Jacques Sagot: Volver

No sabrán que, en el transcurso de aquella noche perfecta, mis padres fueron nuevamente niños y yo, solitaria conciencia en un mundo hecho de infinito silencio, derramé sobre su sueño las mismas bendiciones con que ellos colmaran mi niñez.

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Paz infinita de la alta noche en sombra.  Salgo de mi cama en lo más profundo de la oscuridad, guiado por un impulso que aún no alcanzo a comprender. ¡Seis años fuera de mi país!  A diferencia de García Lorca, puedo esta noche decir que mi casa es aún ciertamente mi casa.  ¡Ya lo creo que sí!

Mi estudio ha sido preservado con celo y devoción conmovedores. Cada uno de mis libros reposa en la penumbra de la biblioteca, exactamente en el sitio donde los dejara más de media década atrás.  Veo al cejijunto Beethoven que monta guardia sobre el piano, el metrónomo, el viejo atril, y me pregunto si la cosas no tendrán un alma propia que se prende de la nuestra y que nos fuerza a amarlas.

Las obras completas de Julio Veme, mis primeras partituras, mis antologías de poesía… todas aquellas cosas que alguna vez constituyeran mi mundo permanecían intactas, como si nunca hubiera yo estado ausente.  De pronto me doy cuenta de que, en cierto sentido, no estuve nunca ausente: aquel cuarto, aquellas cosas eran Yo, habían pasado a ocupar mi lugar desde el día mismo de mi partida.  Preservar intacto el hábitat de una persona ausente es una especie de ritual mágico por medio del cual invocamos su presencia física.   Volver.   Reeditar una vez más la jornada de Ulises.  Regresar aureolado de ese inmerecido prestigio, de esa gloria pueril que el mero hecho de su ausencia confiere al viajero.

Atravieso el zaguán quedamente, mezcla de sonámbulo, fantasma y ángel guardián, y me embeleso escuchando la rítmica, profunda respiración de mis padres, y los venturosos ronquidos de mi hermana, que emergen en perfecto contrapunto de las contiguas habitaciones.  Tenerlos ahí, tan cerca, tan seguros, tan juntos…  Pierdo la cuenta de las noches de dolor durante las cuales mis padres velaron hasta el amanecer mi sueño febril.  Ahora era yo quien, sin que ellos lo sospecharan, vigilaba la paz de su descanso.

¿Se han fijado ustedes que la expresión de un hombre dormido tiene siempre algo de la inefable beatitud del niño?  La mejor manera de perdonar y aún de amar a un enemigo es contemplar su rostro mientras duerme.  Hay tal pureza y tal indefensión en la faz del hombre dormido, que nos desarma y mueve indefectiblemente a la ternura.  Lleno de celo, mi espíritu era un centinela que bendecía y resguardaba aquella, mi casa, contra las sombras de plenilunio.

Es curioso, la noche siempre me inspiró los más vagos terrores, las más absurdas pavuras: deslizarme subrepticiamente entre las cobijas de mi abuela era una de las prácticas más corrientes de mi asustadiza niñez. Ahora era yo quien montaba guardia, con mi paso lento, sigiloso, mi aliento contenido como en presencia de algo sagrado, y la garganta apretada poda más extraña emoción.

Aquella noche sentí que había vivido, por un momento siquiera, la perfección.  Solo los instantes son lo suficientemente breves como para ser perfectos, y tal es, de todas formas, la cuota de perfección que en el mejor de los casos le es concedida a los humanos.  De esa paz, de esa armonía, de esa maravillosa venturanza solo tenemos vislumbres: son esos momentos que uno quisiera eternizar en el éxtasis de un perpetuo presente.

Amanecía ya cuando decidí dar fin a mi extraña ronda nocturna.  Al abrigo del mismo techo, en la dulce penumbra de la noche que languidece, duermen mis seres queridos.

No sabrán nunca que yo velé la paz de su sueño profundo, y que deambulé hasta el amanecer por los zaguanes de mi infancia, sintiéndolos de nuevo míos, y dejándome envolver por el tibio hálito de la vieja casa en sombra.

No sabrán que por horas me embriagué con el crujir de la madera, el olor de los armarios y el mágico resplandor de la luna sobre la terraza. No sabrán que, en el transcurso de aquella noche perfecta, mis padres fueron nuevamente niños y yo, solitaria conciencia en un mundo hecho de infinito silencio, derramé sobre su sueño las mismas bendiciones con que ellos colmaran mi niñez.

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