Jacques Sagot: ¡Se soltaron las bombetas!

Costarricenses: es hora de salir de la lactancia y de superar nuestro infantilismo político: San Nicolás no existe. No existe ese hombre providencial, ese preclaro paladín que vendrá en su brioso corcel a rescatar a la saqueada y prostituida princesa llamada Costa Rica La democracia es mucho más que una periódica proliferación de banderas multicolores, rítmicos pitazos y eslóganes hechos de puro viento.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Comenzó el juego de pólvora! El tico tiene vocación natural de triquitraque: es bombeta, pelotero y figurador.

Ahora que entramos en la temporada de desove de la especie política, comienzan a pulular los arribistas y escaladores, rebullendo y zumbando alrededor de sus respectivos candidatos como moscardones en torno aun botadero. Que una «chambilla» por acá, que un «güeso» por allá, cada cual la «pulsea» como puede, y busca prenderse desesperadamente de la ubre pródiga y rameril de la política nacional. Si no es una embajada, por lo menos un consuladito, una gerencia, un nombramiento en la más insignificante junta directiva, un puestillo subalterno en algún superfluo departamento gubernamental… ¡Todo sea antes que quedarse con las manos vacías en la gran piñata política cuatrienal!

El arribista político se divide en tres subespecies bien definidas: el vociferador de plaza pública, el «fumador» profesional de espacios políticos pagados, y el miembro sempiterno de juntas directivas. El «juntadirectivismo” es una afección endémica del tico: ¡ay de quien no pertenezca a alguna junta directiva, así no sea más que como suplente del sustituto del reemplazante de la «banca» del quinto vocal! No hay oficinilla, asociación vecinal o chinchorro administrativo que no tenga su junta directiva, solemnemente ungida y juramentada. «Pertenezco a una junta directiva, luego existo»: he ahí el gran postulado ontológico del tico. Eso le hace sentirse importante y le confiere una dignidad que él mismo se juzga incapaz de conquistar de ninguna otra manera. Sé de gente que no ha dejado nunca, ni por un momento, de integrar juntas directivas de una u otra índole: un día son secretarios de un comité de pompa y boato, otro día los vemos al frente de una comisión especialmente diseñada para robar cámara y espacio periodístico, y de pronto nos aparecen también presidiendo alguna sociedad de bombos mutuos. Quisieran ser luz y no son más que relumbrón, se querrían cometas y no pasan de ser petardos de tumo pueblerino. Cuanto más confeccionan y promueven su propia imagen, más vacíos se van quedando de esencia y contenido: son histriones que representan, día tras día, la misma trágica charada, un sainete de farándula y figuración en el que ni ellos mismos creen.

Y luego, por supuesto, están los camaleones políticos: criaturas dotadas de una pasmosa cualidad mimética que les permite asumir en cuestión de segundos el color predominante de su entorno. Nuestro país nos ha dado ya varios casos legendarios de rabiosos camaradas que de pronto aparecieron, como por arte de birlibirloque, ocupando altos cargos en administraciones ferozmente privatizadoras, de verdes que devienen azules, de azules que se ponen amarillos, de rojos que se decoloran y terminan blancos o apenas rosadillos: todo el espectro cromático del ramerismo político. ¡Y todavía tienen el tupé de hablar de «coherencia ideológica»! ¿Quieren ustedes saber qué significa eso de «coherencia ideológica»? Vayan a preguntarle al músico, al bailarín, al pintor que practica ocho horas diarias y hace de su obra la savia misma de su vida, al artista, al científico o al pensador que no traicionan su propia esencia, al verdadero homme engagé, y no a los mascarones de proa que surcan, con altisonante fanfarria, las fétidas aguas de nuestra marisma política.

Sí, señores: ya comenzó el juego de pólvora. Ya se oyen las bombetas, los perseguidores, los petardos que el redondel vomita, alto en la noche desesperanzadoramente oscura de la patria. Unos quizás más estrepitosos o enceguecedores que otros, pero todos igualmente inocuos. Y «ese que llaman pueblo» aplaudirá, y vitoreará a sus mesiánicos héroes, con sus ojos llenos de lumbre fijos en el cielo, ojos de niño eternamente deslumbrado, de criatura que, a lo Peter Pan, se niega a crecer, a empuñar su propia responsabilidad política, a dejar de creer en los duendes y las hadas.

Costarricenses: es hora de salir de la lactancia y de superar nuestro infantilismo político: San Nicolás no existe. No existe ese hombre providencial, ese preclaro paladín que vendrá en su brioso corcel a rescatar a la saqueada y prostituida princesa llamada Costa Rica La democracia es mucho más que una periódica proliferación de banderas multicolores, rítmicos pitazos y eslóganes hechos de puro viento. No puede haber libertad sin responsabilidad, la responsabilidad implica madurez, y la madurez es cosa de adultos, no de infantes políticos. Si no asumimos -individual y colectivamente- la plena responsabilidad de nuestro destino político, terminaremos también por perder nuestra libertad. El que quiera bombetas, que vaya a meterse a Zapote o a los turnos de Palmares. Costa Rica necesita pólvora de la verdadera: la dinamita del pensamiento, de la responsabilidad cívica y el auténtico compromiso político.


La Nación, «Tinta Fresca», octubre de 2000.

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