personajes que habrían de integrar la decimonónica galería de la anfractuosidad. Todos ellos contrahechos, todos ellos prendados, sin embargo, de un inalcanzable ideal de virtud y belleza perfecta.

La estética romántica intentó conciliar lo grotesco y lo sublime, lo ruin y lo noble, lo monstruoso y lo excelso, en un supremo esfuerzo de síntesis que expandió el concepto de belleza más allá de lo que nunca postulara la cultura occidental. Era, en el fondo, un ensayo de síntesis entre la sensibilidad clásica mediterránea y lo que Ortega y Gasset llamaba «el pathos nórdico» (segregación auténtica del norte, el arte gótico, con su proclividad por lo monstruoso y lo abigarrado, nos ofrece una propuesta estética en muchos aspectos afín a la del romanticismo). Hugo, Poe, Baudelaire, Berlioz, Wagner, Delacroix y Goya son algunos de los más beligerantes paladines de este nuevo credo artístico. ¿Consiguieron todos ellos materializar tan ambicioso proyecto? No lo sé, pero forzoso es por lo menos reconocer que fue la suya una audaz, hermosa quimera.


La Nación, «Página Quince», junio de 1994.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box