Jacques Sagot: Un sondeador de abismos

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Franz Liszt y yo somos viejos amigos.  Cierto que yo tengo más razones que él para jactarme de semejante camaradería, pero la verdad es que muchos años de comunión espiritual con su música me autorizan -creo yo- a hacer tal afirmación.  Es fútil esbozar una apología de la obra lisztiana, en términos de su valor estético o histórico.  Eso sería como pretender dorar el oro o blanquear la cal.  Liszt es un clásico, una figura universal, y más allá de las fluctuaciones de la moda o de las veleidades de auditorios caprichosos, el maestro tiene su sitio asegurado en el Parnaso de los grandes compositores, a la diestra de Beethoven, o a la siniestra de Wagner, si así se prefiere.

Como músico que soy, le debo ciertamente a Liszt algunos de los más hondos goces estéticos de que tengo memoria, pero sucede que mi relación con él va mucho más allá de lo puramente musical.  Lo elegí como héroe personal durante los años de mi niñez, en esa época candorosa -y precisamente por ello tanto más lúcida- en que las grandes figuras míticas se ofrecen a nuestros ojos maravillados como modelos para la más incondicional emulación.  Hoy en día, cuando el paraíso perdido de la infancia comienza a desdibujarse, y las exaltadas beligerancias estéticas de la juventud se van atemperando veo, sin embargo, que por lo que a Liszt atañe, no me equivoqué en absoluto.  La vida del autor de la sinfonía Fausto sigue encarnando algunos de los más altos valores del ser humano, y ofreciendo motivos de profunda reflexión a los hombres del siglo XX.

¿Qué es el romanticismo?  Se los diré: es el vencimiento del miedo a los extremos, la victoria sobre el temor al Abismo para abandonamos definitivamente a él: eso es romanticismo.  De conformidad con este apotegma, la figura archirromántica de Liszt resulta en todo punto representativa de un modo de vida que los hombres de nuestra era han olvidado, y que quizás harían bien en reaprender.  Liszt vivió su vida en forma extremosa, exuberante y desmelenada.  Vivió audaz y peligrosamente los setenta y cinco años que le tocó en suerte alentar sobre la faz del planeta, aun cuando tales peligros significaran raptar condesas, desafiar zares o tocar por vez primera en la historia de la música un recital de piano prescindiendo de partitura.

La prestidigitación y la taumaturgia eran su especialidad, y la ejecución de saltos mortales con los ojos vendados y sin red de protección, ciertamente uno de sus números favoritos.  Reminiscente de la vida de Victor Hugo en su adhesión a los más exaltados ideales, la existencia de Liszt no es otra cosa que una arriscada travesía surcada por borrascas y relámpagos, pero iluminada de principio a fin por el fulgor de su genio y de su obra.

En el registro de un hotel se inscribió de la siguiente manera: “Nombre: Ferenc Liszt.  Oficio: desatar tormentas. Religión: franciscano y gitano.  Nacionalidad: magiar de la cuna a la tumba.  Lugar de procedencia: las dudas.  Destino final: la Verdad”.

Liszt solía también describirse a sí mismo como filósofo.  Es un sentir que no tiene nada de pretencioso, si consideramos que Dante, Milton, Shakespeare, Senancour, Goethe, Lamartine y Lamennais -además de la Biblia- le acompañaron toda la vida como lecturas de cabecera.  Ellas nutrieron su fe y su irrenunciable vocación literaria.  Infierno y Paraíso no eran para él más que tópicos comunes: saltaba de uno a otro con la facilidad de un avezado acróbata, y se instalaba en cualquiera de ellos como un habitué tomaría posesión de su mesa favorita en el café de su predilección.

Desdeñaba olímpicamente los términos medios y la moralina burguesa del recato y la mesura.  Su vida, como su música misma, pendulaba constantemente entre el lamento y la apoteosis, entre los descensos infernales y la aspiración a la luz.  Una urdimbre de contradicciones irreconciliables que no encontraron nunca el reposo de la síntesis: tal era su alma, y es por eso que las carcajadas satánicas y los corales místicos se disputan permanentemente la palabra a través de su música.

¿Y qué decir de su nobleza y magnanimidad ejemplares?  Para él vivir era irradiar, prodigarse.  Pocos hombres han gozado tanto del don de sí mismos.  Consideraba a la música como un sacerdocio, y a fe mía que no se equivocaba (sus discípulos refieren que nunca aceptó remuneración económica por sus lecciones de piano).  La música, la religión y el amor son vivencias que exigen por igual el don de nuestra propia esencia.  El músico debe olvidarse a sí mismo para hacerse uno con el espíritu de la obra que interpreta; el amante debe morir para resucitar en el ser amado; el místico debe aceptar la disolución de su conciencia individual, de su principium individuationis para fundirse con Dios.  Como San Francisco de Asís, como Pedro Abelardo, como Víctor Hugo y Byron, Franz Liszt, uno de los creadores más pródigamente eróticos de que se tiene memoria, se donó a sí mismo en forma íntegra a la música, a Dios, a los amigos… y a las mujeres.  El tan controvertido donjuanismo lisztiano no es sino una manifestación más de esa sobreabundancia energética, de esa exuberancia vital que le llevó también a legar a la humanidad alrededor de mil trescientas obras, y a organizar, de Beethoven a Debussy, un siglo entero de música.

Es esa misma vocación de entrega de sí mismo -y en esto radica precisamente la esencia del auténtico erotismo- la que lo indujo a convertirse en el adalid y divulgador de la obra de sus colegas, a tomar las órdenes menores… y a vendimiar mujeres hermosas por doquier pasaba.  Quien conoce la naturaleza del verdadero amor sabe que la contradicción es, en este caso, solo aparente.  Y este hombre, que pudo haber atesorado cuanta riqueza hubiera querido, y que tuvo por más de medio siglo a Europa entera rendida a sus pies, no dejó al morir más que una caja de pañuelos, un par de sotanas raídas, un baúl lleno de partituras amarillentas, y un piano desafinado al que le faltaba la tecla correspondiente al Do central.

Esto, señores, es grandeza, y todo lo demás son cuentos.  Franz Liszt, genial creador y espíritu egregio, se posó sobre su siglo como un águila sobre el peñasco.  Evocar su imagen en una época como la nuestra, antirromántica en su miedo pueril por la pasión, quizás no sea del todo inútil.  Recato, gazmoñería, moderación: otras tantas máscaras de la mediocridad.  He ahí el credo de la moral burguesa de nuestro siglo, que sonríe indulgente ante las “extravagancias” y los “excesos” del romanticismo, olvidando que en realidad el ser humano es excesivo por naturaleza, y que nada grande y hermoso ha sido hecho en el mundo si no es en virtud de los “excesos”.

Como Beethoven, como Nietzsche, como Berlioz, Baudelaire y Van Gogh, Franz Liszt forma parte de ese puñado de valientes que prefirieron la extravagancia a la sensatez, el exceso a la mediocridad, y la locura al adocenamiento.

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