Jacques Sagot: Sarita

Adiós, amiga apenas entrevista, hermana a un tiempo distante y cercana.  Nuestro café ya tendremos ocasión de tomárnoslo, que es anchurosa la eternidad, y será propicio el silencio.  Y esta vez, lo prometo, no he de faltar a la cita.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

La vi una sola vez.  Recuerdo apenas los ojos, ese punto de confluencia entre lo divino y lo terreno, donde la materia asume enteramente la forma del espíritu que la anima.  Eran grandes y desguarnecidos.  La enfermedad los había despojado de su marco natural, ralas las pestañas, reducidas las cejas a meros esbozos que comienzan a desdibujarse.  Tenían la belleza de la desnudez.  Eran ojos que habían renunciado al atavío.  Lumbre pura.  Esencia sin ornamento, ojos sin retórica ni prosopopeya.  Como esos estanques que al secarse reflejan tan solo el cielo, y no la fronda que el talador ha arrasado en derredor.  De eso me acuerdo y nada más.

El color de su voz, el ademán que la acompañara, su forma de vestir… el tiempo se ha encargado de cubrir de veladuras pictóricas todas esas cosas que constituyeran la especificidad física de su ser, y por más que intento, no logro reconstituir en mi memoria aquel rostro entrevisto apenas por espacio de una hora.

Recuerdo, sí, que estaba sentada al fondo de la clase, y puedo aún sentir sus enormes ojos líquidos sobre mí posados.  ¿Quién necesita del lenguaje con ojos así?  La palabra la inventó el pensamiento.  La mirada, en cambio, la creó el alma: he ahí el único idioma de que es capaz.  Sarita era su nombre.  La conocí con ocasión de una charla que un amigo me invitó a ofrecer en la Universidad Latina, hará cuestión de unos cuatro años.  Veo ante mí el aula llena, las miradas atentas, la sonrisa cordial de mi amigo, y vuelvo a experimentar esa extraña sensación de intemperie que suele embargarme frente un público nuevo.  No eran simples desconocidos: me habían leído, escuchado, aplaudido o censurado, querido o detestado sin que yo siquiera lo sospechara.  La palabra nos torna vulnerables: hacer literatura o música es entregar las llaves del ser, invitar al mundo a recorrer esa comarca inexplorada que es nuestra propia alma.  Así pues, ¡que se guarde de hacerlo quien no tenga vocación de desnudez!

Mi amigo había asignado a sus alumnos, como proyecto final,  compilar y estudiar los artículos de diversos columnistas del medio periodístico nacional.  Entre ellos tuve el honor de figurar yo.  ¿Y quién se ofreció a ocuparse de mi exigua persona?  Pues precisamente Sarita.  “Lo admira mucho” -me había advertido mi amigo-.  “Lo lee con devoción, colecciona sus ensayos, los comenta en clase…  Ha estado muy enferma últimamente, sería muy bonito que pudiera reunirse con ella” -añadió con una intención que en ese momento no alcancé a entender-.

No intentaré siquiera ocultar cuán halagado y conmovido me sentí con todo aquello.  Claro que el ego encuentra siempre solaz en una fidelidad literaria tan auténtica, pero sería un error suponer que todo se limita a una cuestión de fatuidad agasajada.  Cuando el viajero perdido en mitad del desierto lanza sus señales luminosas y ve de pronto que alguien en lontananza responde a su llamado, ¿puede acaso su alegría considerarse como una manifestación de vanidad?

La clase discurrió de la mejor manera imaginable.  Como siempre, hablé hasta que los relojes de Dalí terminaron de derretirse, y mi pobre amigo veía con ojos desesperados anegarse el aula en adjetivos y digresiones sin fin.  Al final, entre preguntas, comentarios e intercambios rituales de números telefónicos y correos electrónicos, tuve la oportunidad de cruzar con ella algunas palabras.  Mi estupor no tuvo límites.  ¡Conocía en efecto mis artículos mejor que yo mismo, establecía entre ellos insólitas relaciones, recordaba incluso aquellos que con toda justicia dormitaban hacía tiempo en el fondo del olvido!  Se había tomado el trabajo de ir a exhumarlos de los archivos de la Biblioteca Nacional: los buenos, los malos, los regulares, los esenciales tanto como los superfluos: ¡absolutamente todos!

Al despedirnos nos hicimos la firme promesa de tomarnos un café “bien conversado” la próxima vez que yo volviera a Costa Rica.  Al día siguiente salía yo del país, llevado una vez más por esos impredecibles caprichos de la música, y nuestra cita imaginaria se perdió así en los intersticios de la vida, como la moneda o la prensa de pelo que rueda por el suelo y queda para siempre extraviada en un resquicio cualquiera.

No hubo una “próxima vez”.  Seis meses más tarde me reuní con mi amigo, quien abriendo un sombrío paréntesis en la conversación me dijo: “alguien que lo quería mucho viene de morirse”.  No necesité más detalles para saber de quién se trataba.  El cáncer la había vencido, dejándole hasta el final -¿bendición o crueldad suprema?- la lucidez necesaria para asistir consciente a su propia disolución.

Una vez más había llegado tarde a la cita, una vez más había encarnado el desencuentro cuando la vida me instaba, antes bien, a ser puente, confluencia, enlace humano y espiritual.  Todo aquel que muere nos asesina un poco.  Día tras día morimos con nuestros muertos.  Son ellos quienes nos matan, son ellos quienes deberían venir a nuestro rescate, en lugar de andar nosotros rescatándolos a ellos.  El escritor vive en sus lectores.  El don de la vida se lo conceden aquellos que frecuentan su palabra.  Y esa tarde tuve plena conciencia de haber muerto en Sarita.

Adiós, amiga apenas entrevista, hermana a un tiempo distante y cercana.  Nuestro café ya tendremos ocasión de tomárnoslo, que es anchurosa la eternidad, y será propicio el silencio.  Y esta vez, lo prometo, no he de faltar a la cita.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box