Jacques Sagot: Al maestro, con cariño

Jacques Sagot, Pianista y escritor.

La felicidad de un hombre es proporcional a su capacidad de gratitud.  Una persona es feliz en la medida en que su vida se vea irrigada por ese inefable sentimiento que es el agradecimiento.  Estar agradecido significa, en primer lugar, te­ner conciencia de los dones que nos fueran concedidos; en segun­do lugar, honrarlos con nuestro trabajo y disciplina. Compadez­co al hombre que no haya nunca experimentado la gratitud, con Dios, la patria, los amigos, los padres o siquiera consigo mismo.  El resentido se pregunta: ¿por qué tienen los demás todo lo que yo no tengo?  El hombre agradecido invierte el cuestionamiento: ¿por qué no tienen los demás todo lo que yo tengo?, y se orienta a compartir con el mundo sus bendiciones.

La Navidad es, antes que ninguna otra cosa, la gran vendimia de la gratitud.  Una breve tregua para la introspección y el recogi­miento, durante la cual podemos detenemos a examinar los cré­ditos de esa incomprensible película que es nuestra vida: los pro­tagonistas,  los actores de reparto, las legiones  de extras,  y los guionistas que en ella han participado.  Paso revista al multitudi­nario largometraje de mi existencia, y de inmediato me asalta la sospecha de haber recibido más de lo que he dado.  Siete vidas consecutivas no bastarían para equilibrar la balanza, y saldar la deuda contraída con las miles de personas que de manera significativa han contribuido a mi felicidad.  Hay algunas a quienes ya nunca podré dar las gracias.  ¡Qué error imperdonable, supo­ner que los seres queridos van a estar ahí para siempre, a la espe­ra de la palabra clave, esa que por indolencia o por temor no nos atrevimos a decir!  Y no es sino hasta que la tierra ha reclamado sus cuerpos que caemos en cuenta de la mala pasada que nues­tra lengua avara nos ha jugado.  Porque la gratitud es como el amor: si no se expresa es como si no existiera.

Es por eso que quiero hacer de esta Navidad una pequeña celebración personal de la gratitud.  Y comenzar por rendir tributo a esas figuras señeras que fueron mis profesores de letras, aquellos mentores que inficionaron mi alma con el divino virus del pensa­miento y la literatura: Graciela de Broitman, Carlos Hernández, Yves Debroise en el Liceo Franco-Costarricense; Raúl Torres y Roberto Murillo en la Universidad de Costa Rica.  Para rematar tan distinguida nómina, me adornaré mencionan­do además a Myriam Bustos, fiel cómplice de mis aventuras literarias.  He ahí tan solo algunos de ellos.  No omito sus nombres: quiero que suenen alto y claro, que sean saludados -o señalados-­ como los responsables de este amasijo de imperfecciones, empe­ños y aspiraciones que es mi persona-.  A todos ellos los une un rasgo común: fueron lo suficientemente insensatos como para creer en mi talento, y su fe hizo que yo a mi vez creyera en mí mismo.

Fueron maestros y no meros profesores, atizadores del talento antes que simples proveedores de información.  Su éxito consiste en haber comprendido que educar no es llenar un vaso, sino encender un fuego.  Cada vez me convenzo más de que un gran maestro es una verdadera rara avis in terra.  Con mucha suerte nos topamos a un par de ellos en el transcurso de toda una vida.  Yo, con esta buena estrella que me caracteriza, puedo ya enumerar a no menos de media docena.  Cada uno de ellos tiene asignado un lugar de privilegio en mi pequeño museo personal de la alegría, y ahí habrán de permanecer hasta el fin de mis días: inspiradores, irradiantes, regañones a veces, pero siempre gene­rosos.  Lo quieran o no, seguirán para siempre siendo mis maes­tros.

El don de la propia esencia es, a buen seguro, una de las for­mas más astutas y eficaces que tenemos de robarnos el alma del prójimo.  Cuanto más damos, más firmemente encadenamos al incauto beneficiario a nuestro corazón.  Yo fui sin duda una presa fácil: mi corazón les pertenece sin restricciones.

“Yo debo disminuir para que Él aumente” -fueron las palabras con que Juan el Bautista anunciara la venida del Redentor-.  Pocos hombres han comprendido tan cabalmente su rol histórico como Juan, el profeta que vestía piel de camello y se alimentaba de miel silvestre.  En lo que llevo de vida he conocido a muy pocas per­sonas cuyo lema no fuese exactamente lo opuesto: “Los demás deben disminuir para que Yo aumente”.  Todo gran educador reedita, a través de la eucaristía del conocimiento, las inolvidables palabras de Juan el Bautista.  Los maestros, como los padres, están ahí para que los dejemos, para vislumbrar la Tierra Prome­tida que sus discípulos habrán de ocupar.

En este mundo todos somos maestros y discípulos de alguien, a cada uno de nosotros nos tocará hacer a un tiempo las veces de Moisés y de Josué.  Son roles permutables.  El alumno que supera a su maestro le rinde con ello el mejor de los tributos.  Generosidad, generosidad y generosidad: he ahí las tres condiciones básicas del buen educador.  Si su destino consis­te en guiar la nave hacia el litoral que él no habrá nunca de habi­tar, que así sea.  Si el precio de formar un ser humano integral consiste en la postergación de su propia persona, enhorabuena.

Sí, los maestros están ahí para que los dejemos, pero no cierta­mente para que los olvidemos.  Sea esta pequeña reflexión mi ho­menaje navideño a esos arquitectos de almas que fueron mis pro­fesores de letras.  Solo pido a Dios que me conceda la vida necesaria –“el tiempo en flor”, que decía Machado- para demostrarles que su esfuerzo no fue en vano, que el sacrificio valió después de todo la pena, que la simiente cayó en surco fértil y profundo.

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