Jacques Sagot: Un amanecer junto al abismo

Y ante tanta armonía y perfección, comprendimos de pronto que las formas todas del mundo sensible no son quizás más que música congelada en el tiempo y el espacio.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

La tierra se abrió de pronto a nuestros pies y, aferrados a los salientes de un peñasco suspendido en el vacío, nos detuvimos al borde del abismo. En medio de la inescrutable negrura de la noche, la sima delataba por no sé qué vaga sensación de vértigo su insondable profundidad. Una profundidad que las tinieblas no nos permitían ni siquiera sospechar, pero cuya cercanía intuíamos con la precisión con que se nos revelan al espíritu esas sobrecogedoras presencias imperceptibles a los ojos.

El silencio a nuestro alrededor habría sido completo, de no ser por el viento ululando a través de las vastas galerías de piedra, y la remota reverberación de nuestras voces que, a una distancia incalculable, iban a despedazarse contra los farallones del opuesto desfiladero. El silencio… lienzo purísimo sobre el que el sonido esparce sus caóticas manchas de color, y la música borda caprichosas filigranas.

Con los pies colgando en el vacío, como niños a horcajadas sobre un muro de vecindario, nos sentamos a esperar que el sol naciente, en cuestión de horas, nos revelara por fin la faz del abismo. Aquel peñasco era como la proa de un barco lanzado sobre un océano de tinieblas, y nosotros los marineros cuyos rostros el viento flagela y que, erguidos en su enhiesto promontorio, tratan de avizorar la tierra distante.

Más acá de nuestra rocosa atalaya reinaba la seguridad, y la tranquilizadora corroboración de esa fuerza universal que nos adhiere a la superficie del planeta, como una madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas. Más allá era el vacío, la incógnita de la noche, y la tierra precipitándose a pico sin mayor transición que la posible entre la vida y la muerte. De pronto recordé a Baudelaire: «Soy un corazón tierno, que aborrece a la Nada vasta y negra»… Era así como en aquel momento nos sentíamos: repelidos al mismo tiempo que fascinados por el abismo y, sin embargo, más que nunca aferrados al mundo tibio y seguro del Ser.

Obedeciendo a un impulso infantil bien conocido, nos dimos a arrojar piedras al vacío, convencidos de que el eco nos daría por fin una idea de su profundidad, pero de las negras fauces del monstruo no emergió sonido alguno, por vago y distante que fuera, y así permanecimos, avergonzados por nuestra propia puerilidad, como aquellos guerreros del poema de Víctor Hugo, que pretendían derribar las estrellas lanzando sus flechas al corazón de la noche.

¿Cuántas horas duró tan extraña vigilia? Imposible saberlo. El tiempo para nosotros se había detenido. Ante nuestra mirada impotente teníamos algo así como una imagen de la Nada original que precediera a la creación del universo. Fue entonces cuando comenzamos a añorar la luz del día con una ansia que en vano intentábamos disimular.

Una risilla nerviosa se apoderó de nosotros. Después de todo, nuestro temor era el más absurdo e irracional que cupiera imaginar, y sin embargo… ¿no sería posible que el sol se hubiera ocultado esta vez para no volver a salir jamás? ¿Qué tal si estábamos todos muertos, y sin saberlo pertenecíamos ya a aquella infinitud de tinieblas? ¿Qué sucedería si la luz no regresaba nunca a devolver a las cosas su contorno tangible, su corporeidad, su Ser? Miré a mis compañeros, y advertí que ellos compartían en secreto mi íntima angustia. Lo percibí en sus ojos desmesuradamente abiertos, en su silencio preñado de interrogantes, en los espasmódicos amagos de risas con que intentaban tomar a la cordura y la serenidad.

Fue entonces, cuando más desesperadamente lo necesitábamos, que uno denosotros, señalando con su dedo crispado el horizonte gritó:»¡Fíat lux!», y resonó aquella exclamación como el clamor de «¡Tierra!» con que el náufrago avizora por fin la costa lejana. Allá sobre las sierras se insinuaba una tímida alborada, cuyo resplandor era quizás preámbulo de la explosión solar que anhelábamos. Por algunos instantes todavía dudamos. ¿Sería acaso la luna, inmemorial impostora, fingiendo como siempre sus falsas auroras? ¡No! La luz ganaba terreno y las tinieblas, batiéndose en retirada, arrastraban consigo su enjambre de fantasmas. De pronto nos veíamos riendo a carcajadas de nuestra previa locura.

Detrás de las montañas el sol preparaba ya su entrada a escena. Sobre el margen opuesto del abismo surgió por fin su corona de fuego, y la luz, rebotando en los jaspeados farallones y haciéndose trizas sobre los peñascos, inundó de colores la entraña del gigante. Nuestros sentidos vacilaron al asomamos a la sima. Las tres dimensiones físicas se encontraban allí conjugadas a tal escala, que en medio de nuestro desconcierto visual creíamos por segundos estar en presencia de una cuarta dimensión, producto del avasallador efecto conjunto de las otras tres. Despojado de su manto de bruma, desnudado por la luz hasta en sus más recónditos laberintos, el abismo nos revelaba ahora su íntimo secreto. Vertiginoso en su proximidad, al tiempo que inconcebiblemente lejano, el Gran Cañón del Colorado se abría a nuestros pies, ofreciendo a la luz el fantástico caleidoscopio de sus rocas tornasoladas. En el horizonte, era la apoteosis del sol naciente desangrándose sobre las sierras. El que ahora sentíamos no era el vértigo pavoroso de la Nada, sino más bien esa palpitación, ese tremor de nuestras vísceras, esa ebullición de la sangre con la cual aún nuestras entrañas reconocen la presencia de la belleza superlativa y la mano prodigiosa del Creador. Pierdo la cuenta de las horas que, como justo premio a nuestro nocturno peregrinaje, permanecimos contemplando extasiados aquella portentosa sinfonía de roca y de luz, descomunal herida abierta sobre la piel del planeta.

Estábamos apabullados.  El más grande de los artistas depondría sus armas ante semejante poderío. Nosotros, pobres músicos, nos pasamos la vida forcejeando con la materia para arrancarle de vez en cuando un débil destello de belleza, y ahora venía la Naturaleza y nos humillaba con aquel despliegue de magnificencia, con aquel poema de roca y tiempo, esculpido en la tierra con el cincel de los milenios. Fue entonces cuando, herido como yo en su orgullo de artista, uno de mis compañeros se atrevió objetar: «Ciertamente grandioso, pero jamás podría conmoverme con la intensidad con que nuestro arte es capaz de hacerlo. Después de todo se trata de una belleza fría, mineral, inhumana». Pero mucho me temo que se equivocaba.  Aquel abismo respiraba, palpitaba, mudando de aspecto y de color con las más sutiles fluctuaciones de la luz y la distancia.  Como el David de Miguel Ángel, como un personaje de Shakespeare, como una sinfonía de Beethoven, era aquel un organismo viviente, autónomo, dotado incluso de una especie de aterradora conciencia, y orgulloso de su propio esplendor.

Y ante tanta armonía y perfección, comprendimos de pronto que las formas todas del mundo sensible no son quizás más que música congelada en el tiempo y el espacio.


La Nación, Suplemento «Ancora», enero de 1993.

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