Jean Pisani-Ferry

PARÍS – En las últimas semanas abundaron los discursos de líderes destacados sobre las relaciones de sus países con China y las posibles secuelas económicas de la fragmentación geopolítica. Es una discusión bienvenida, aunque llegue con mucho retraso; pero debe responder a una pregunta fundamental: ¿pueden coexistir la rivalidad y la integración económica?, y de ser así, ¿en qué condiciones? La respuesta decidirá la suerte de la economía mundial.

En febrero de 2020 Jennifer Harris y Jake Sullivan publicaron un artículo en el que destacaban la necesidad de un cambio en el pensamiento económico. A la hora de gestionar la globalización, señalaron, los profesionales dedicados a la política exterior la dejaron en gran medida en manos de la «pequeña comunidad de expertos que dirigen los asuntos económicos internacionales». Instaron a los especialistas en seguridad nacional a dar un paso adelante, recomendaron una postura proactiva para la inversión pública y defendieron un enfoque más cauto en la apertura comercial.

La geopolítica y la economía internacional responden desde hace mucho a dos paradigmas diferentes: los expertos en política exterior suelen ver a la política mundial como un juego de suma cero en el que los beneficios para un país implican pérdidas para otro; por el contrario, los economistas suelen centrarse en la posibilidad de lograr beneficios mutuos gracias a la cooperación multilateral y la integración basada en los mercados. Estos paradigmas contradictorios fueron combinados por la creencia compartida de que el comercio y la apertura beneficiaban a Estados Unidos. La hegemonía estadounidense generó inconvenientes, pero los beneficios superaban a los costos.

Las dudas comenzaron a ser aparentes incluso antes de que Donald Trump fuera electo presidente, pero su política comercial abiertamente contenciosa disparó un cambio de perspectiva más significativo y duradero de lo inicialmente previsto.

En 2021, Sullivan fue nombrado asesor de la Casa Blanca para la seguridad nacional durante la presidencia de Joe Biden, Harris se sumó como directora superior de economía internacional (un puesto que dejó este año) y rápidamente comenzaron a desarrollar una agenda de políticas económicas con orientación geopolítica.

Más de dos años después, vemos las consecuencias. El gobierno de Biden mantuvo en gran medida los aranceles comerciales de Trump y convirtió la reversión de la deslocalización y la «localización en sitios amistosos» en una cuestión de seguridad nacional; reactivó la política industrial con la sanción de la Ley de Semiconductores y Ciencia, y la Ley de Reducción de la Inflación; designó a China como una amenaza para la seguridad nacional y un rival económico; y endureció las restricciones a las exportaciones y la inversión extranjera.

Al principio Europa —cuya política comercial funcionó durante largo tiempo como sustituto de la política exterior— no mostró entusiasmo, pero la invasión rusa de Ucrania constituyó un punto de inflexión que alentó a los responsables de las políticas europeas a superar su reticencia a reafirmar la primacía de la geopolítica sobre las relaciones económicas. Aunque a fines de 2020 se habían completado las negociaciones con China por un nuevo Acuerdo Integral de Inversión (CAI, por su sigla en inglés), la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, instó recientemente a los gobiernos europeos a «reevaluar al CAI a la luz de nuestra estrategia más amplia frente a China». La Comisión recientemente dio a conocer dos nuevos anteproyectos de ley para impulsar las manufacturas europeas: la Ley de Industrias con Neutralidad en las Emisiones y la Ley de Materias Primas Fundamentales.

En medio de este aluvión de actividad se suelen pasar por alto los costos económicos potenciales de anteponer las metas geopolíticas. Que se haya obviado la resiliencia de la cadena de aprovisionamiento e ignorado el carácter cada vez más agresivo de las políticas industriales y comerciales chinas fue un error costoso, pero no justifica olvidar que la interdependencia económica alienta la prosperidad. Como señaló Adam Posen, del Instituto Peterson de Economía Internacional, las políticas «Compre estadounidense» del gobierno de Biden podrían perjudicar a la economía de EE. UU. y llevar a la pérdida de empleos.

Aunque es difícil cuantificar los costos a largo plazo de la desglobalización, el Fondo Monetario Internacional estima que tendría un efecto negativo sobre la inversión directa extranjera y la estabilidad financiera. En un discurso reciente la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, advirtió que la fragmentación económica podría derivar en la reducción del comercio y la producción, y aumentar la inflación; y enfatizó que los bancos centrales actuarían con presteza para evitar que se repitan las políticas equivocadas de la década de 1970. El mensaje de Lagarde a los político fue claro: no intenten transferir los costos de las políticas proteccionistas al BCE.

Tres días después, la secretaria del Tesoro de EE. UU., Janet Yellen, difundió una advertencia similar. Aunque mantuvo una postura dura sobre China y evitó críticas implícitas a las políticas del gobierno, advirtió que la total desvinculación económica tendría consecuencias desastrosas tanto para la economía china como para la estadounidense. El mundo «es suficientemente grande» para ambos países, dijo, señalando deliberadamente que Biden también lo cree.

Finalmente, en un discurso reciente Sullivan describió en detalle la mirada del gobierno sobre la política económica internacional. Evidentemente procuraba calmar la situación, pero también formalizar una doctrina y buscar un nuevo consenso sobre la manera de integrar la política económica interna con la política exterior. Rechazó la desvinculación y defendió en su lugar la reducción de riesgos en la relación económica con China, una expresión acuñada por von der Leyen; y enfatizó que la localización en sitios amistosos es un concepto lo suficientemente amplio como para abarcar a muchos países que no forman parte de Occidente.

Los responsables de las políticas económicas y los economistas supusieron durante demasiado tiempo que podían ignorar las realidades geopolíticas. Les salió mal… y los únicos culpables son ellos mismos por su falta de realismo. Ha comenzado una nueva conversación, deben ser parte de ella, prestar atención a los asuntos vinculados con la seguridad y aceptar que la resiliencia no es solo una forma de disimular el proteccionismo. Pero también deben alzar la voz y defender aquello en lo que creen, porque saben algo que sus contrapartes en la política exterior suelen pasar por alto: que un mundo de interferencia geopolítica indisciplinada en las relaciones económicas pondría en peligro al crecimiento y el empleo.

Traducción al español por Ant-Translation

Copyright: Project Syndicate, 2022.
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Jean Pisani-Ferry

Jean Pisani-Ferry, a senior fellow at the Brussels-based think tank Bruegel and a senior non-resident fellow at the Peterson Institute for International Economics, holds the Tommaso Padoa-Schioppa chair at the European University Institute.

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