Javier Cambronero: A un año del bicentenario de la Independencia patria

En lo social y económico se ha acelerado un peligroso y desgarrador proceso de exclusión y desigualdad generando mayor concentración de la riqueza. Ante la pandemia, en víspera de la celebración de la independencia patria, no a todos nos ha ido igual, negarlo, es ser cómplice de silenciosas y perniciosas injusticias.

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Javier Cambronero Arguedas, Educador, Ex Diputado.

A escasos 365 días de que Costa Rica celebre doscientos años de vida independiente, al lado de sus hermanas centroamericanas, realmente es sorprendente cómo la provincia más pobre y más atrasada 1821, se transformó con el paso del tiempo en la democracia más moderna y el país con mayor desarrollo económico y bienestar para su población, mostrando históricamente admirables indicadores en el campo de la salud, educación, acceso a vivienda digna, desarrollo de infraestructura pública y en términos de intercambio comercial y crecimiento de su producción. Si eso ha sido importante con el paso del tiempo, más aún lo es la conformación de un fuerte tejido social; hasta hace muy poco, homogéneo y bastante inclusivo.

Hoy, nuestras amenazas no lo son el poderío militar de España, México, Guatemala o Nicaragua, sino más bien las encontramos hacia lo interno: la rampante corrupción, la creciente desigualdad; la mediocridad y la chabacanearía que peligrosamente empiezan a apoderarse del ámbito nacional. Sirva esta celebración patria para reflexionar en torno a la profundización de un modelo de desarrollo que dista mucho de la denominada vía costarricense; este modelo de desarrollo que no conoce de ética, ni de humanismo, ni de solidaridad, sólo ha servido para generar mayor desigualdad y exclusión; eso que llaman libre mercado, que de libre no tiene nada, solo ha propiciado mayor desolación, angustia, dolor y sufrimiento, creando una sub-especie de humanos, situación inmoral condenada por el Papa Francisco cuando menciona, que ahora hay personas descartables. Mi país no escapa de tan descarnada y odiosa situación. Consecuencia directa de ello, corremos el riesgo de vaciar la democracia de todo contenido; reduciéndola a meros formalismos y con  escasas posibilidades de redimir al hombre y a la sociedad como un todo.

Hay un norte y no lo podemos perder de vista  las generaciones de costarricenses del siglo XXI, éste está definido por nuestra Constitución Política, específicamente por los artículos 50 y 74 referidos sagradamente a la solidaridad y a la búsqueda del bienestar para todos, no sólo para unos cuantos.

Nos toma esta celebración de la independencia patria en medio de una situación de emergencia sanitaria provocada por la enfermedad COVID-19 y su impacto en todos los ámbitos de la vida nacional. Hoy más que nunca la solidaridad y la lucidez deben ser las armas con que gobernantes y ciudadanos podamos seguir construyendo una meta y un destino común. La pandemia y su atención han  consumido importantes recursos de la producción nacional. En el ámbito educativo hay un severo impacto negativo, del que con sagacidad debemos saber levantarnos sin dejar a  nadie atrás.

En lo social y económico se ha acelerado un peligroso y desgarrador proceso de exclusión y desigualdad generando mayor concentración de la riqueza. Ante la pandemia, en víspera de la celebración de la independencia patria, no a todos nos ha ido igual, negarlo, es ser cómplice de silenciosas y perniciosas injusticias.

En esta ocasión, en este peculiar curso lectivo 2020 el lema que nos invita a reflexionar en torno a la independencia, reza “Soy Patria, solidaridad y Esperanza”. Solidaridad y esperanza, hermosísimas palabras que evocan lo mejor del espíritu humano.

Hoy traigo a colación la memorable frase pronunciada por nuestro primer Jefe de Estado, don Juan Mora Fernández, quien sirvió a la patria cuantas veces fue llamado a servirle y no en momentos tranquilos ni de armonía. Eso sí, su sola presencia contribuía a apaciguar los ánimos y a disfrutar de un ambiente de quietud suficiente para construir acuerdos y avanzar, a superar vanas vanidades y el orgullo personal. Invitaba mirar hacia adelante y a sopesar que éramos capaces de construir una patria próspera donde quepan todos. Les comparto sus palabras pronunciadas el 1 de marzo de 1829 “Que el Estado sea feliz por la paz, fuerte por la unión y que sus hijos corten cada da una espiga más y lloren una lágrima menos”.

Hoy, a las puertas de la celebración del bicentenario,  los costarricenses con el corazón henchido, debemos homenajear merecidamente a figuras como el Bachiller Francisco Osejo y Gregorio José Ramírez, que resultan vitales para entender la configuración de la nueva nación y el incipiente estado costarricense. La actitud reflexiva y el análisis serio de Osejo contribuyeron en momento aciagos, a conducir e iluminar las mejores decisiones, meses antes de la llegada de la independencia, y meses posteriores a ella. Su lucidez y buen entendimiento convencían a propios y extraños, a liberales y conservadores, a realistas/monárquicos y a republicanos, a anexionistas e independentistas. Su verbo, capacidad de propuesta y entendimiento, ayudaron a conducir los destinos de la patria por cauces adecuados, donde el recato venció a la tozudez, a los localismos; e invitaba a soñar en grande.

Ante los afanes divisionistas, supo templar el alma de un pueblo para que todos caminaran por la misma senda. Alajuela, San José, Heredia, Cartago, Orosi, Curridabat, Barva, Cot, Quircot, Pacaca, La Union, Tobosi, Tucurrique, Escazú, Aserri y Atirro, constituyen la esencia de una democracia novel, que posteriormente sumaría a Esparza, Nicoya y Matina. Sin embargo, el conjunto de las buenas ideas del Bachiller Osejo corrían el riesgo de quedarse en el papel y en el plano de las buenas intenciones, sino fuera por el brazo enérgico y bravío de un hombre de la talla de Gregorio Jose Ramírez, que ante las armas, vanidades y orgullo, supo imponerse para que el tránsito de provincia colonial a estado independiente transcurriera con el mínimo de enfrentamientos entre pueblos y vanas guerras fratricidas. A pesar de que los hubo, el espíritu del Pacto de la Concordia suscrito por los Legados de los Pueblos, llegaría para quedarse.

Salve Osejo! Salve Ramírez! Un pueblo que os mira y admira con el paso del tiempo, reclama a los gobernantes de esos tiempos, ese mismo amor y fuelle para generar acuerdos, tender puentes y derribar muros. Reclamamos un manejo justo y transparente de la rex pública y de las finanzas, así como una gestión noble y sana.

En el ámbito de la solidaridad, no de la compasión ni de la lástima, muy tempranamente nuestros antepasados optaron por instituciones robustas para el cuidado de unos y de otros; así como la noble labor de impulsar  la ilustración de sus hijos a  través de la apertura de escuelas y adquisición de libros. A pocas décadas de caminar como nación independiente, el paìs tuvo a su disposición el Hospital San Juan de Dios, La Junta de Caridad, hoy Junta de Protección Social, la Casa de Enseñanza Santo Tomás, Colegio San Luis Gonzaga y poco después la Fábrica Nacional de Licores. En su conjunto,  fiel expresión de solidaridad en el campo de la salud y de la educación, cuyo sostén económico se garantizaba con el monopolio de la producción y gravamen de alcoholes y licores en la época, y las loterías con sus ganancias. Se gravan vicios para llevar alivio y consuelo a moribundos, enfermos e indigentes, socorro a los desamparados, y sembrábamos escuelas por toda la geografía nacional. Esos mismos años se origina el Poder Judicial para darle el adecuado marco, a la gestión de la justicia. Todos estos elementos contribuían a darnos identidad e indicaban un derrotero a seguir en las centurias venideras.

Curiosamente, ya en 1823, apareció una de esas amenazas que con aplomo y convicción debemos de superar; el presupuesto de la nueva nación mostraba algún déficit que había que cubrirlo con deuda. Deuda que de ninguna forma debía de ser descuidada para que no atentara contra el  futuro de las generaciones venideras.

Ejemplos como los de Osejo y Ramírez, hoy más que nunca deben perdurar, para alimentar la esperanza de un futuro mejor, confiados en la formación de liderazgos acuñados en la misma fragua donde surgió el espíritu troquelado, insigne e imperedero de ambos.

 

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