Jacques Sagot: Se tambalea el campeón…

Veremos qué sucede.  Por el momento, Chaves se aferra a su gol tempranero, pero ya el partido va muy avanzado, y el equipo ha dejado de llegar, de construir juego, de generar oportunidades de gol: luce enredado, desprolijo, contradictorio en su planteamiento y carente de ideas.  Aún falta mucho -muchísimo- para el pitazo final, y ese golcito no nos va a bastar para siquiera “sacar el resultado”.  Veremos.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Bueno, tal parece que el señor Presidente de la República ya ha agotado los cambios, y su equipo ha perdido terreno en el rubro del apoyo popular, punto que, en una sociedad espectacularista como la nuestra, es de la mayor importancia.

Ostensiblemente, don Rodrigo Chaves comenzó jugando para la gradería de sol: taquitos, gambetas, túneles, fintas, vaselinas, “el zigzag” de Rivelino… y el público, naturalmente, lo ovacionó.  Su intención era marcar un gol en el primer minuto, y no hay duda de que lo logró.  A punta de pronunciamientos efectistas -pero no efectivos- generó entusiasmo entre el distinguido público.  Su didactismo, su manera llana de expresarse, su discurso lento y pedagógico, su actitud firme pero al mismo tiempo bonachona, su sonrisa más hecha de boquetes que de dientes… todo eso sedujo al pueblo.  Un político debe comenzar por ser un redomado seductor.  Un Don Juan de multitudes.  Y hoy en día, también un héroe populachero -que no populista: hay una gran diferencia entre el pueblo y el populacho-.  Si pensásemos en el boxeo, podríamos decir que don Rodrigo ya derribó a su rival en el primer asalto.  Pero atención: no lo noqueó, faltan once rondas, y este puede perfectamente recuperarse y ganar la pelea.

Aun cuando respaldado todavía por la mayoría de los costarricenses, don Rodrigo ha comenzado a erosionarse, a difuminarse.  Ganó las elecciones derrotando a José María Figueres por un 52,82% contra un 47,18 %.  Triunfo claro, nítido, pero en modo alguno apabullante.  Cosa insólita: el camorrero, amenazador, arrogante y peligroso candidato se transformó, después de ocupar su mayestático trono en Zapote, en un hombre llano, simple, de sonrisa fácil y agradable presencia escénica.  Me gusta mucho más hoy en día, como presidente, que hace nueve meses, como postulante.  Confieso que yo también fui víctima de su sortilegio, de su hechizo.  ¿Por qué no habría de serlo?  Soy un ciudadano más, un votante como cualquier otro, y siempre seré presa fácil de los y las seductoras.

Pero don Rodrigo ha comenzado a resquebrajarse.  ¿Es su pleito contra La Nación una causa fundada, o una mera represalia política?  Pues le verdad es que es ambas cosas.  Sus reparos están perfectamente bien fundados, pero no hace falta ser Sigmund Freud para advertir que provienen de la bilis, el ácido pancreático, las vísceras, las médulas y no de la razón cartesiana.

“Dejen de jugar chapitas y hagan su trabajo” -les dijo a los inquilinos cuatrienales de la Asamblea Legislativa-.  ¿Fue su impugnación a los padres y madres de la patria un acto de irrespeto?  Por supuesto que sí, pero urge en tal caso precisar que el respeto es algo que se gana, no que se inspira en virtud de una mera investidura.  Y lo cierto es que la jungla procedimental, tramitológica y burocrática en que zozobran nuestros diputados es, en cierto modo, “un juego de chapitas”.  Papelería sublimada.  El fetiche del documento, del informe, del reporte, de la cláusula, del procedimiento, en suma, la superstición del papel.  Cuando pienso en esos cincuenta y siete galeotes, víctimas de su propia legislación y de una burocracia que es enteramente hechura de ellos, no puedo evitar evocar a los abejoncillos de mayo, esos que revientan en los jardines, buscan la luz, zumban durante algunas horas, y terminan en el suelo, arrastrando con sus ínfimas patitas cadenas de inmundicia, de basura, de polvo, de todo ese ripio que les impedirá volver a alzar el vuelo y, en última instancia, desplazarse aun en su cruel exilio de animalitos peatonales.  Es cierto que nuestros diputados “juegan con chapitas”, aunque no se percaten de ello (y Villalta incluso lleva videojuegos para entretenerse durante las más tediosas sesiones).  “Chapitas” es todo ese fárrago burocrático que impide la gobernanza del país, que devora kilómetros de papel, toneladas de tinta, y trillones de gigas por día.  Es el mundo que con asombrosa lucidez describió Kafka: la burocracia inventa sus razones para pretenderse indispensable.  Como el chiste de los dos campesinos de Kansas.  Uno de ellos tenía en mitad de su trigal un espantapájaros.  “¿Para qué usas ese muñeco tan grotesco?” -le preguntó su vecino-.  “Pues para espantar a los cuervos” -respondió el otro-.  “¡Pero si aquí no hay cuervos!”  -exclamó el primero-.  “¡Precisamente, gracias a mi espantapájaros!” -proclamó triunfalmente el dueño del monigote-.  La burocracia se autojustifica, se inventa motivos para existir, moldea el mundo de manera tal que su presencia se torne indispensable.  La verdad de las cosas es que todo es un juego, una mascarada, una farsa: los burócratas son seres parasitarios, amebas sociales, que viven adheridas a las estructuras de poder pretendiendo ser su fundamento, cuando en realidad son perfectamente prescindibles.

Así que de nuevo tengo que responder con una antinomia: la exhortación del presidente fue en efecto irrespetuosa, pero no esencialmente errónea, no revela una percepción incorrecta de la realidad.  Sucede simplemente que nuestros diputados son criaturitas de epidermis delicada como la de los bebés o los pimpollos recién brotados de la rama que el invierno desnudara.

El Presidente comenzó con una avalancha de crowd pleasing medidas y proclamas.  Pero la crowd puede ser pleased por espacio de algunos meses, ¡no de cuatro años!  Todo engaño es, en esencia, un plazo, y lo propio de los plazos es expirar.  Como dicen los angloparlantes, “se puede engañar a alguna gente todo el tiempo, y a toda la gente durante algún tiempo; pero no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo”.  Fue el caso de Luis Guillermo Solís: le tomó un año empezar a gobernar, se disipó en payasadas y en vanos esfuerzos para ser declarado Míster Congeniality, no hubo turno, plaza de toros, fiestas patronales, karaoke, venta de chifrijos, bailongo o kermesse a la que no se metiera, bailando hasta literalmente rodar por los suelos.  ¿Logró con ello hacerse querer por el pueblo costarricense?  No, en lo absoluto: antes bien, quedó para la historia como una especie de piñata humana, rechoncha, rubicunda y sangrona, a la que todo el mundo quería darle con el palo para verla reventarse en miríadas de execrables golosinas.  Su hambre de popularidad alcanzaba lo patético.

Chaves no se ha desplomado todavía hasta ese nivel, pero si es siquiera medianamente inteligente comprenderá que corre idéntico peligro.  Y no, no, no: no se vale justificar la actual impericia, impotencia y fracaso echándole las culpas a todos los gobiernos del pasado, remontándose hasta Juan de Caballón.  Ese es el acomodaticio e ilegítimo método de la “culpabilización retroactiva”.  Solís acudió a esta línea de argumentación, cuando, perplejo y huero de respuestas, se limitó a decir que “el anterior gobierno le dejó la finquita muy charraleada”.  En primer lugar, la frase es un plagio de una observación que hizo don Pepe Figueres al ganar la elección de 1970: “Gobernar Costa Rica es como administrar una finquita”.  Tal aserto era ya incorrecto en aquella época, no digamos hoy en día, 5 de noviembre de 2022, cuando el país se ha transformado en un monstruo tentacular rigurosamente ingobernable.  En segundo lugar, si Costa Rica es “una finquita”, ¿qué somos cada uno de nosotros?  ¿Chayotes, cafetos, bananos, vacas, cerdos, gallinas, cabras?  A decir verdad, la “metáfora” es tan ofensiva que debió haber movilizado la crítica general.

Desde el momento en que un político se postula para liderar el destino de una nación, debe asumir que esta nación es todavía “salvable”, que cualquiera que sea el daño que anteriores gobernantes le hayan infligido, los estragos pueden ser restañados.  Si sostiene lo contrario, es porque engañó a su pueblo, vendiéndole la imagen de socorrista, ahí cuando el naufragio era ya total.

Un gobernante no gobierna para ser popular.  Hace lo que cree que debe de hacer, aun cuando ello lo convierta -al decir de Ibsen- en “El enemigo del pueblo”.  Nuestra historia patria está llena de grandes decisiones que en su momento fueron resistidas por la mayoría, y a largo plazo probaron ser correctas, más aun, perentorias.  Es preciso desconfiar, por principio, de aquel gobernante que le endulza los oídos a la gente, y le dice solo lo que esta quiere oír.

La literatura universal nos ofrece una magnífica parábola del gobernante populachero y demagogo: es la historia del Flautista de Hamelín.  La sinuosa e hipnótica melodía que brotaba de su flauta es una alegoría del discurso demagógico, del político carismático pero perverso, que sabe exactamente con qué tonadas es capaz de llevar a todo un pueblo hacia el río, y hacerlo perecer en él.  Los hermanos Grimm dieron pruebas de un aguzadísimo espíritu crítico y de una sorprendente capacidad para la lectura del texto social, al compilar y reescribir esta ancestral narración.

El propósito de este artículo no es vapulear o ensalzar al Presidente Chaves.  Yo no voté por él: le di mi apoyo públicamente a José María Figueres, y eso lo sabe todo el mundo.  Pero no estoy hecho de granito, no soy un menhir o un monolito, un ser psicorrígido e intelectualmente esclerótico.  Si Chaves da signos de enrumbar esa nave llamada Costa Rica hacia litorales seguros y promisorios, lo apoyaré con entusiasmo.  Si por el contrario nos hace colisionar con un escollo (cuando ya de suyo el buque lleva varios torpedos incrustados bajo la línea de flotación), lo haré blanco de mi crítica.  Como egregiamente dijo Albert Camus: “yo no soy de izquierda ni de derecha: si encuentro la verdad en la izquierda, hacia ella me dirigiré, y si la encuentro en la derecha, haré otro tanto”.  Esta es la profesión de fe de un hombre intelectualmente libre: jamás dejó que un partido político lo eximiera de la personalísima responsabilidad del pensamiento y de la toma de decisiones.  Los panfletos, los libelos, la propaganda, los eslóganes nunca “pensaron” por él.

Veremos qué sucede.  Por el momento, Chaves se aferra a su gol tempranero, pero ya el partido va muy avanzado, y el equipo ha dejado de llegar, de construir juego, de generar oportunidades de gol: luce enredado, desprolijo, contradictorio en su planteamiento y carente de ideas.  Aún falta mucho -muchísimo- para el pitazo final, y ese golcito no nos va a bastar para siquiera “sacar el resultado”.  Veremos.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...