Jacques Sagot: San José, princesa mancillada

La casa es un microcosmos del país; el país, una magnificación de la casa: quien respeta a uno debe también respetar al otro. San José pudo haber sido un poema. En su lugar, preferimos erigir una letrina. Para liberar a la princesa oculta bajo la apariencia de la gárgola basta con un poco de amor. A nosotros nos corresponde romper el sortilegio.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Cada Navidad San José se engalana con cientos de miles de luces multicolores, y es como ver a una muchacha muy pero muy feíta -de esas que dan dolor en el alma- ataviada con sus mejores joyas, intentando ocultar bajo la reluciente pedrería la atroz ordinariez de sus rasgos. Sus primorosos aretitos y sus juegos de lentejuelas no alcanzan a disfrazar los huecos de su piel macerada, y la mugre de sus ropas de pordiosera.

Nuestra capital es una llaga abierta que supura en el verdor ilimitado del país más bello del mundo. La fealdad es a San José lo que la Torre inclinada es a Pisa, y la mostaza a Dijon.  Su desaliño arquitectónico (¿cómo esperar otra cosa de una ciudad erigida por ingenieros más bien que por arquitectos?) sólo es conmensurable con su suciedad. Nuestra alicaída metrópoli no es otra cosa que un botadero descomunal cuyas metástasis se propagan a través del Valle Central, y trepan ya, como la gangrena, por las azules laderas de nuestras sierras. El vicio de tirar la basura a la calle constituye uno de los rasgos distintivos de la idiosincrasia josefina. Y no es que el culto por la inmundicia sea inherente al ser costarricense, porque aquellos que con mayor desenfado ensudan nuestras calles son, frecuentemente, capaces de una pulcritud acrisolada en sus casas.

Atrincherado en ese torvo individualismo de montañés que tan bien diagnosticara Láscaris, el tico no tiene cabal comprensión del concepto de propiedad común, de bien público, de esfuerzo colectivo. Lo que no es de él no es de nadie. Las calles, los buses, los servicios sanitarios públicos, los espacios de circulación «no pertenecen a nadie», y no hay por consiguiente razón alguna para velar por su limpieza. Y es ahí donde está el error. Porque resulta que eso que «no es de nadie» es, en realidad, de todos. Lo es con tanta legitimidad como lo sería la más personal e intransferible de nuestras pertenencias. Era lo que antes le enseñaban a uno en las clases de educación cívica, una asignatura que fue restringida -cuando no eliminada- del programa de estudios de secundaria hará unos treinta años, en una decisión fecunda en consecuencias nefastas para nuestra sociedad.

En un sistema educativo preso de la miopía pragmatista, la educación cívica era vista como una disciplina «prescindible»: cantar cancioncitas patrióticas, asistir al izamiento de la bandera y saberse de memoria el himno al árbol. El verdadero objetivo de la educación cívica es, antes bien, la formación de un ciudadano imbuido de valores patrios, un hombre dotado de una comprensión crítica de la letra y el espíritu de nuestras leyes, un costarricense capaz de empuñar con responsabilidad e hidalguía sus deberes cívicos. Ningún amor -salvo el de la madre por su hijo- es «natural”.

El amor se enseña, se inculca: es un fenómeno eminentemente cultural. El propósito de la educación cívica no es otro, en última instancia, que el de enseñar al costarricense a amar y honrar a su país. Los más ilustres hijos de nuestra tierra fueron todos forjados al calor de la fragua cívica. Que no se figuren los responsables de la educación en Costa Rica que la actual corrupción de nuestros funcionarios públicos no tiene nada que ver con esa perdida de valores cívicos que sobrevino tras la supresión de la debatida asignatura.

Muchos de los hombres y mujeres que hoy están al frente de las instituciones del Estado pertenecen a esa generación «formada»  en la ignorancia y el desdén de los valores ciudadanos. ¿Debe acaso sorprendernos el consuetudinario espectáculo de sus saqueos y rebatiñas?  Digna de encomio es la decisión de quienes, que en años recientes, devolvieron a la educación cívica el lugar señero que alguna vez en ocupara en nuestras aulas. El futuro probará el acierto de su gestión, con la misma inexorabilidad con que el presente  ha desnudado los errores del pasado.

Si nos abocamos a rastrear el origen de cuanto problema aqueja nuestro país, terminamos, terminamos siempre por remontamos al mismo foco neurálgico: la educación. En lugar de andarle cortando cabezas a la hidra, traspasemos mejor el corazón mismo del monstruo: revisemos cuál es el modelo de ciudadano que queremos para la Patria, y dediquémonos a forjarlo.  El respeto por la propiedad pública, el aseo urbano y la noción de responsabilidad colectiva no son patrimonio exclusivo de los suizos y los alemanes. Son estructuras mentales que se enseñan y cultivan, respaldadas por una acción política adecuada.

La fealdad y la inmundicia son mucho más que un mero problema estético: ambas denigran y envilecen al ser humano. La casa es un microcosmos del país; el país, una magnificación de la casa: quien respeta a uno debe también respetar al otro. San José pudo haber sido un poema. En su lugar, preferimos erigir una letrina. Para liberar a la princesa oculta bajo la apariencia de la gárgola basta con un poco de amor. A nosotros nos corresponde romper el sortilegio.


La Nación, «Página Quince», abril de 1999.

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