Jacques Sagot: Soy pianista clásico, escritor y futbolero

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Jacques Sagot. 

Polémico, estudioso, meticuloso de voz fuerte e imponente, buen conversador, ameno y con gran variedad de temas, salta de uno a otro y hay que estar alerta para no perderse entre sus palabras y escogido lenguaje, en español, inglés y francés perfecto. Sagot es un personaje que ha pasado por difíciles episodios personales, pero que sin embargo lucha al igual que toda la humanidad por seguir adelante y ponerle buena cara a la vida, aun en circunstancias adversas.

Realizó sus estudios en Houston, donde obtuvo dos doctorados. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Música de Costa Rica en los años 1996 y 2009. Recibió el Premio Nacional de Literatura en el 2001 y el Premio García Monge en 2009, además de reconocimientos en el exterior.

Es un hombre polifacético;  es músico y literato y estos dos oficios los desempeña con pasión, con profesionalismo, con excelencia, y con la calidad de un maestro del teclado y la pluma.

La música clásica, la que interpreta con el piano, es su afición mayor;  pero también lo es su espíritu crítico, tanto del arte, como de la política y de la vida social y económica del país.

Y, otro hecho relevante, que ha elevado su popularidad, según lo reconoce, le gusta el futbol, lo vive, lo conoce, lo palpa y por eso sus comentarios en La Nación y en el programa radiofónico Oro y Grana son seguidos, alabados y criticados por unos y otros.  Soy pianista clásico, escritor y futbolero, afirmó Jacques Sagot en una entrevista que concedió a La Revista, la cual a continuación, usted leerá. 

¿Quién es Jacques Sagot?, y después, nos referiremos a tres conocidas vertientes de su actividad: el gran pianista, el escritor y futbolero, como decidimos categorizarlo.

«Muy honrado de poder formar parte de La Revista y de colaborar con en este conocido medio digital. Como bien lo señalan, soy pianista clásico, soy escritor y, el término me gustó, soy futbolero porque no soy futbolista, ni soy oficialmente comentarista deportivo, ni locutor.

El piano y la música son mi mismísima vida. No es que ame la música, diría más bien que la música soy yo, o yo soy la música, o yo soy parte del inmenso cuerpo de la música, que me contiene, me envuelve, me arropa. La música es para mi como el espacio intrauterino.

Es un lenguaje sublime el de la gran música, porque también hay música pequeña y música pequeñísima, música ínfima, música mediocre. El lenguaje de la gran música es mi patria, mi lugar de residencia.

He tocado el piano desde que era niño: como yo tenía problemas de salud muy severos, hemofílico, no pude hacer ejercicios físicos, ni podía salir del jardín de mi casa. La hemofilia es una enfermedad muy severa. ¿Cuántas veces al día se cae un niño que está aprendiendo a caminar?

Imagínense que cada una de esas caídas suponía un internamiento hospitalario, por lo que durante mi infancia, de un mes pasaba dos semanas en el hospital de niños y luego en la Clínica Bíblica, cuando en la Clínica Bíblica se podía estar, hoy en día jamás entro porque le cobran a uno por respirar.

Entonces mi padre, para que yo no fuera un niño frustrado, recanalizó todas mis energías hacia el piano. Me compraron un piano, a pesar de que mi familia era una familia modesta, de clase media-baja. Así que en el 62 me compraron un piano haciendo grandes sacrificios económicos. Me pusieron en clases de piano; pero además mi papá me compraba discos de música clásica; abonos para la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional; me acompañaba a los conciertos; me explicaba las piezas y me hablaba de los compositores.

Fue un gran pedagogo, un gran educador, que supo crear en mi ese amor por la música, esa curiosidad por la música. He pasado cientos de miles de horas sentado al piano, estudiando a Mozart, Beethoven, más aún a Liszt, Chopin y Schumann, porque me identifico mucho con el repertorio romántico. Rachmaninof y Debussy son compositores que he tocado mucho.

Y la música me ha llevado por todo el mundo. He tocado en Suramérica, en Chile, en Uruguay, en Colombia, en toda Centroamérica, en muchas ciudades de Estados Unidos, y en Europa en Francia muchas veces, en España muchísimas veces, en Italia, en Bélgica, en países tan fuera de rutas de navegación, como la República Checa, o Bulgaria. Nadie va corrientemente a Bulgaria a tocar, sin embargo, tuve allí algunos de mis conciertos más exitosos. En Japón también, con orquestas, como solista o bien en recital.

Aquí en Costa Rica he cultivado un tipo de espectáculo que ha sido muy exitoso. Me refiero al recital comentado, o recital didáctico, que es un recital en el cual hablo con la audiencia, explico alguna cosita breve, muy breve, porque la protagonista debe ser la música, no la palabra.

La palabra está aquí nada más para enriquecer el gozo musical de los espectadores. Y mi experiencia es que en ese tipo de recital el intérprete rompe el hielo que lo separa del público. Un concierto es una cosa muy protocolizada, muy solemne y, a veces, fría e intimidante.

Sales al escenario del Teatro Nacional, ya con solo ese hecho estás un metro y medio por encima de la audiencia que está en la luneta allá abajo. Eso crea una distancia, te separa del público, te hace ver como si pertenecieses a otra especie. Yo trato de romper eso, trato de que el público me vea a su misma altura, y mi experiencia es que ese tipo de recital explicado es bien recibido, es aplaudido en cualquier ciudad.

Tenía un amigo que me decía, mira eso lo podrás hacer en San José Costa Rica, pero si lo haces en Nueva York o en París te silban. Porque en París todo el mundo conoce sobre Debussy, Ravel, Chopin, Liszt, Schumann, es una ciudad muy culta. Ahí no tienes que llegar a educar a nadie, esas misiones de evangelización o divulgación resérvatelas para Costa Rica. Falso, falso, falso, el público en París o en Londres o Nueva York o en Tombuctú, agradecerá siempre, por principio, un intérprete que tenga la buena voluntad y la humildad de referirse al público, de tomarlo en cuenta y de iluminarlo, de guiar un poquito, como un lazarillo a través de las grandes obras de la música, que no son siempre de fácil comprensión.»

¿Y qué planes tienes a futuro en el ámbito de la música?

«Bueno, seguir haciendo lo que siempre he hecho, lo que siempre he amado. Tengo recitales que se vienen ya pronto, en un futuro cercano. Del futuro lejano, pues no sé, prefiero no hablar de nada muy lejano. Asegurémonos de estar vivos primero, eso es lo esencial.

Que curioso, a veces me siento más cómodo en el escenario que en la vida real. Aunque la gente no lo crea, soy un poco tímido, me incomoda entrar a un restaurante lleno de gente o a una sala llena de gente.

No socializo mucho, no voy a fiestas, a cocteles, no voy a recepciones, las multitudes me molestan, me siento expuesto, me siento desnudo, como que no tengo mis armas conmigo. Mientras que, en un escenario, es curioso, aunque te expone me siento protegido, siento que estoy en mi espacio de privilegio, en mí en mi terreno, en mi patio.»

Sagot y la obra literaria

«Como me califiqué alguna vez, causando escándalo, soy bígamo. Estoy casado con dos mujeres, con dos musas, la música y la literatura, y a las dos las amo por igual, las necesito por igual.  No podría vivir sin una u otra y, menos, sin las dos. Y son musas celosas, Son muy celosas, y se disputan mi cariño, mi amor. La música y la literatura son como las dos alas de mi espíritu. O como el agua y el Oxígeno.

Leer, leer mucho ha sido fundamental en mi vida.  Es otra cosa que me inculcó mi papá desde muy temprana edad, la lectura, el amor a la lectura. En el año 1974 cuando estaba en sexto grado de la escuela primaria, tenía 11 años de edad, y me había leído las 52 novelas de Julio Verne.

Todos los viernes, al salir de clases, a las 4:30 de la tarde, de vuelta a mi casa en San Francisco de dos Ríos, pasábamos a la Librería Panamericana, y me compraba la novela de la semana. Al viernes siguiente ya la tenía leída: devoraba una novela por semana. No contento con ello, como las novelas de Julio Verne son novelas de viajes, tenía varios mapamundis sobre los cuales seguía el trayecto de los héroes o aventureros de las novelas. De modo que aprendí mucho de geografía al par que aprendía de estilos literarios.

Pronto empecé a escribir mis primeras novelas, a lo Julio Verne, naturalmente, nunca llegué a terminar ninguna, pero comencé muchas, que yo mismo ilustraba. Tenía una muy parecida a “20.000 leguas de viaje submarino”, otra que tenía lugar en el Himalaya. Pronto pasé a otros autores: San Exupéry, de quien “Tierra de hombres”, me causó una hondísima impresión, mucho más que “El Principito”, que adoro, pero “Tierra de hombres” es una novela fundamental, lo mejor que escribió Saint Exupéry. Rápido pasé a Dumas, a Benito Pérez Galdós, a Dickens, Zola, Marcel Proust, Flaubert con “Madame Bovary”. Me enamoré de Madame Bovary, literalmente. Creo que su gran error fue no haberse casado conmigo. No se hubiera suicidado tomando arsénico.

Marcel Proust tuvo una influencia enorme en mi vida, al igual que Franz Kafka. Lo toman como surrealista, como precursor del realismo mágico. Pero no: Franz Kafka era rigurosamente realista.  El que un hombre amanezca convertido en un insecto, como en “La Metamorfosis”, es fantasía; pero la situación básica representada allí de aislamiento, de alienación, de enajenación, de sentirse que no se pertenece a nada es lo propio del hombre contemporáneo.

Kafka era un judío checo, que hablaba en yidish, y que pertenecía al imperio austrohúngaro. La gran pregunta por la identidad es lo fundamental en su obra: ¿que soy yo? ¿judío, alemán, austriaco, húngaro o apátrida? ¿Qué soy yo, una especie de monstruo cultural, de fenómeno cultural?

Pronto empecé a escribir mis cosas. Escribí mucho desde que aprendí a tocar piano. La literatura y la música nacieron al mismo tiempo en mi alma.  Lo que pasa es que destruí todos mis trabajos de infancia y juventud porque pensé que no tenían calidad. Solo guardé un cuento de mi juventud, un solo cuento de mis post-adolescencia para mi primera publicación.

Publiqué mi primer libro a los 35 años de edad en el 98: “Cuentos mágicos y góticos”.  Son obras de los 35, 34, 33 años. Solo un cuento de juventud que sentí tenía valor y representatividad de mi propio ser como para librarlo de las llamas o del basurero.

He publicado 18 libros sobre temas diversos: cuatro volúmenes de cuento, dos volúmenes de prosa poética, tres volúmenes de ensayo, libros sobre música: “El gozo de la música” UNED.  Otro que se llama “Lo que amo” en que hablo de música, de literatura, de catedrales, esculturas, cuadros célebres, obras de arte, y termino hablando de la mujer como entre las cosas que amo, aunque por supuesto no la equiparo a una obra de arte.

La mujer no es una obra de arte, es un ser humano que tiene una autonomía, una dignidad propia que no tendría ninguna obra de arte y así que la trató con toda la dignidad del caso. No las objetivo, no las cosifico. He publicado también, una semblanza humana de mi gran amigo don Óscar Arias.»

¿Qué está escribiendo ahora?

«Todos los días escribo como lo indica mi obra periodística que se compone de varias columnas. En La Nación he escrito para la Revista Áncora; para la página 15 por lo menos cada 15 días; en Tinta Fresca de la Revista Dominical hasta hace 5 años, la que desgraciadamente se ha frivolizado.

No obstante, quiero dejar muy claro que tengo al periódico La Nación un inmenso cariño, y siento una gran gratitud a quien me abrió sus puertas, don Julio Rodríguez. Mi primer artículo salió en 1988, y llevo ya 31 años publicando. Formo parte de los columnistas regulares de La Nación. Quisiera creer que también he reciprocado y levantando el nivel del periódico con mi prosa y mis escritos. Quisiera creer que la relación no ha sido unilateral: he colaborado a elevar el nivel del periódico. Puedo haber escrito unos 3.000 artículos para La Nación. Ahora tengo, además, una columnita en deportes.»

En la última parte le pedimos a Sagot que se referirá a la insólita experiencia de un intelectual y artista dialogando con el fútbol, en un afán de ubicarlo en el marco que como gran deporte se merece, por encima de la chismografía que en nuestro país posa como análisis y comentario deportivo.

«La gente me lee mucho y ahora tengo una columna sobre el fútbol en la sección de deportes de La Nación que se llama “Desde la tribuna”. Allí escribimos varios, amigos muy queridos colegas, digo mal colegas porque ellos son periodistas de deportes, yo no soy periodista de deportes, yo soy un intruso, realmente.

Tengo un espacio dentro del magnífico programa de radio “Oro y Grana” del gran periodista Miguel Cortés, que es el programa más longevo de deportes de la historia del país y me pregunto si el más longevo de todo. Oro y Grana tiene 45 años de existir, de salir al aire todos los días a las 4 de la tarde con repetición en la noche. En algún momento, Miguelito Cortés tuvo la idea de abrirme un espacio de 5-6 minutos y yo participo allí. Casi todos los días salgo a hacer un comentario.

Yo disfruto mucho del fútbol. Claro que mi abordaje del fútbol no es del fútbol. Mi abordaje del fútbol es particular: yo abordo el fútbol desde la perspectiva antropológica, sociológica, religiosa, ética, estética, y hasta sexual. El fútbol tiene un potente componente sexual, forma parte del imaginario sexual. De todos estos registros imaginarios hay mucho de sexualidad en el fútbol, en todos los deportes, a decir verdad.

Su lectura política también me interesa. No me interesa ponerme a hablar si sobre tal o cual técnico debería… A veces me pongo peleón, polémico y discuto y se me enojan conmigo y sacan respuestas y yo contra respondo y se arman polémicas. Pero eso lo hago porque es preciso que la columna sea leída y si diserto todos los días sobre la antropología del fútbol, no te va a leer nadie.

El índice de “lecturabilidad”, como dicen hoy en día, se baja, se viene abajo porque es muy poca la gente que te va a leer si vos titulas una columna “Estructuras antropológicas del fútbol en Occidente”.  En cambio, vos publicás “Jeaustin Campos no sirve”, o “Echen a Paté Centeno” y te leen cien mil personas.

Así es nuestra cultura, ese tipo de cosas la gente corre para leerlas. Entonces, de vez en cuando, para mantener la lecturabilidad. hay que hacer concesiones, vos no podés estar hablando únicamente sobre los prolegómenos metafísicos del fútbol, eso no te lo va a leer nadie. Entonces me he comprado mis pleitillos, pero eso no importa porque el fútbol no está a la altura de la música o de la literatura. No podría tenerlo.

Entonces nada que tenga que ver con el fútbol me va a alterar radicalmente, pero lo disfruto mucho y creo que el fútbol es un deporte maravilloso, que propone una metáfora de la vida en sociedad, en la medida en que hay individuos y hay también una colectividad, el equipo que tiene que funcionar como un todo, como un solo cuerpo con once cabezas, de una manera coordinada; y es una metáfora de la guerra: el fútbol, debe ser considerado como una especie de guerra civilizada si me permiten la antinomia, como dirían los filósofos, la aporía, la contradicción en términos de guerra civilizada.

En todo deporte, en el ajedrez, como lucha de dos intelectos, duele mucho más ser vencido intelectualmente que ser vencido físicamente. A mi juicio el ajedrez tiene una gran violencia. La forma en que un ajedrecista trama el jaque mate de su rival y lo va ejecutando lentamente, asfixiándolo, estrangulándolo, hasta que el pobre miserable no tiene ya salida y tiene que volcar su rey, implica gran violencia psicológica. Lo ves en la forma en que se observan los ajedrecistas uno al otro.

El deporte, todo deporte es una sublimación de la pulsión guerrera eidética del ser humano. Es una sublimación y por dicha es una sublimación ya que si no andaríamos por las calles dándonos de mazazos por la cabeza y tirándonos piedras. El deporte es una bendición, es un milagro, una de las mejores cosas que se le ha ocurrido a la sociedad.

Así lo decía Ortega y Gasset que amaba el deporte y lo respetaba muchísimo. Incluso consideraba, por extraño que parezca, que el Estado, la noción de Estado procedía de la práctica del deporte. Pero nos vamos a ir por esos andurriales, porque don Ortega y Gasset es el que tiene que hablarnos de eso, cuando lo entrevistés ahí él te dirá. Pero en todo caso el deporte sublima, elabora, protocoliza, blanquea, limpia la pulsión bélica del ser humano, el deseo de territorialidad, de dominación, de poder, de sojuzgamiento, la voluntad de poder de que hablaba Nietzsche y esa voluntad de poder, de potencia vital, el fútbol nos permite, el deporte nos permite vivirla de manera lúdica, de manera juguetona, donde no tienes que matar realmente a tu rival, lo matas simbólicamente.»

Cuéntenos sobre la motivación que ha tenido para que La Revista pueda ir reproduciendo muchos de sus artículos, que la gente en su momento no pudo leer y que, ahora. gracias a la tecnología digital, podrá disfrutar en una nueva oportunidad.

«Es un honor inmenso poder participar con La Revista. Es una cosa muy linda, porque ahora la gente me lee mucho más. Entonces sale un artículo mío y yo se que hay miles de personas que lo leen. Cuando comenzaba en los ochentas y noventas yo no era conocido en las letras, no me leían. El hecho es que hay algunos muy buenos artículos de esa época que reproducir ahora es de justicia; es rescatar cosas valiosas que datan de un período en el que comenzaba a publicar y que hoy la tecnología y La Revista revalidan ese esfuerzo literario en beneficio del lector»

 


Eduardo Amador y Eugenio Herrera

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