Jacques Sagot, Pianista y escritor.

El macho latino puede perdonarle a un mujer ser inteligente con tal de que sea fea, y puede también perdonarle ser tonta si es bonita.  Pero una mujer bella e inteligente es más de lo que su frágil digestión espiritual puede tolerar.  Lo aplasta, lo desborda y aterroriza, lo sume en el abismo de su endémica, cultural inseguridad.

Nuestra Yolanda Oreamuno tuvo un doble problema: número uno, ser la mujer más vertiginosamente bella que jamás alentara sobre la faz del planeta, y número dos, haber sido dotada de un talento y una sensibilidad que causaban estupor, cuando no manifiesta aprensión.  Enójese el que quiera, pero es la convicción de quien esto escribe que Costa Rica no ha producido nunca una pluma tan honesta, tan lírica y auténtica como la de Yolanda Oreamuno.  Belleza, inteligencia, aristocracia, clase superlativa: era una excesiva concentración de dones como para que los machos heridos y los envidiosos inveterados no le pasaran la cuenta.  Y se la pasaron, con intereses y todo.  Porque el ser humano puede quizás perdonarle al prójimo haber sido bendecido con un talento, pero no con dos, ni mucho menos con tres o cuatro.  ¿Cómo no iba una mujer de tales características a causar urticación y temor en sus contemporáneos?  ¿Cómo no iba a haber padecido el estigma de la maledicencia y la murmuración?

Yolanda cometió además un terrible error: haber nacido en Costa Rica en 1916.  Cuando se observa la aberrante magnitud del prejuicio sexista y de ese machismo de pistolero de cantina en que está aún hoy sumido nuestro país, no puede uno menos que preguntarse cómo logró triunfar esta mujer excepcional en el ambientillo gazmoño, hipócrita y provinciano de la Costa Rica de hace ochenta años!  Y la pregunta absurda pero inevitable se hinca entonces en la conciencia con escozor de espina: si Yolanda hubiera nacido en Francia hubiera quizás conocido la gloria de una Colette o una Beauvoir.  Pero no.  El cafetal no perdona.  El cafetal devora a sus artistas, los seca, les corta las alas, los silencia y esteriliza.

¿Hay todavía algún costarricense que no haya leído La ruta de su evasión?  Pero esto no basta: resulta imperativo conocer también sus relatos “Valle Alto”, “La llave”, “El regalo”, “Pasajeros al norte” y ese milagro de alquimia poética llamado “Apología del limón dulce y el paisaje”.

¿Quieren ustedes una radiografía certera y vigente como ninguna otra del ser costarricense, con todos sus vicios y patologías sociales?  Lean sus ensayos “El ambiente tico y los mitos tropicales” y “¿Qué hora es?”, y cáiganse de espaldas al saber que estos cartuchos de dinamita ideológica fueron plantados en lo más profundo de nuestra conciencia por una chiquilla de apenas diecisiete años, en la adormilada Costa Rica de 1937.

Si alguno de mis lectores -y me dirijo sobre todo a los jóvenes de nuestro país- no ha penetrado aún en el mundo complejo y fascinante de esta gran dama de las letras costarricenses, que corra a hacerlo ahora mismo.  Esto no es una sugerencia: ¡es una orden!  ¿Me entienden?  ¡Una exhortación, un chuzo de diez mil voltios que les estoy poniendo en el trasero del espíritu!  Abaláncense sobre las librerías de nuestro país con furor de insurrectos, y apodérense de los libros de Yolanda, así como de los notables estudios que le han consagrado Victoria Urbano, Mario Esquivel, Manuel Picado, Alfonso Chase, Rima de Vallbona, Lilia Ramos y Emilia Macaya, todos ellos brillantes y esclarecedores.

Dejen que esta gran escritora les haga el amor a través de la palabra, de esa prosa suya que es casi música, y revienta de poesía, magia y sensualidad.  Y mantengan el ojo avizor, porque la exégesis humana y literaria de Yolanda apenas comienza.  Nuestra escritora será pronto objeto de nuevos libros: eso puedo desde ya prometérselo a ustedes.

Yolanda vivió e inspiró amores de hondo calado, pero cometió el error -¡otro más!- de compartir su vida con algunos hombres que no la merecieron, que no la comprendieron ni la supieron valorar.  La verdad, pedirles que la entendieran era como pedirle a una carreta que se le pusiera al corte a un tren de alta velocidad.  Optaron entonces por negarla, por asesinarla espiritualmente.  Lo más patético del caso es que aún muerta le siguen teniendo miedo.  ¡Qué precio tan alto tuvo que pagar Yolanda por su autenticidad, y con cuánto valor supo hasta el final empuñar su vocación de creadora, y apurar hasta la hez su trágico destino!

Tumba innominada en el panteón de San Joaquín, México, donde la sepultan el 9 de julio de 1956, a los cuarenta años de edad.  Otra tumba innominada en el cementerio de San José, donde sus restos son trasladados en 1961, por gestión de quienes la amaron y admiraron (en 2011 la tumba fue reparada y dotada de su nombre y epitafio: “Tal vez solo a la muerte se llega demasiado temprano”).  Pero no importa.  Ella no necesita mausoleos ni epitafios para hacerse recordar.  Los mausoleos y epitafios dejémoselos a aquellos a quienes pronto ha de tragárselos el olvido, los mismos que quisieron destruirla, y pasarán sin huella ni memoria por el mundo: ¡esos sí que los van a necesitar!

A ustedes, señores, tengo que darles una muy mala noticia: Yolanda vive y goza de excelente salud, se encuentra más viva de lo que ustedes nunca lo estuvieron, y seguirá así, porque para eso estamos nosotros, las legiones de artistas que nos hemos inflamado en su palabra y hemos vuelto a enarbolar su bandera, la única verdaderamente imperecedera: la de la belleza y el pensamiento.  Yolanda ríe hoy de última, Yolanda les ha ganado la partida con piezas negras, Yolanda se hará cada vez más grande, y ustedes en cambio se harán cada vez más pequeños, y más pequeños, y más pequeños… hasta desaparecer.

¡Qué maravilloso desquite en la única arena que trasciende el tiempo: el ilimitado horizonte de la posteridad!  Porque del artista cabe decir lo que Machado dijera alguna vez del amor: libre el genio, nadie lo alcanza.  Ella es ahora libre, y las infamias y despojamientos de que fue objeto no pueden ya herirla.  Yolanda quedará.  Sus verdugos pasarán.

Algo más: un punto que me he dejado para el final, porque es uno de los más importantes de su vida.  Yolanda produjo muchas obras maestras literarias (soy enfático al sostener que La ruta de su evasión no es su único magnum opus).  Pero además produjo una obra maestra de ser humano: su hijo Sergio Simeón, hombre íntegro, cabal, generoso, justo.  Hombre de bien, hombre de buena voluntad, empresario exitoso, padre y esposo irreprochable y amigo ejemplar.  Su amistad me honra desde hace muchos años.  Yo sé que ella hubiera agradecido que alguien lo reconociera y lo celebrara como tal.  Es con gozo infinito que lo hago.

Por Jacques Sagot

Pianista, escritor, cuentista, columnista y ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge, entre otros reconocimientos.