Jacques Sagot: Una isla llamada soledad

Ahí quedé, contemplando el mareante carrusel de la estulticia humana en torno a mí girando, solo y desamparado como nunca en mi vida lo había estado.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Sentí el primer signo de peligro cuando el vehículo, dando bandazos y sacudidas de toro recién chuzado, se hundió en la vorágine de carros que en aquel momento con-gestionaba la Avenida Segunda.  El taxista, un hombretón rugoso y colorado, transpira profusamente, aprieta con su manaza de coyunda la manivela, y soltando un bufido se lanza al ruedo.

Instintivamente me aferro al asiento e intento abrocharme el cinturón de seguridad.  Fútil medida, pues el fláccido colgajo se ajusta a mi cuerpo tanto como podrían hacerlo los tirantes de Oliver Hardy.  La radio chilla, gruñe, grazna, relincha… sobre mi rostro puedo casi sentir las salpicaduras de saliva del enardecido locutor: “Rrrradio Corrrronga, ¡la emisora que sí calienta!”

Miro al conductor con ojos suplicantes, pero este interpreta mal mi gesto, y por toda respuesta procede a subir aún más el volumen.  El taxista zigzaguea frenéticamente de acera a acera: gambeta larga, doble finta, dribbling corto… pienso en Garrincha bailándose a los suecos en la final mundialista de 1958.

El calor ha adquirido una densidad tangible y viscosa.  La atmósfera abrasada de marzo opone tenaz resistencia al avance de los vehículos.  Frenazo intempestivo.  El relincho de las llantas horada mis oídos.  El taxista saca la cabeza por la ventana y le regala al mundo uno de esos insultos tan agrios y estrepitosos, que el universo entero pareciera por un momento sumirse en el silencio para encajar la disonancia.  El destinatario del poema -un camionero con cara de puñalada- reciproca el cumplido remontándose unas veinte generaciones en la genealogía del agresor,  Las implacables estridencias de la radio siguen contaminando el aire: “El viejito está feliz con la píldora del amor, cada vez que se la toma se le sube la presión”.

El semáforo nos reprende con su colosal ojo ígneo desprovisto de párpado.  La mirada del autómata está llena de sangre coagulada, de roja e intransigente prepotencia.  Nuevo frenazo, seguido de su correspondiente improperio.  El taxista hace alarde de una imaginación inagotable al decorar sus invectivas: insólitas metáforas, rimas, epítetos inconcebibles, aliteraciones dignas de García Lorca… no hay un solo recurso del lenguaje poético que no manipule intuitivamente.  La radio contrapuntea entretanto su cadenza de vituperios: “Tengo una bolita que se sube y se baja se sube y se baja, se sube y se baja…”

El calor es una lengua descomunal que baja del cielo, lamiendo los flancos de los edificios, anegando al mundo en su candente salivación y envolviendo a la ciudad en un vaho de entraña ardiente.  El taxista vocifera cual jinete a lomos de embravecida potranca.  Entre un semáforo y otro le cuento no menos de ocho transgresiones a las leyes del tránsito.  Cada vehículo que se atraviesa es un obstáculo para ser vadeado, un espolonazo que atiza su competitivo furor.  Todo conductor rival se hace acreedor a esos sublimes versos que su numen lírico le dicta sin cesar.

El rugido del motor exacerba su ferocidad, el chillido de los neumáticos encona su lubricidad de primate en celo.  Después de tanta premura se detiene inopinadamente en plena luz verde, con el único propósito de acechar a un grupo de damas que atraviesan la llanura.  Las desprevenidas mujeres ignoran que sobre ellas se cierne la voraz mirada del depredador.  Niñas impúberes, venerables viejecitas, señoras fufurufas, monjas de rostro severo y ascético… nadie escapa a sus zarpazos verbales, a la ácida corrosión de su lascivia.  El hombre me mira ufano y sonríe, como solicitando mi aplauso.  Temiendo por mi vida esbozo una penosa mueca que pretende ser sonrisa, pero que se ahoga de camino a la boca.

La ríspida voz del operador me hace el efecto de una caricia después de arrostrar media hora de charanga radiofónica, treinta entontecedores minutos de latas de zinc herrumbradas entrechocando en pleno vendaval: “Un carrito por Curri: cien al sur del Jardín Cervecero, frente a la chicharronera “Los Tupis”.

¡Para qué se le ocurrió al inoportuno funcionario hablar!  El taxista empuña la manivela con saña de estrangulador, vira como el Titanic a la vista del fatídico iceberg, y se lanza al epicentro de una de nuestras más vertiginosas rotondas.  Es hora pico, y la atroz circunferencia no es otra cosa que un humeante remolino, una pista de carros chacones en manos de suicidas y energúmenos.   Cierro los ojos, contengo la respiración, y aplazo indefinidamente el próximo pálpito de mi crispado corazón… giran a mi alrededor las luces de los semáforos con su frenética intermitencia de discomóvil… el taxista y su vehículo son ya un mismo ser, una especie de teratológica criatura, un híbrido de animal y máquina que ruge, trepida, hierve y combustiona sin cesar su propia sangre…

“Aquí lo tiro, mi herma -me espeta mientras detiene el carro en plena rotonda-.  Tengo a güevo que agarrar este servicio a Curri antes de entregar la lata.  No le importa, ¿verdá?”  “¡Cómo va usted a creer! -le respondo aliviado-  ¡Nunca me habían dejado tan cerca de mi casa!”

Y ahí quedé, parado en mitad del desierto islote, náufrago de la gran ciudad, rodeado por un océano de locura, de ruido, de infranqueable hostilidad, y sin siquiera una botella para arrojar mi mensaje cifrado al mar.  Ahí quedé, con mi estúpida soledad de monumento olvidado, de prócer sobre su pedestal, de pancarta publicitaria, y la flamígera espada del sol de mediodía plantada con inclemente perpendicularidad sobre mi cráneo.  Ahí quedé, contemplando el mareante carrusel de la estulticia humana en torno a mí girando, solo y desamparado como nunca en mi vida lo había estado.

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